Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Hablemos de...

14 octubre, 2012

Aceptación no es resignación


Quizás una de las cosas más difíciles de la vida es aceptar las cosas como son. Aceptar que alguien que queremos tiene una determinada manera de ser que no nos gusta, que nuestro cuerpo es este y no otro más parecido al ideal televisivo; que la gente se maneja con pautas con las que no acordamos; que nuestra situación personal es la que tenemos y no la que quisiéramos tener…

Las cosas son como son. Hay que saber verlas, y cuesta, por miedo, dolor, capricho o ingenuidad. Ilusoriamente queremos que sean otra cosa; pero no, son así, y punto.

La aceptación en la pareja es una de las más difíciles. Cuesta aceptar que la pareja propia tiene aspectos que desagradan y más cuesta aceptar que esas características difícilmente cambien; al menos, no en la dirección en la que uno quisiera.

También cuesta a veces aceptar la forma de ser de los hijos, o la propia. Se plantea una competencia con la realidad, y se dice que no debiera ser así, pero es así… Hay que aceptarlo.

El problema que se genera al decir esto es que de inmediato empezamos a cuestionar la aceptación y la confundimos con la resignación, que es una cosa bien diferente.

Mientras que la resignación es, a todas luces, una claudicación, un punto final respecto de algo, la aceptación, por el contrario, es un punto inicial, un elemento esencial sin el cual no hay porvenir genuino.

El resignado dice: “Basta”, y el aceptante dice: “Bueno… empecemos”.

Es que las cosas son como son y está en el buen arte de vivir descubrir la “semilla de verdad” en ellas, sin pretender milagros ni mutaciones imposibles. Pero sobre esa realidad empieza la tarea de hacer lo que haya que hacer, para una mejor vida.

Cuando una mujer acepta que su pareja es violenta, cuando un hombre acepta que su mujer no lo quiere de verdad, cuando se acepta que un hijo tiene un problema escolar… todas esas aceptaciones apuntan al inicio de un recorrido, no a un punto final.

No aceptar la realidad de las cosas impide solucionar los problemas. Es verdad que da miedo aceptarlas, y es en función de ese miedo al dolor o a la desilusión que a veces se prefiere la negación en nombre de “no rendirse” o “no bajar los brazos”.

Hay quienes tardan mucho en aceptar las cosas como son porque apuestan a que van a cambiar. Temen que si aceptan lo que existe, nunca llegará ese anhelado cambio. Es difícil reconocer que alguien no va a cambiar, y es esperable que haya un tiempo hasta que “caiga la ficha” respecto de la cuestión. Esto se ve con frecuencia en las parejas que están con problemas. “Ya va a cambiar, y empezará a tratarme bien”, dicen, por ejemplo. ¿Cuánto hay que esperar para ofrecer la oportunidad de evolución de una situación así? La respuesta no siempre es fácil, pero hay indicadores que hay que aceptar para que ayuden al mejor pronóstico.

Me viene a la memoria aquella oración que dice: “Dios, dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar; valor para cambiar las cosas que puedo; y sabiduría para reconocer la diferencia”. No por conocida deja de ser una sabia oración que da cuenta de lo que se requiere para alcanzar el discernimiento.

La aceptación duele, pero ofrece oportunidad. Es un piso real sobre el cual caminar, y  ahorra el andar pataleando en el vacío, en un mar de negaciones que dejan a las personas tristes y exhaustas, porque prefieren ver lo que imaginan en lugar de aquello que está frente a sus ojos.

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