Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Hablemos de...

14 junio, 2014

Atravesar el dolor

Aquel día, el más doloroso de mi vida, mi tío Juan Carlos me dijo algo que jamás olvidé: “El dolor que tenés es tan grande que no entra en tu cuerpo. Tenés que pensar que ese dolor está todo allá arriba, en el cielo, y poco a poco va a ir pasando por tu corazón. Es que si pasara todo junto, no lo podrías soportar”, me explicó.

Tomé sus palabras. Juan Carlos no era un hombre para desoír, sobre todo en lo que tenía que ver con esas cosas del alma. Desde entonces, la imagen  de un inmenso dolor, bajando del cielo poco a poco para que, de esa forma, yo pudiera soportarlo y asimilarlo mejor no solo me ayudó en relación con esa situación puntual, sino que me permitió ayudar a otros que sufrieron dolores grandes, tan inmensos que temían morir de pena. Es que los grandes dolores a veces vienen así, como un rayo inapelable que hace desaparecer el piso sobre el cual estamos parados, obligándonos a ahondar en los recursos más profundos con los que no sabíamos que contábamos.

Muertes, accidentes, diagnósticos, traiciones profundas, abandonos desgarradores… Pongan ustedes la escenografía que quieran. El dolor del alma, cuando es dueño de todo, es puro y total, terriblemente omnipresente: las palabras parecen banales ante su señorío.

El dolor anímico no es una enfermedad sino el eco del amor en clave de desgarro. Se lo transita respetando sus tiempos, asumiendo su existencia como parte de un amor que no muere. Se lo lleva ofreciéndole sentidos, asumiéndolo como el precio que hay que pagar por haber conocido a alguien que murió, sobre todo, si lo hizo antes de lo previsto.

También podemos decir que el dolor está hecho para ser compartido: de ahí que el grito de dolor no es simple descarga, sino notificación al prójimo de que se lo está transitando. Por esa razón tendemos a ser solidarios con el que se duele de verdad. He visto muchas veces a personas transitar por la peor pesadilla sin claudicar, gracias al hecho de no haberse aislado, de haberse dejado acompañar en su pena. Para el caso, sirve saber que para acompañar el dolor no hay que pretender solucionar nada. Solo estar allí, estando.

A la vez, también he visto sucumbir a otros que vivieron su penar aislados, encerrados en un rumiar doliente que no permitía circular lo que había nacido para ser compartido. El dolor se alivia al ser compartido. Y no es el malo de la película y no mata, aunque sí puede matarnos lo que hacemos con él. El dolor nos hace humanos, nos habla del amor más allá de la herida que ese amor haya sufrido. Si lo sabemos entender, nos ubica en nuestra humanidad y dice de nuestra capacidad de amor. Por eso hay que saber administrarlo e ir encontrándole el sentido oculto. Nada peor que pretender una analgesia rápida que nos impida escuchar lo que el dolor nos dice de nosotros.

A la larga, la lealtad es con el amor, no con el dolor. Pero eso lleva tiempo para ser reconocido. Un tiempo que hay que saber respetar, acompañando y dejándose acompañar: el hecho de animarnos a querer nos hace vulnerables a la aparición del dolor, pero vale el riesgo de sufrirlo si es el precio para atreverse a abrir el corazón y vivir nuestros afectos sin miedo. 

ETIQUETAS dolor

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