Sophia - Despliega el Alma

POR Maritchu Seitún - Columnistas

30 noviembre, 2020

Chicos que se hacen cargo de sus padres

En tiempos difíciles, los chicos harían cualquier cosa con tal de ver sonreír a mamá o a papá. Pero cuidar de los adultos y vivir atados a su estado emocional no debería ser un asunto para ellos. ¿Cómo evitar que tengan que crecer demasiado rápido?

Entre los mamíferos, el ser humano es el que tiene el período más largo de dependencia de sus padres. Erik Erikson llamaba “moratoria psicosocial” a ese tiempo en el que los menores no necesitan ocuparse de cuestiones de supervivencia y pueden aprovechar sus energías para crecer, madurar, aprender, hacer amigos, jugar, divertirse, porque saben (y confían) que sus padres se preocupan y se ocupan de su atención y cuidado, de su salud, seguridad y alimentación.

Pero no siempre es así. Algunos chicos, en lugar de pedir y ser cuidados, se ocupan de sus padres a un altísimo costo de su desarrollo personal.

A veces, la moratoria se resquebraja por cuestiones de salud de algún miembro de la familia, un hermano gravemente enfermo, una muerte cercana, depresión u otro problema psicológico serio en alguno de los progenitores, o por cuestiones económicas, es decir por situaciones dolorosamente inevitables. Padres agobiados que, sin darse cuenta, participan por demás a sus hijos en sus dificultades y entonces los hijos –en algún área o en varias– dejan de ser hijos para convertirse en padres de sus progenitores.

No es serio si, al poco tiempo, vuelve el equilibrio anterior, pero se complica cuando queda instalado el hijo en el papel de cuidador/protector.

Aún sin que pase algo en el ámbito familiar, algunos chicos hipersensibles están por demás atentos al estado emocional de sus padres y desde muy chicos se sobreadaptan, se acomodan, cuidan, dejan de apoyarse ellos para sostener a esos adultos que tanto quieren. Hacen lo que suponen que se espera de ellos, para no preocupar, o para agradar, para no traer problemas a casa, para cuidar a alguno o a ambos padres, o a sus hermanos. Reciben muchos halagos por ser tan “buenos”, por lo que les cuesta dejar de hacerlo aunque ocurra a costa del despliegue de su identidad personal.

El vínculo de padres e hijos es (o debería ser) asimétrico hasta la plena independencia de los hijos: los padres cuidan y los hijos son cuidados.

En esa campana de protección los chicos no necesitan estar atentos a cuidarse y cuidar y por lo tanto pueden desarrollarse y crecer. La casa es el lugar para mostrarse vulnerables y recibir sostén, ayuda y cuidados; es el único lugar en el que pueden relajar el estado de alerta, y es maravilloso que así sea. No hablo de niños tiranos ni de padres esclavos, no son nuestros dueños y tienen que colaborar en casa y cumplir con sus crecientes responsabilidades, porque de eso se trata crecer. Y los padres los acompañamos en ese camino.

Pero no es tarea de los hijos cuidar o sostener emocionalmente a sus padres o a sus hermanos.

Cuando hay dificultades en la pareja de los padres es muy común que uno o ambos progenitores busquen el apoyo de sus hijos, forzándolos a tomar partido por uno en contra del otro quedando tironeados sin una salida saludable para ellos. Una pregunta que podríamos hacernos, en caso de duda, es si lo que estamos por contar, pedir o aceptar es (o no) en beneficio de ese hijo: no es lo mismo pedir que ponga la mesa o aceptar un dibujo, que encargarle que le pida a su papá algo que nosotras no nos animamos a pedirle o criticar a la mamá buscando tenerlo de aliado.

Este año que termina ha sido difícil para todos. Responsabilidades, miedos, preocupaciones, tareas, incluso problemas vinculares en las parejas, pueden haber llevado a unos cuantos hijos a cuidar por demás a sus padres. Tiene sentido que lo hayan hecho, nos quieren, incluso a ellos les interesa que estemos bien. Pero no puede durar más allá de un tiempito de acomodación por la cuarentena, por el nacimiento de un bebe, por la enfermedad de algún familiar, por la vuelta al trabajo presencial de mamá… Estemos muy atentos porque es tan agradable que nos ayuden de esa forma, que pasada la emergencia podemos distraernos de nuestra tarea adulta de volver a hacernos cargo de nuestro propio sostén emocional ¡y del de ellos!

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