Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - Columnistas

14 agosto, 2018

Aprender a ser múltiples

Desde que nacemos vamos estableciendo estilos psicológicos personales para adaptarnos al mundo. Ese instinto se psicologiza y marca nuestro estilo afectivo. Desplegar facetas que no desarrollamos tempranamente nos completa y nos permite comunicarnos con el otro desde un lugar más amplio.

Éramos tiernos. Aún no defendidos. Aún sin sol en la piel, con el cordón fresco en la panza, hecho un nudito. Y allí nomás comenzamos a defendernos: nacer es el punto de partida para un esfuerzo enorme por adaptarse a este mundo difícil. En-carnar. Desde el parto, parto hacia mi vida, y me parto como porción del Todo: me vuelvo parte. Y, como parte, soy vulnerable, frágil. Ningún otro animal es tan frágil durante tanto tiempo como el animal humano. Ninguno tiene depredador tan feroz: su propia especie. De modo que defenderse será un aprendizaje arduo que implicará armar estructuras de respuestas automáticas ante distintas circunstancias de la vida; y el instinto sabrá cómo.

“Nacer es el punto de partida para un esfuerzo enorme por adaptarse a este mundo difícil”

Está quien se garantiza la supervivencia intimidando para que nadie “lo pase por encima”; endurecerá su piel e irá por la vida con actitud aguerrida. Creerá que amar es necesitar, y su decisión será esta: no necesitar nada de nadie. Se dejará solo, entonces, espantando al amor para que no se le pose en su vida, como quien espanta mariposas creyendo que son moscas. Y ese será su modo.

Está quien sobrevive siendo extremadamente frágil y carenciado, inspirando en otros el ansia de protegerlo, de responder en su nombre. Su fortaleza será esa: no poder. Cuando ame, se colgará del fuerte como si se estuviera ahogando, siempre encontrando a alguien que le tenga lástima. ¡Y lo encontrará! Y ese será su modo.

Está quien, sencillamente, se aparta: siente que el mundo es demasiado para él, que no encaja en el juego que todos juegan, que debe haber aterrizado en el planeta equivocado y en la época equivocada. Es extranjero en su propia patria, y si no cambia el punto desde donde mira la vida, no hallará algo que siempre estuvo allí: gente como él. Pero mientras tanto… ese será su modo.

Está quien se sobreadapta desde la eficiencia, volviéndose imprescindible: dando de más, sirviendo de más, asumiendo de más, con costos personales muy altos. Cancelará en su pecho la posibilidad de escuchar qué quiere, y se supeditará solo a percibir qué quieren los demás. Y  ese será su modo.

Está quien tiende, en cambio, a construir una identidad desde el humor: escapará a la aridez de la vida mediante una broma, la risa fácil, y se deslizará por los vínculos con menos compromiso que simpatía, con menos hondura que superficies. Sentirá que el amor es una red peligrosa, y su consigna será esta: que no lo atrapen. Y ese será su modo.

Está quien se inserta en el mundo siendo invisible: como una puerta giratoria, los demás lo mueven según necesiten paso; no expresa voz ni voto porque no vota ni se expresa; no pone límites porque prefiere ser avasallado a existir. Quizá fue un niño de manutención barata: aprendió a conformarse con nada, y se quedó así: respirando apenitas para no quitarle aire a nadie. Y ese será su modo.

Y hay más. Muchos más. Según nuestra naturaleza establecemos estilos psicológicos personales para adaptarnos al mundo y garantizarnos lo más importante: nuestra supervivencia. Como el escorpión clava su letal aguja, el caracol se acaracola, el mono grita y salta o el león se abalanza para vencer o morir, todos tenemos un instinto de supervivencia que se psicologiza, marcando nuestro estilo afectivo: nuestro modo de estar en el mundo. Automatismos que son nuestra “solución” conductual más inmediata.

“Según nuestra naturaleza establecemos estilos psicológicos personales para adaptarnos al mundo y garantizarnos lo más importante: nuestra supervivencia”

Pero debemos saber esto: ser de una sola manera nos deja pequeños. La seriedad sin humor nos vuelve resecos como leña de invierno; la broma sin compromiso nos hace resbalosos al trato profundo; la fortaleza sin vulnerabilidad nos vuelve débiles; la fragilidad sin fortaleza nos minimiza; no decir “Aquí estoy” hace que el mundo se pierda de nosotros, y nosotros nos perdamos del mundo…

Precisamos aprender a ser múltiples: desplegar facetas que no son esas tan tempranamente aprendidas. Y algo más: celebrar nuestras contradicciones hasta que se vuelvan paradojas, pues mientras nos peleamos con ellas es como si viviéramos bajo la ilusión de “tener que ser” esto o lo otro;  y lo cierto es que, en la mayoría de los rasgos humanos, ¡necesitamos ser esto y lo otro!

“Ser de una sola manera nos deja pequeños”

Cuando rechazamos esos rasgos, quedamos incompletos, y experimentamos puntuales problemas en nuestra vida. “El Arte de la Paz es completar lo faltante”, decía Morihei Ueshiba, fundador del aikido, aludiendo al trabajo de volverse más plenos. ¿Qué es “lo faltante” en mí? ¿A qué aspectos de mi interioridad no les di espacio porque me refugié a perpetuidad en mis defensas primigenias? ¿Cómo empezar a ejercerlos para no quedar expuesta a una unilateralidad empobrecida? Los problemas que en mi vida se repiten, se repiten porque hay un rasgo de mí que no me he permitido ejercer. Esa es mi más urgente tarea. La única que me permitirá explorar actitudes que estén más allá de mi repertorio de defensas automáticas.

Cuando empezamos a salir de nuestro manojo de defensas, comenzamos a comunicarnos con el otro desde un lugar más amplio. Comprendemos más allá de lo racional que nuestras defensas necesitan ser como una válvula más que como una muralla: abrirse para dejar pasar… cerrarse para no dejar entrar lo tóxico. Empezamos a dejarnos ver, a ejercer la intimidad, a ya no estar enfrascados en nuestro triste frasco de defensas. Nos entregamos como una fruta que encuentra su sentido al ser saboreada.

Convido un poema que escribí hace unos años y que a esto se refiere:

Intimidades

Uno se harta de cáscaras

y tiene hambre de pulpa:

pulpa humana, sincera,

veraz y conmovida…

Pulpa franca que vierte

sus jugos luminosos…

Pulpa extraña y ardiente

de humano inacabado…

Y de pronto suceden

audaces desnudeces:

renunciar a ser nadie,

abrirse indefendido,

mostrar eso que duele

mientras el otro muestra

su espíritu injuriado

por injustos cuchillos…

Mostrarnos la Belleza

que anima nuestro espacio

oculto, inmaculado,

ungido de Hermosura;

mostrarnos uno al otro

impretendidamente,

sin máscaras que asfixien

la esencia despertada.

Construir la confianza

como quien edifica

con su máximo aliento

puentes, templos, caminos…

Y entonces sí, sucede:

la cáscara se parte

y convida, fragante,

la más íntima pulpa:

el Centro, lo que fuimos

antes de que la vida

asfaltara los prados

que pisamos descalzos…

Nos sabemos completos

cuando el otro nos sabe,

cuando al otro ofrecemos

lo que hay, lo faltante,

lo que pronto seremos,

lo que fuimos, y aquello

que guardamos intacto

para quien lo merezca:

el ámbito recíproco

desde donde ejercemos

la vital transparencia

con que dos se hacen uno.

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