Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Columnistas

8 enero, 2019

La tribuna interior

Las voces interiores representan la compleja identidad humana, pero a veces son tantas que terminamos confundidos. Opinan, sugieren, critican o ayudan: ¿cuáles escuchar y cuáles dejar que se extingan? Sobre esto escribe aquí Miguel Espeche.

“Contengo multitudes”, decía Walt Whitman, el poeta norteamericano. Y vaya si tenía razón. Todos contenemos multitudes, tanto es así que la psicología, entre otras cosas, se encarga de estudiar y, cuando puede, ayudar a armonizar las diferencias que existen en ese “multitudinario” interior humano que, en ocasiones, tiene voces tan diversas que se asemejan a una reunión de consorcio.

Digamos que no es “locura” todo diálogo interior. Hay cuestiones de grado y origen, pero, en rigor, las voces interiores son patrimonio de todos los humanos y representan la complejidad de nuestra identidad. Estas voces surgen de la memoria, el aprendizaje, las perspectivas diversas que nos habitan desde lo cultural, ideológico, temperamental… Se “escuchan” en la mente y desde allí opinan, sugieren, critican, condenan, ayudan, nutren, maldicen, aterrorizan o protegen.  A veces parecen ser “la realidad”, pero son solo parte de ella, y pueden soplarnos al oído tan sutilmente que no nos damos cuenta de su presencia.

“Las voces interiores son patrimonio de todos los humanos y representan la complejidad de nuestra identidad”

“Es la voz de la conciencia”, me decía mi abuela cuando se refería a esa voz interna que me avisaba que no estaba bien robar caramelos del frasco en horario inapropiado. “Una voz interior me dijo que no lo hiciera”, me contaba la chica que se había negado a subir a un auto con gente que, en la juerga nocturna, había bebido de más. “Por un lado, una voz me decía que sí, y por otro, que no”, decía el muchacho atormentado entre estudiar o no ese día de sol…Las voces son tantas que parecen una tribuna entera que nos abuchea o nos aplaude, en ocasiones, a la misma vez.

Algunas voces llevan consigo exigencias y miedos. Otras resuenan generando confianza, calidez, ganas… Las voces son muchas y es aconsejable ayudar a que se vayan trasmutando hasta sintonizar con lo más genuino de nuestro ser. Detenerse, tal vez, y buscar el rostro que acompaña a esa voz que nos dice: “Sos una mala madre”, “Un hombre de verdad no debe dejar que le hagan eso”, o “Quedate tranquilo, vas a poder” y “Cuidate, tu vida es valiosa”.  Suelo proponer hacer este ejercicio de identificar esas voces interiores, del tipo que sean, y después ponerle la cara de quien la dijo alguna vez. Identificar los rostros, reales o imaginarios, será un buen paso para adueñarnos de las voces en lugar de dejar que se adueñen de nosotros.

“Las voces son tantas que parecen una tribuna entera que nos abuchea o nos aplaude, en ocasiones, a la misma vez”.

Las multitudes que nos habitan son nuestra riqueza cuando aprendemos a escuchar las voces que nos soplan vitalidad y amor. A veces no es fácil porque las palabras se pelean entre sí, o son confusas al punto de no saber si hacerles o no caso. El desafío será llevar la batuta y limpiar el campo de interferencias. Si dañan, descalifican, hieren, desangran, pues entonces hay que dejarlas caer o hablar solas hasta extinguirse. Hay que matarlas con la indiferencia más que pelearse con ellas. Si nutren y ofrecen ánimo, fe, ganas, verdad, hay que ir haciéndolas propias, otorgándoles prestigio en nuestro interior.

Es una tarea que se realiza viviendo la vida, escuchando a otros, marcando huellas y definiendo actitudes. La sinfonía de voces que nos habitan logra afinarse a fuerza de vida vivida, y ese, el de la vida, es el terreno sobre el que transitaremos la aventura de encontrar nuestra propia voz, esa que nos distingue y nos hace ser quienes somos.

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