Sophia - Despliega el Alma

POR Cristina Miguens - Columnistas

12 marzo, 2021

Caperucita es argentina

Son tiempos difíciles y, como en la fábula, un feroz Lobo acecha intentando engañarnos y devorarnos. ¿Cómo detenerlo para que, al final, prevalezca la Justicia? Es hora de que Caperucita abra los ojos y logre hacer un cambio de conciencia...

Ilustración: Maite Ortiz. 

Mi madre, una pionera del feminismo, se indignaba con el cuento de “Caperucita Roja” porque sostenía que descalificaba a las niñas: “¿Como una chica se va a confundir a un lobo con su abuela? ¿Es tonta acaso?”, refunfuñaba tomando literalmente el relato infantil. Sin embargo los relatos, como los mitos, siempre tienen una lectura simbólica que puede dejarnos enseñanzas para la evolución de la conciencia, tanto individual como colectiva. Por eso perduran a través de los siglos.

El relato original de Caperucita Roja se remonta a una tradición oral del siglo XI y fue escrito por primera vez por Charles Perrault en 1697 y luego retomado por los hermanos Grimm en 1857. En todas las variantes Caperucita Roja es engañada por el Lobo con ardides, pero los finales son distintos a lo largo de los siglos. La más sanguinaria es la de Perrault en la que el Lobo (que previamente se comió a la Abuela) se come también a la niña. La versión de los hermanos Grimm, un siglo y medio después, tiene un final feliz ya que un momento antes de que el Lobo se coma a Caperucita, ella grita y un Leñador que estaba cerca rescata a la niña, mata al Lobo, le abre la panza y saca a la Abuela, milagrosamente viva.

La conciencia (y el mito) siguió evolucionando y un tiempo después los Grimm escribieron una segunda parte del cuento en que Caperucita y su abuela además de tomar muchas precauciones, logran atrapar y matar a otro lobo, esta vez anticipando sus movimientos gracias a su experiencia con el anterior. Gran moraleja: la experiencia enseña.

“Hoy la Argentina, inmersa en una profunda crisis moral, está en una encrucijada con final incierto, amenazada de disolución. ‘Ver‘ significa usar la razón, además del amor y la empatía, para discernir lo verdadero de lo falso y el ladrón del honesto. Necesitamos evolucionar y hacer un cambio de la conciencia colectiva, sin perder nuestra esencia. Porque la Justicia es la expresión del amor en la dimensión pública”.

El discurso del presidente Alberto Fernández en la apertura de sesiones legislativas ha sido todo menos componedor y ha contribuido a profundizar la grieta entre los argentinos. En pocas palabras, declaró el embate final a la Justicia por distintos frentes contra jueces y fiscales para asegurar la impunidad de los procesados amigos, a la vez que instruyó al Congreso a controlar al Poder Judicial, todo ello en el marco de una batalla épica contra el gobierno de Juntos por el Cambio. Alberto Fernández se quitó la careta de pacificador para mostrar el peor rostro confrontativo del kirchnerismo, ya sea por convicción propia, para congraciarse con la tribuna de La Cámpora y/o para satisfacer a su jefa política. La amable y moderada Abuela de Caperucita Roja, que venía a poner fin a la manipulación judicial y a los privilegios, a cuidar a los argentinos, a traer la paz y la unidad, finalmente se sacó el camisón, la cofia y los anteojos, y mostró sus dientes de Lobo feroz.

Simbólicamente, Caperucita Roja representa el alma, el principio Femenino, mientras que el Lobo simboliza el principio Masculino puramente racional que durante siglos de Patriarcado fue ocultando el alma, cuando no devorándola, hasta dejar a muchos individuos “desalmados”. Los argentinos tenemos el alma y las emociones a flor de piel y somos reconocidos en el mundo por esa cualidad que incluye la calidez, la cercanía de los vínculos, la creatividad y en buena medida la solidaridad, pero a la vez somos poco racionales y ordenados. Como sociedad somos un país de “Caperucitas” (especialmente mujeres) que insisten una y otra vez en visitar a la Abuela postrada y vulnerable, a la que vemos en cada persona necesitada en las villas de emergencia del país, donde las distintas iglesias y las ONG solidarias se multiplican a la par de que crece escandalosamente la pobreza. Porque también somos un país donde rondan los lobos feroces que devoran a las presas fáciles.

Lamento decepcionar a mi madre. Soy una de esas tontas e ingenuas Caperucitas que desde el regreso a la democracia hasta hoy dediqué tiempo, esfuerzo y también dinero, para ayudar a mujeres y niños vulnerables del país, en muchos casos asistiendo directamente a gobiernos provinciales en hospitales, jardines maternales y escuelas públicas. Nunca antes como ahora vi con tanta claridad que esos gobiernos eran parte de una gran mafia de corrupción que viene estafando a los argentinos desde hace décadas y que se agudizó dramáticamente con el kirchnerismo. No veía que en esos funcionarios, punteros y militantes había un lobo feroz que se devoraba los recursos del Estado, cuando no también las donaciones que los privados destinaban a ayudar al prójimo.

Caperucita hoy se dio cuenta de la verdad: el Estado (el nuestro), esa querida “Abuelita” incondicional en la que pusimos nuestra confianza y seguridad, sin el control ciudadano y sin el imperio de la ley y las instituciones, es una manada de lobos salvajes capaces de crímenes, corrupción y hasta de robarnos las vacunas para dárselas a sus amigos. Ya no hay tiempo para seguir negando. Los argentinos necesitamos con urgencia ver al Estado como es, no como nos gustaría que fuera ni como es en otros países, para salir de esta diabólica sucesión de fracasos. Hoy la Argentina, inmersa en una profunda crisis moral, está en una encrucijada con final incierto, amenazada de disolución. “Ver” significa usar la razón, además del amor y la empatía, para discernir lo verdadero de lo falso y el ladrón del honesto. Necesitamos evolucionar y hacer un cambio de la conciencia colectiva, sin perder nuestra esencia. Porque la Justicia es la expresión del amor en la dimensión pública.

Felizmente, la fábula de Caperucita Roja en la versión de los Grimm tiene un cuarto actor del que se habla poco y que es el Leñador, que simboliza el orden y la justicia, el principio Masculino integrado al Femenino, capaz de juzgar con sabiduría y equidad para aplicar la fuerza de la ley y ponerles límites a los lobos feroces. No podemos repetir el error de votar lobos disfrazados de abuelas. Los argentinos tenemos que comprometernos con la Justicia y el respeto a las instituciones, orden sin el cual todos nuestros esfuerzos solidarios serán vanos, como está probado. Urge trabajar junto con el Leñador que hoy también está amenazado, antes de que los lobos nos terminen de devorar.

Esta columna fue publicada en el sitio web y en la edición papel del diario La Nación. 

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

No está conectado a MailChimp. Deberá introducir una clave válida de la API de MailChimp.

Comentarios ()