Sophia - Despliega el Alma

POR Cristina Miguens - Columnistas

1 julio, 2002

Amor de amigos

El tiempo compartido va tejiendo una amistad. La incondicionalidad la afirma. Todos buscamos sentirnos queridos.


“Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos”, dice Jesús en el Evangelio de San Juan. Y esa frase tan simple y tan corta encierra tanta verdad. Porque no se trata de dar la vida en el sentido de suicidarse, arrojándose a los leones por un amigo. Dar la vida es simplemente dar de nuestro tiempo, que está hecho de minutos, de horas. Tiempo para escuchar su problema o para reírse juntos. Tiempo para acompañarlo al médico, explicarle una materia de la facultad, hacerle un trámite o tenerle la mano en un velorio, cuidarle el bebé o hacerle una torta de cumpleaños. Y este simple proceso de dedicarle tiempo, ese recurso tan escaso y valorado, es el que misteriosamente va tejiendo una amistad. Se cimenta en la acumulación de experiencias compartidas esta vivencia que retumba en nuestra necesidad de incondicionalidad. Sentimos que en los momentos importantes estuvo a nuestro lado.

Y finalmente lo que todos buscamos es sentirnos queridos, sentirnos amados por otros. La palabra amor ha sido devaluada al reservársela casi exclusivamente a la pareja, donde demasiadas veces se confunde amor con pasión. Pero el amor viene en muchos “frasquitos”: padres, hermanos, hijos, abuelos, y todos los que por no tener vínculos sanguíneos llamamos simplemente “amigos”. Pero que a larga son los más. Vienen de cualquier tiempo y lugar de nuestra vida: del colegio, de la facultad, del trabajo, del consorcio, del jardín maternal de los hijos, de la plaza, del barrio o del veraneo, del curso o del club. No importa de cuándo ni de dónde. Algo nos fue llevando suavemente a ese misterio de amor, a compartir nuestras almas con alguien que antes fue un extraño o una extraña. A sentirnos unidos, comprometidos con ese otro, otra. A reconocernos en las afinidades o complementarnos en las diferencias.

En el lapso de tres años, sufrí varias pérdidas afectivas fundamentales. Y en esos momentos de oscuridad, me agarré fuerte de mi fe en Dios. Hoy, veo claramente que Él siempre estuvo conmigo: vino a acompañarme y consolarme “en” mis amigas y amigos, mis hermanos por adopción. El Amor no es otra cosa.

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