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Cosmeticorexia en niñas y adolescentes: qué es y por qué debemos prestar atención

Cada vez son más las chicas que se preocupan por cómo luce la piel de su rostro y consumen productos que, en muchos casos, no son apropiados para su edad. Claves para entender un fenómeno que crece.

Para quienes nunca hayan escuchado esta palabra, la cosmeticorexia es un trastorno que se ha ido generalizando a través de las redes sociales, tanto en Tik Tok, reels de Instagram, y en otros canales, en los que a menudo influencers adolescentes, incluso niñas, se muestran usando múltiples productos que fueron en realidad creados para mujeres mayores.

Se trata de la obsesión por las rutinas de cuidado del la piel, tratamientos faciales (serums, ácidos, cremas antiedad) y productos de maquillaje, que hoy se extiende a nuestras niñas y adolescentes a edades cada vez más tempranas.

Otras veces, aun sin haberlo visto en las redes, las chicas piden a sus madres y padres los productos que usan sus amigas porque las tienta, sienten que poner esas rutinas en práctica les da un cierto glamour, cuando en realidad a esas edades lo único que necesitan es el uso de un protector solar.

Contagiadas por la moda, a veces piden consultar a un dermatólogo o a una cosmetóloga para que les recomienden los mejores productos. Otras veces, son las madres las que las llevan preocupadas por el fenómeno, queriendo que el profesional les explique los inconvenientes que puede traer aparejado el uso de esas cremas —que los tutoriales indican sin un criterio médico o cosmiátrico— que tanto ellas como sus amigas quieren usar, para que les diga que no las necesitan, e incluso  que son perjudiciales para sus pieles jóvenes y sensibles.

Pero no siempre es fácil. Ya sea porque las hijas no quieren escuchar o porque el profesional consultado se deja llevar por la tendencia, por el deseo de la niña o la adolescente, o por su propio beneficio económico, y descuida las reales necesidades de esa etapa.

Otras veces, las mismas madres buscan profesionales que sí quieran recomendar esos productos, de modo que sus hijas empiecen “a tiempo” con tratamientos que quizás ellas mismas hubieran querido hacer más tempranamente. Incluso hay madres que no quieren frustrar a sus hijas y alejarlas de los usos y costumbres de su grupo de pares, un fenómeno similar a lo que está ocurriendo con algunos varones que hoy quieren hacer pesas o tomar complementos para sus músculos mucho antes de tener la edad y el desarrollo convenientes para hacerlo sin riesgo.

La industria de la cosmética es una de las que más creció durante los últimos años, superando a otros segmentos como la ropa, el calzado, los anteojos, el cuidado de mascotas y los alimentos y bebidas. El comercio electrónico es el canal de más rápido crecimiento para la venta de estos productos. Y las mujeres jóvenes y las adolescentes, sus mayores consumidoras. (Fuente: McKinsey.com). 

Tenemos que estar atentas y tomarnos el tiempo para cuestionarnos si lo que nuestras hijas piden es realmente bueno para ellas, si lo necesitan, o si en realidad se están dejando llevar por una moda que solo beneficia a las empresas que venden esos productos. Lo que ellas quieren tanto pueden ser cremas y otros productos antienvejecimiento, como otros para maquillarse y esconder algunos detalles como manchas en la piel, ojeras o arruguitas de expresión, esas pequeñas «imperfecciones» que son parte de nuestra identidad. Y entonces, el camino queda abierto para que más adelante pidan hacerse alguna intervención estética para “mejorar” o borrar alguno de sus rasgos.

Vale la pena preguntarnos qué buscan esas niñas y por qué van detrás de una supuesta perfección. ¿Cuál es el modelo que persiguen? Además de la incitación de la sociedad de consumo, pueden estar influenciadas por referentes adultas (incluidas sus madres) que persiguen el espejismo de la eterna juventud. Probablemente se relacione con autoestimas bajas: nuestras niñas se imaginan que sin esa mancha o sin esa arruga sí van a ser lindas, ¡cuando los psicólogos tenemos muy claro que el problema es exactamente el contrario! No tienen la autoestima baja porque se ven feas, sino que se ven así porque tienen la autoestima baja y, por eso, tratar de “arreglarse” desde afuera equivale a poner el carro delante del burro: no resuelve el tema.

Otras veces, con tal de “encajar” en el grupo, siguen esas costumbres sin cuestionarse si es conveniente para ellas o si lo necesitan, y se dejan llevar justamente por esa otra niña insegura que busca reasegurarse usando cremas y maquillaje. O por la que fue “captada” por una o varias marcas y seduce a sus pares desde las redes mostrando cómo usa productos que le regalan, o que incluso le pagan por mostrar.

El problema empieza a resolverse cuando los adultos a cargo se dan cuenta de esto, y se ocupan de la autoestima de las niñas en lugar de apurarse a comprar creas. Puede ser muy útil armar equipo con otros padres y madres, reunirse con ellos —en lo posible desde más chiquitas—, dar y escuchar opiniones, conocer experiencias de madres y padres de hijas más grandes, e intentar aunar criterios, como hicimos ya con múltiples temas, como la edad para hacer piyamadas con amigas o para tener celular.

Cuando una niña se pone ácido hialurónico para tapar o eliminar arrugas o líneas de expresión de su rostro, por ejemplo, entra en un camino sin retorno. A partir de ese momento, empieza la lucha para combatir el inevitable envejecimiento que va de la mano del crecimiento, la maduración ¡y la sabiduría! No es lo mismo que una mujer de treinta o cuarenta años quiera cuidarse, porque ella ya tiene una historia vivida, una identidad y una imagen de sí misma construida. En cambio, cuando una niña de diez, once o doce años busca edificar una parte importante de su identidad alrededor de un modelo de perfección y/o de eterna juventud, no tiene los recursos internos suficientes para protegerse de las agresivas estrategias comerciales que se encontrará a cada paso, lo que aumentará su vulnerabilidad ante eventuales trastornos de alimentación o de salud mental más adelante.

La cosmeticorexia es un círculo vicioso que lleva a que las chicas más inseguras y frágiles busquen seguridad en estos recursos “mágicos” y que no se fortalezcan como personas. Una vez más, cabe la frase “que sea normal no significa que sea sano o natural”. Estemos atentas y atentos al modelo adulto que presentamos, conversemos con nuestras hijas desde que son chiquitas sobre lo que ellas valen. Enseñemos la diferencia entre deseos y necesidades, y animémonos a decir “no”, “todavía no”, “no te hace falta”. 

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"Hay mucha belleza, verdad y amor a nuestro alrededor, pero pocas veces nos tomamos las cosas con la suficiente calma para apreciarlos".

Brian Weiss