Sophia - Despliega el Alma

POR Maritchu Seitún - Columnistas

18 agosto, 2020

Abuelos en cuarentena

Qué lindo sería volver a ver a los nietos sin distancia ni barbijos, para abrazarlos y disfrutar de la vida junto a ellos como antes. Pero, aunque el mundo cambió, también podemos encontrar la manera de acompañarlos y sentirlos cerca.

¡Qué difícil, larga y pesada se nos está haciendo la cuarentena a los adultos mayores! No tenemos un larga vida por delante, por lo que cada día y cada mes que pasa tiene un valor incalculable para nosotros y, por lo tanto, la pérdida es también enorme.

En estos cinco meses no hemos podido tener encuentros con nuestros seres queridos –hijos, nietos, amigos, socios, empleados, hermanos– ni tampoco llevar adelante otras experiencias muy queridas y valiosas para nosotros, como las caminatas al sol, las salidas con amigos, las idas al cine o al teatro, las prácticas deportivas, las cenas en algún restaurante del barrio y tantas otras…

Hace unos años leí una alegoría que comparaba los años de vida con una bolsa de caramelos. Decía que comemos los primeros sin mirar cuántos quedan, sin paladearlos, pero cuando ya no hay tantos en el paquete empezamos a disfrutar de cada uno, eligiendo el momento para comerlos y deleitándonos con su sabor.

La cuarentena no nos permite aprovechar ni disfrutar este año como nos gustaría, y ¡cómo duele!

Por otro lado sabemos que estamos en mayor riesgo que la población general: la pandemia nos fuerza a darnos cuenta del escaso control que tenemos sobre nuestra vida, nos confirma en la incertidumbre y en la impotencia, en nuestra fragilidad, en la posibilidad de un eventual contagio de COVID o de otra enfermedad seria. Incluso nos pone ante la posibilidad de la desaparición física.

Todas esas cuestiones estaban presentes en nuestra vida pre-pandemia y pre-cuarentena, pero intentábamos no verlas y, en la mayoría de los casos, lográbamos no conectar con esas vivencias, salvo alguna dificultad para levantarnos del suelo, o algún dolor de espalda crónico, o esas arrugas que ninguna crema llegaba a borrar… Pero esos “pequeños” signos de la edad se compensaban con nuestra mayor sabiduría y experiencia de vida, con más tiempo libre para disfrutar a los nietos o a los amigos y para hacer alguna actividad que nos gustaba.

La pandemia, los nietos, la vida

Sentíamos el orgullo de ver crecer a nuestra familia, y no hablo solo de la familia biológica, sino también de nuestros muchos otros hijos y nietos, como libros, empresas, logros, sobrinos, ahijados, proyectos, viajes…

Nos encantaba estar presentes en la vida diaria de nuestros nietos.

Tanto recibirlos en casa como ir a visitarlos, incluso cuidarlos en algún momento de la semana para que sus padres pudieran salir a trabajar o tener algún encuentro con sus amigos. Nos daba felicidad hacer algo por nuestra familia. Disfrutábamos poner el amor en acción del mismo modo que nuestros propios padres nos ayudaron a nosotros cuando teníamos hijos chicos, o quizás no, pero tanto nos hubiera gustado que lo hagan.

Hoy nos conformamos, o nos consolamos, con el encuentro en pantalla por Zoom o por WhatsApp.

Así nos seguimos enterando del que perdió un diente, de la que se peleó con el novio, del extraordinario dibujo que hizo otro, o del campamento en el living que armaron entre todos y escuchamos sus cuentos de cuánto se divirtieron. Les leemos cuentos a través de las pantallas, jugamos con los más chiquitos o los miramos jugar, conversamos con los más grandes, que ya se interesan un poco más por charlar con nosotros.

Si tenemos suerte y vivimos en la misma ciudad, quizás los cruzamos con la distancia de rigor en algún parque o en una plaza.

Por eso, hoy nuestra gran tarea es no ofendernos para seguir estando disponibles para nuestros nietos. E insistir cuando sentimos que no se interesan demasiado por nuestro llamado o nuestra convocatoria. Al no estar viéndolos, muchas veces nuestros acercamientos ocurren fuera de tiempo: cuando están mirando la tele o están jugando en la compu, y entonces no tienen ganas de hablar. Lo mismo ocurre con un bebé: a lo mejor, sin darnos cuenta, interrumpimos algo lindo que estaba ocurriendo. Por otro lado, a los más chiquitos no les gusta ni les interesa conversar a la distancia; ellos preferirían que estemos juntos para jugar en su casa y la realidad es que por ahora no podemos hacerlo. Muchos de ellos incluso están ofendidos con nosotros porque dejamos de invitarlos y de visitarlos y no entienden muy bien lo que pasa.

¿Qué hacer en esos casos? Miremos cómo juegan, interesémonos por lo que hacen mientras les dedicamos nuestra atención sin pretender que interactúen o jueguen “a las visitas” con nosotros.

Y busquemos la forma de conservar la sonrisa y el ánimo, cada uno encontrará su fórmula para transitar esta larga cuarentena: haciendo ejercicio, mirando series, leyendo novelas interesantes, cocinando viandas para alguna ONG, resignificando las tareas de la casa, celebrando la salud, haciendo encuentros virtuales con los seres queridos, saliendo a dar una vuelta.

Algo debe quedar claro: hijos, nietos y amigos van a perder las ganas de llamarnos y de interactuar con nosotros si siempre nos quejamos, protestamos o reclamamos. Mejor aprovechemos la alegría que nos puede dejar tener una linda charla con ellos.

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