Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Columnistas

24 agosto, 2020

¿Cambiar el mundo o amar al mundo?

Una invitación a reflexionar sobre la idea de que lo que tenemos está mal y necesitamos cambiarlo por algo mejor. ¿Acaso nuestro mundo no es el resultado de aquello que somos? ¿Y si lo aceptamos y lo amamos para ayudarlo a germinar?

Damos por hecho que las cosas están mal y hay que cambiarlas. Esto es así al punto que en cualquier conversación, en los medios, en la literatura y en las publicidades, entre otros tantos lugares,  se menciona la necesidad de cambiar el mundo para hacerlo mejor de lo que es, como si fuéramos correctores perpetuos de una realidad esencialmente fallida.

Generaciones enteras han tomado el estandarte del cambio del mundo. Lo han hecho a modo de  gran queja respecto de ese mundo sobre el que hacen foco en sus horrores, injusticias y calamidades. De hecho, si hay un imperativo que no se discute es el que dice que el mundo está mal y hay que cambiarlo por “otro” que sea mejor.

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La idea del cambio del mundo apunta a  trocar lo que “es” por lo que “debiera ser”,  independientemente de lo que eso  signifique. Describimos al herido, sus daños, sus defectos, pero más que curarlo promoviendo su capacidad de sanación, apelamos a cambiar a ese herido por un otro ideal “sano” que, por supuesto, nunca llega, justamente porque es una idealización que desprecia lo real “defectuoso”.

Así como hablamos del mundo que queremos cambiar por otro que sea “mejor”, podemos hablar también de personas, de almas y de cuerpos. También es posible, en ese mismo sentido, referirnos a comunidades y sociedades, valores éticos, formas de vida y tantas otras cosas (“mundos”) que consideramos fallidas al punto de querer cambiarlas.

Es verdad que acá estoy tomando literalmente el uso de la palabra “cambiar”, y entiendo que muchos la usan como forma de señalar el afán de mejorar las cosas, promoviendo lo mejor y no lo peor de las mismas. Sin embargo, la observación indica que el uso habitual de la palabra “cambiar” termina significando una suerte de repudio hacia aquello que está “fallado”, comparándolo, como decíamos, con lo idealizado… “lo que debiera ser”.

Con esa filosofía de vida, y casi sin darnos cuenta de ello, nos  terminamos peleando con nosotros mismos como parte de ese mundo que está “mal”, criticando lo que somos (gordos, flacos, crueles, iracundos, mezquinos, argentinos, perezosos, altos, bajos, rígidos, miedosos, corruptos y un largo etcétera) maldiciendo nuestro destino y lamentando no ser otros. Quisiéramos cambiar lo que somos, pero no podemos. Felipe, el de Mafalda, diría: “¡Justo a mí me tocó ser yo!”.

Varios son los autores que señalan lo cruel de esa idea de cambio que se disfraza de progresía y mejoramiento. Es por esa crueldad encubierta que la idea de cambiar al mundo nos suele confundir, y eclipsa otras posibilidades de evolución y crecimiento.

Una semilla no tiene que cambiar para germinar y crecer. Tiene que evolucionar, y lo hace a partir de condiciones determinadas que la hacen despertar a eso que habita en ella y que está a la espera. Tierra, agua, sol, tiempo, temperatura adecuada… cobijada por esos elementos, la semilla se lanza a ser lo que es, desplegándose.

Quizás por esto suelo repetir que más que cambiar el mundo mejor es ofrecer amor al mundo. Buena tierra, sol, nutriente, guía, cuidado mientras crece (con poda incluida, si fuera necesario) y, sobre todo, aceptación de lo dado, como forma de comenzar el camino.

Es en este punto, en el de la aceptación, cuando se suelen abalanzar con ferocidad los críticos de todo enfoque que no propicie el cambio del mundo. Los militantes del enfoque “cambiador” se sienten ofendidos y angustiados cuando el dogma de “cambiar por cambiar nomás” no es aceptado tan a rajatabla y acusan de cosas horribles a quien se oponga a su fe. Ellos saben luchar contra lo malo, pero no saben generar lo bueno, de allí su crispación con enfoques que no sean solamente rechazantes o quirúrgicos frente a los dolores y durezas de la vida. Malinterpretan las cosas y dicen que, si uno valora la semilla, eso significa que la está condenando a ser semilla para siempre. Creen, además,  que la semilla es una planta fallida, olvidando que, al revés, una planta logra existir solamente si la semilla de la cual nace es valorada como tal y recibe la hospitalidad y nutrición de los elementos que la rodean.

Un cambio desde el amor

Reitero que estoy relacionando esta forma de pensar el tema con escenarios que van desde el mundo en general al país, la política, la condición humana, pero, también, a nuestros cuerpos, a nuestros estados de ánimo, a nuestra clase social, a nuestra familia y a nuestra manera de ser.

Existe un mito cruel que dice que para que algo mejore hay que señalar con énfasis y crudeza sus defectos (reales o supuestos), para que los mismos sean corregidos. En realidad, la mera descripción de los “defectos” no genera otra cosa que depresión, rabia, miedo, impotencia, estrés malsano, sobreadaptación y enojo.

Es como describir a una persona desnutrida: señalar sus huesos, los ojos hundidos, su debilidad, su desesperación… en vez de darle comida y ayudarla a obtenerla. “Sería mucho mejor si estuvieras bien alimentado”, se le dice.

Poner amor en el mundo o, si se prefiere, mirar al mundo desde el amor,  es quizás algo difícil de aprehender como concepto y puede aparecer edulcorado o pueril, si bien la intuición acerca de su significado está allí, a nuestro alcance. Describir los pecados sin generar virtudes no ayuda en nada, si bien muchas veces nos contentamos con esa descripción desamorada de la realidad, como si estuviéramos haciendo una autopsia y no abordando una situación viva y llena de matices y de misterios.

Por eso, mejor amar al mundo que intentar cambiarlo sin amor, luchando contra lo que creemos malo, a veces con las mismas armas que decimos querer erradicar.

Suele decirse somos mejores porque somos queridos. Eso es así y el ejemplo de la semilla nos lo demuestra. A la vez, es triste cuando creemos que seremos queridos solamente si somos mejores, igualándonos a algún ideal de perfección comprado en una d esas góndolas donde se venden modelos de vida prefabricados.

También se dice que cuando uno sintoniza con amor con las cosas, esas cosas se trasmutan, logrando ser más lo que son. Porque no se trata de intentar ser otros distintos a esos que somos, sino de ser más hondamente esos que somos, adentrándonos en nuestra verdad para, desde allí, germinar como aquella semilla.

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