Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Columnistas

22 enero, 2024

Aprender a renunciar: el dilema de qué y cuánto dejar ir

En esta reflexión, nuestro columnista nos invita a bucear profundo en los deseos más genuinos y en los valores imperecederos para encontrar la brújula que nos ayuda a tomar las decisiones más difíciles.


Foto: Karam Alani

Es difícil renunciar. Y también es difícil no renunciar. ¿A qué? A un sueño, a una aspiración, a un amor, a un ideal, a un trabajo o a una idea del mundo, por ejemplo.

Instagram y las demás redes sociales bombardean con consignas disfrazadas de sabiduría diciendo cosas como “No renuncies a tus sueños”. Sin embargo, a veces viene bien renunciar a ellos para ver nuestra realidad y la del entorno, y no quedarnos empastados en un mundo onírico que nos secuestra y aísla de lo real, paralizándonos. ¿Renunciar a los sueños es entonces una claudicación, un acto de mediocridad, un fracaso?

No necesariamente. Forjamos nuestra vida en diálogo con lo que ella nos trae, pero si no estamos dispuestos a renunciar a algunas de nuestras pretensiones, más que soñadores somos caprichosos o totalitarios que consideramos que toda renuncia es una herida a nuestra identidad. Y los avatares de la vida —que existen sin pedirnos permiso— se transforman en algo que ofende nuestra aspiración, sumergiéndonos en una frustración insoportable.

Aceptar no es lo mismo que resignarse

Cuando estamos en pareja, por ejemplo, renunciamos a estar solos y a hacer siempre lo que nos viene en gana. Se supone que ese renunciamiento viene de la mano de algún tipo de ventaja, sobre todo, si se disfruta la compañía del otro. Esa decisión de renunciar a veces es fácil, otras no tanto, sobre todo, si se disfruta de la soledad. En esos casos, la renuncia quizás no deba ser tan rotunda y se puedan alternar momentos de soledad (tener un lugar propio en la casa, salir con los amigos sin pareja, seguir una serie que al otro no le gusta) con el estar juntos. Algo así como un sístole y diástole que permite la circulación del afecto sin renunciar a ciertos deseos más personales. Más allá de estas negociaciones, tarde o temprano, algún nivel de renuncia ocurre.

«Forjamos nuestra vida en diálogo con lo que ella nos trae, pero si no estamos dispuestos a renunciar a algunas de nuestras pretensiones, más que soñadores somos caprichosos o totalitarios que consideramos que toda renuncia es una herida a nuestra identidad».

A veces, sin embargo, las cosas en la pareja no son tan claras, como cuando alguna situación difícil se hace crónica: los casos en los que se siente una lejanía terminal o una situación de conflicto que no puede resolverse. ¿Cuál es el punto en el cual la renuncia pasa por entender que “todo no se puede” y que hay que tolerar esa realidad, y cuál es el que indica que hay un exceso de renunciamiento malsano? La respuesta no es fácil, y cada situación requiere su propia ponderación.

Suele decirse, con razón, que una cosa es resignarse a la realidad y otra es aceptarla. La resignación paraliza como una rendición, mientras que la aceptación (una renuncia a lo que “debiera ser” para tomar “lo que es”) abre puertas a la continuidad vital.

Me gusta la frase que dice “es mejor lo que existe que lo que debería haber existido”. Cuando no podemos renunciar a “lo que debería haber ocurrido” dejamos de alimentar “lo que ocurre” y nos quedamos “en el medio de ninguna parte”.

“Eso” que ocurre en lo real es el peldaño necesario para seguir el camino. Pero para verlo como tal, es preciso renunciar a la pretensión de que las cosas sean como queremos y dejar de vivir en la queja, sometidos a ese hipercriticismo tan enorme que existe hoy y que se ejerce en nombre de un ideal al que estamos aferrados.

Honrar los valores, el norte de cualquier renuncia

Los deseos genuinos se diferencian de los caprichos porque son inteligentes y se van amoldando a la realidad con la intención de ponerla a jugar para el propio equipo. No pretenden anular la realidad para imponérsele, sino que se vinculan con ella.

Muchos en este punto dirán que no siempre se trata de ideales, sino de valores. Coincido. Los valores son “entidades vivas”, como decía el filósofo Alejandro Rozitchner, y en ese punto habitan cualquier escenario, por complejo que sea. Si honramos los valores, como el amor y sus derivados —la lealtad, la honestidad, la valentía, y otros—, no temeremos renunciar a lo que haya que renunciar, porque sabemos que la verdad del amor se abrirá camino en cualquier escenario.

Hay renunciamientos que pueden doler, pero son realizados en función de un bien superior. Renunciar a tener los hijos cerca, facilitando que busquen un mejor destino laboral en el que se desarrollen y crezcan. Renunciar a abrigarnos con la única manta que tenemos, porque preferimos abrigar a un hijo con ella. Renunciar a una pareja a la que se quiere, para no sucumbir en algún laberinto tóxico que nos propone. Renunciar a ganar mucha plata, porque esa plata no viene acompañada de un trabajo que sintonice con nuestra forma de ser. Si no cultivamos la posibilidad de renunciar a ciertas pretensiones, nuestra calidad de vida se deteriorará de manera creciente.

«Es preciso renunciar a la pretensión de que las cosas sean como queremos y dejar de vivir en la queja»

A todos se nos presenta el dilema de a qué y a cuánto renunciar. No hay fórmula: solo saber que lo bueno o malo viene de la mano del arte de discernir qué queremos realmente, soltando cuando hay que hacerlo, o agarrando fuerte cuando ese sea el deseo más genuino.

Es casi un alivio legitimar la posibilidad de renunciar. Hoy, la enorme presión que muchos sienten por el imperativo de “no perderse nada” genera una ansiedad preocupante. Esa angustia (pariente del FOMO, iniciales en inglés del “temor a perderse algo”) viene de la noción de que renunciar a ciertas cosas es de mediocres y perdedores.

Pero la vida no está hecha para la biografía “perfecta”, sino para la plenitud. Y saber renunciar cuando es oportuno hacerlo, es parte de esa plenitud que surge no por haberlo hecho todo, sino por haber hecho lo que había que hacer, paso a paso, con humildad y sin codicia. Al final de cuentas, vivir sin tantas pretensiones de “lograrlo todo” es lo que hace que las cosas de la vida tengan esa liviandad grata, que no lo desea todo, sino que desea lo que hace bien.

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