Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - Columnistas

13 diciembre, 2016

Esperar del otro

¿De qué manera obran las expectativas ajenas sobre nuestra identidad? ¿Lo que los demás esperan, nos motiva o distorsiona nuestra esencia? Hoy Virginia nos invita a discernir cuándo con nuestras expectativas acompañamos a que ese otro se despliegue... y cuándo no.

“Gracias a los que esperaban algo de mí, porque fueron una motivación para hacer. Y también a los que no esperaban nada de mí, porque hicieron más liviano mi camino”.

Así decía un mensaje que un alumno dejó en mi celular (¡Ovidio, gracias por hacerlo y por permitirme compartirlo!).

¿De qué manera obran las expectativas de los otros sobre nuestra identidad, tanto si esperan algo como si no? ¿Cuándo obran como un combustible para que nos despleguemos, y cuándo como una bolsa con piedras mientras estamos nadando la vida?

Cada tanto me gustar recordar que la palabra “expectativa” tiene, según algunos autores, el mismo origen que “expectorar”: ex (separación del interior, privación) y pectum  (pecho, alma, mente). O sea, poner afuera de nuestro pecho lo que pertenece al adentro. Privarnos de nuestra alma, depositándola externamente. Cuando esto sucede, oficia con frecuencia de filtro distorsionador en nuestra percepción de la realidad. Y si “la realidad” refiere a un otro, el vínculo se irá tejiendo con una alta cuota de proyecciones, muchas de las cuales resultarán una obstrucción que imposibilite ver claramente quién ese ese otro.

Carecer de expectativas sería una meta demasiado alta: somos animales humanos, y nuestro cerebro está diseñado para construir expectativas respecto de las cosas. Sólo que, a diferencia de otros animales, al humano (quizás por su complejidad) le cuesta hacer una de las cosas más difíciles para su psiquismo: desproyectar (es decir, considerar sus proyecciones como tales, desproveyendo de ellas aquello que quedó teñido por su presencia), y ver lo que es (en este caso, ver al otro tal como es, o que el otro nos vea tal como somos).

Hay, no obstante (como lo explicita el mensaje) expectativas que generan en el otro la confianza de la que ese otro quizás aún carece. La expectativa favorable de un profesor puede extraer lo mejor de su alumno, la de un padre o madre sostener el despliegue de los talentos de su hijo. Pero debemos estar atentos a cuándo lo que ponemos ex pectum está presionando al otro hacia lo que lo desviaría del propósito de su propia esencia: cuando un padre forcejea para que su hijo sea de tal o cual profesión, cuando una pareja vive en perpetua decepción porque el otro no es como quisiera (¡y sin embargo sigue junto a ese otro, cosechando amargura tras amargura!).

¿Recuerdan cuando jugaban con muñequitos? Había unos pequeñitos, con diferentes escenarios (la granja, la casa, la oficina…), cada uno con diferentes roles y vestimentas, que cobraban vida a la hora de comportarse según el guion que nuestra imaginación les adjudicase. Pergeñábamos miles de historias, todas disparadoras de intensas emociones. Y los muñequitos no se resistían a nuestras proyecciones, ¡porque estaban animados sólo por ellas! Pero sucede que la gente de carne y hueso no es así. Sin embargo, ¡el mecanismo desde el cual obramos es exactamente el mismo!

Generalmente tardamos muchos años en darnos cuenta de ello, y algunas personas ni siquiera se lo plantean: transitan su vida ofendidas y decepcionadas porque el hijo no eligió la carrera “que era la mejor para él”, o la hija no escogió la pareja “que era la mejor para ella”. En la amistad o la pareja, a veces demoramos demasiado en asentir a esta realidad: que el otro es como es, y no como yo me lo invento. Y que “des-engañarse”, fundamentalmente refiere a que el engaño nos lo hacíamos nosotros mismos, al deformar al otro con nuestras proyecciones.

¿Qué hacer, entonces? La respuesta es sólo una palabra, pero cuya ejecución requiere de una práctica sostenida día a día: discernir. Discernir cuándo con nuestras expectativas estamos acompañando a que el otro se despliegue, y cuándo lo estamos condicionando a ser quien no es; discernir cuánto distorsionamos al otro en nuestros vínculos personales, para entonces constatar su verdadera naturaleza, y allí escoger si reelegirlo para nuestra vida… o deselegirlo.

Y por último: hay un tipo de expectativa que reúne a esos dos puntos divergentes que el mensaje del inicio plantea. En nuestras relaciones de afecto, refiere a expectativas de las más hondas: “Espero que tu esencia se exprese.” (Iba a escribir “y que seas feliz”, pero en verdad recordé cuán pesado me ha sido en mi vida, a veces, que mis seres queridos esperaran que yo fuera feliz y no lo estaba siendo, pero me mortificaba hacérselos saber para no decepcionar esa expectativa).

Quizás, ésta sería una de las más hondas pruebas de Amor. Amor Consciente.

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