Sophia - Despliega el Alma

POR Maritchu Seitún - Columnistas

18 julio, 2022

Chicos estresados: ¿cómo ayudarlos a vivir una infancia con más calma?

A partir de la carta de una lectora, nuestra especialista en crianza responde a este interrogante y nos ayuda a reflexionar sobre la importancia de hacer de la niñez un tiempo lejos de las presiones, el apuro y la competencia.


La pandemia nos trajo muchas dificultades, pero nos ofreció la oportunidad de rever nuestro ritmo de vida, de bajar la velocidad y quedarnos en casa. Los padres estaban muy ocupados y estresados, pero en cambio muchos chicos tuvieron tiempo para aburrirse, jugar, inventar, hasta de pasarla bien por momentos con sus hermanos.  Hubo situaciones estresantes en las familias y también en los chicos, como enfermedades, muertes, temas laborales, soledad, dificultades para aprender, miedos. Incluso sobreestimulación por exceso de uso de pantallas. Pero los chicos no corrían de una actividad a otra ni se llenaban de programas.

Este 2022, con la vuelta a la “normalidad”, empezó como si nada hubiera pasado, dejando de lado lo que aprendimos en este tiempo de estar puertas adentro: las actividades extraescolares, invitaciones y programas volvieron al mismo ritmo de la prepandemia, incluso más, para recuperar el tiempo “perdido”. Los chicos no bajaron el ritmo de las pantallas ni la sobreestimulación implícita en ellas. Y a esto se sumaron tareas complejas para ellos, como volver a acomodarse a la jornada escolar, sentirse seguros al salir de casa, quedarse quietos en el aula y prestar atención, recuperar los aprendizajes perdidos y nivelarse en otros, responder a sus docentes, interactuar con sus pares, etc.

¡Cómo no van a estar estresados los chicos!  Por eso, en la post pandemia crecieron los dolores de cabeza, la tensión en las cervicales, el cansancio, la irritabilidad, el desánimo, las dificultades para quedarse quietos y prestar atención, o para quedarse dormidos, los miedos, incluso las crisis de pánico, y otros muchos síntomas.

¿Vuelta a la normalidad?

El estrés es humano y necesario, nos pone en alerta y nos prepara para defendernos. Desde chiquitos, los bebés van aprendiendo de la mano de sus padres a procesar niveles de estrés cada vez mayores.  Pero cuando las situaciones estresantes son frecuentes o se superponen, cuando son demasiadas y muy seguidas, se hacen imposibles de procesar. Entonces se acumulan en la sangre el cortisol y la adrenalina —que optimizan nuestro funcionamiento en la emergencia— porque no alcanzamos a eliminarlos antes de que surjan  nuevas situaciones de estrés: las presiones, el apuro, la competencia, y es entonces que aparecen los  síntomas. Ese procesamiento lleva tiempo, juego, conversaciones, dibujos, y es muy difícil hacerlo cuando los llevamos apurados de una actividad  otra sin darles tiempo.

La salud mental de los niños es un problema sin fronteras. A nivel mundial, 89 millones de niños adolescentes de 10 a 19 años y 77 millones de niñas adolescentes de 10 a 19 años viven con un trastorno mental, el 40% de ellos ansiedad y/o depresión. Datos: UNICEF.

Como dice una lectora llamada Carolina Pairola en su carta publicada por Sophia días atrás:

«¿Cuándo tienen tiempo para aburrirse? Nunca. ¿Cuándo tienen tiempo para el juego libre? Muy pocas veces. ¿Cuándo tienen tiempo para pensar lo sucedido y reflexionar? Nunca. Del aburrimiento y del juego solitario y en grupo y de los momentos de tranquilidad, derivan la posibilidad de crear y estimular la empatía, la cooperatividad y dar descanso a la mente para ir asimilando la información obtenida a lo largo del día». 

Podés leer la carta completa de nuestra lectora haciendo clic acá. 

¡Qué gran oportunidad nos ofrecen las vacaciones de invierno! Para bajar el ritmo, para no correr, para resistirnos a hacer un programa atrás del otro y disfrutar el tiempo libre. Hasta van a pasar más lentamente las vacaciones si logramos hacerlo, si salimos de ese “atrapamiento” que nos hace la sociedad de consumo, queriéndonos convencer de hacer y hacer como única forma de pasarla bien. Porque, cuando nos subimos a esa vorágine, los chicos saben manejar cada vez menos su tiempo libre y se pelean, se quejan, lo que nos lleva a volver a entretenerlos y mantenerlos cada vez más ocupados… y  entonces se estresan.

En palabras de nuestra lectora: «Tanto las familias como las escuelas deberían plantearse no sobre estimular a los niños, generando una cantidad de actividades abrumadoras, sino, comenzar a entender que para que haya crecimiento sano, creativo, pensante, es necesario encontrar un equilibrio entre una actividad y un momento para pensar y asimilar lo visto, descansar». 

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