Sophia - Despliega el Alma

Psicología

14 marzo, 2014

¿Chicos al diván?


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Especialistas, docentes y padres consultados por Sophia señalan que cada vez más los chicos son derivados a terapia psicológica e, incluso, psiquiátrica o neurológica. Frente a esta realidad, como padres nos hacemos preguntas… ¿Qué hacer ante la necesidad de llevar a nuestros hijos a la consulta? Por un lado, tenemos temor o dudas, y, por otro, queremos que crezcan sanos y saludables. Qué hacer cuando nuestro hijo está a punto de llegar al diván. Texto: Carolina Cattaneo.

León es maestro y hace diez años enseña en los grados medios de dos colegios de la Zona Norte del Gran Buenos Aires. Él cuenta que, en las escuelas en las que trabaja, al menos cuatro chicos, en aulas de veinte, son derivados por año a un tratamiento. Agostina, mamá de una niña que asiste a una escuela pública de la Ciudad de Buenos Aires, dice que en el curso de su hija la mitad asiste a alguna terapia. Marcela, psicóloga y psicopedagoga de un importante centro de psicoterapias porteño, asegura que cada vez son más los chicos que llegan a la consulta derivados por las escuelas.

Números aparte, en Sophia nos preguntamos qué sucede y por qué, a diferencia de un pasado reciente, padres y maestros recurrimos más a la terapia infantil y juvenil para resolver los problemas de los chicos. ¿Las escuelas y las familias buscan soluciones a problemas que creen que son de los chicos y solo de ellos? ¿Tendemos cada vez más a creer que nuestros hijos o nuestros alumnos saldrán de las sesiones más calmados, menos caprichosos, más concentrados, menos rebeldes o, sencillamente, más felices? ¿Debemos hacernos preguntas sobre nuestro quehacer como padres?

“Hay una tendencia a derivar a salud mental a los niños, adolescentes y jóvenes, y no es solo de las escuelas, sino también de las familias. Hay una creencia de que el conflicto que se da entre los más chicos, o entre estos y los adultos, es un tema para ser tratado por psicólogos o psicólogas; y de esta manera se descree en la capacidad de los adultos para poder resolverlos. Esto es un verdadero problema, porque se pierde la concepción relacional del conflicto”, dice Marina Lerner, desde su experiencia como psicóloga y profesora.

Gabriela Dueñas es doctora en Psicología y además integra Forum Infancias, un equipo interdisciplinario que investiga, difunde y realiza acciones para resistir el “avance  de la patologización y medicalización de las infancias y adolescencias actuales”. Desde esa perspectiva, afirma: “Resulta preocupante el incremento de niños y adolescentes que llegan a consulta derivados por las escuelas a las que concurren, ‘bajo sospecha’ de sus docentes de que padecerían trastornos o deficiencias neurocognitivas que requerirían tratamientos a cargo de especialistas del campo de la salud mental”. Ella también señala que, incluso, cambió el tipo de derivaciones y que ahora las escuelas mandan a los chicos directamente al neurólogo, muchas veces “prediagnosticados”.

“¿Hago bien en someter a mi hijo a esto?”; “¿No es muy pequeño para empezar terapia?”. Dudas como estas se nos pueden presentar cuando nos llama la maestra, el pediatra, el entrenador o simplemente alguien cercano a la familia y nos dice que nuestro hijo necesita un terapeuta. Ahora, ¿cómo nos damos cuenta de si lo que nos propone, en efecto, vale la pena? ¿De que realmente hay un problema? Una respuesta sería pensar que, ante la duda, conviene hacer una consulta. Que si el maestro siente que la situación se le va de las manos está bien que pida ayuda. O que si nosotros, como padres, no creemos tener las herramientas necesarias para resolver la situación de nuestro hijo, recurramos a una entrevista con un especialista. Si la inquietud llega desde la escuela, vale la pena no desoírla porque, como dice León, el colegio es un lugar de privilegio para detectar cuestiones emocionales o dificultades de aprendizaje de los chicos, porque allí pasan muchas horas, interactúan con sus pares y con adultos ajenos a su familia.

¿Cambiaron las aulas? ¿Cambiaron los niños? ¿Cambiaron las corrientes terapéuticas? ¿Cambiaron las familias? En mayor o menor medida, todo eso ocurrió. Y mezclado en una coctelera, pudo haber dado como resultado que más chicos arribaran a los consultorios psicológicos. “La situación escolar se ha modificado en los últimos años. Los cambios sociales y económicos también provocaron modificaciones en las familias: más horas de trabajo, padres menos presentes en casa, otras personas a cargo de los chicos, problemas económicos. La escuela comenzó a cumplir funciones que antes eran exclusivas de la familia; además, las nuevas corrientes pedagógicas han contribuido a que la escuela dé respuesta a necesidades educativas que antes excluía y que ahora requieren un abordaje integral. Esto es una descripción que daría para un largo desarrollo desde diferentes puntos de vista, pero considero que, más allá de las causas, lo importante es comprender que las soluciones tienen que surgir del trabajo integrado de la escuela y la familia y es allí donde se incluyen los profesionales”, opina María Alejandra Rodríguez, psicóloga y coordinadora del Equipo de Orientación a Padres del Centro Privado de Psicoterapias.

Una mirada hacia dentro de la escuela y de la familia

El aumento de las derivaciones y su consecuente llegada a los consultorios tiene para León una explicación posible: “Para los chicos que antes llegaban a la psicopedagoga con el mote de ‘burros’ o ‘vagos’, y que lo pasaban mal, ahora hay una cuestión detrás que tiene nombre, como ‘dislexia’ o ‘discalculia’. Hay más concientización sobre estos asuntos. Se encontraron razones y tratamientos, y se avanzó en los acompañamientos”. También, dice, la escuela de hoy recibe a “chicos nuevos”, a alumnos que traen de sus casas conocimientos que antes no traían –que obtienen, por ejemplo, de Internet o la TV–, con nuevas inquietudes, nuevos estímulos, y procedentes de nuevas estructuras familiares.

Echar una mirada hacia dentro de la escuela, sin levantar el dedo acusador, es lo que propone Marina Lerner: “El comportamiento del niño o el adolescente en la escuela es el resultado de una tensión entre lo propio de ese niño o adolescente y las condiciones institucionales de la escuela. No es responsabilidad de una docente sola, sino de una trama de relaciones en la que interactúan un equipo de conducción, docentes, familias y alumnos”, dice la especialista.

Echar una mirada hacia adentro de la familia, de nuevo, sin levantar el dedo acusador, es su otra propuesta. “Lo que le pasa al chico también hay que pensarlo en una red de vínculos familiares. Su conducta es un emergente de una trama de relaciones en la que está inmerso, dentro de un contexto. ¿Por qué los padres mandan a terapia a los chicos? Porque creen que es un problema del chico, en vez de pensar que lo que expresa es en función de una red de relaciones”. Lerner sugiere que, si miramos lo que le pasa a nuestro hijo de una manera recortada, si pensamos que responde solo a una característica suya y no miramos hacia dentro del grupo familiar, perdemos la posibilidad de pensar en su singularidad y en las variables del contexto que permiten que se dé determinado comportamiento.

“El discurso psicológico que surge alrededor de la década del 50 sobre cómo criar un hijo empezó a mostrar y a cuestionar el vínculo intergeneracional entre un adulto y un chico, donde se plantearon la necesidad del afecto, del cuidado y el corrimiento de la crueldad. Esto generó términos nuevos en el lenguaje común, como ‘trauma’ y ‘frustración’. A veces, esos términos se usan en el sentido común y no en el específico de la psicología, y esto llevó a un cuestionamiento del saber hacer del adulto. Si el adulto sabía que pegándole un grito a un chico, el chico se calmaba, y vino un psicólogo y le dijo que era importante tratar al chico con ternura, con afecto, que no había que gritarle ni pegarle, ese adulto empezó a cuestionar todo ese saber hacer que tenía como acervo cultural”. Esto, según Lerner, derivó en adultos culposos y sin respuestas. “Quedaron suspendidos en un vacío frente a la pregunta ‘¿Qué hago? Porque si le grito, lo traumo’. Ante esto, muchos padres padecen angustia. En esa angustia hay un desplazamiento del rol del adulto que no sabe qué hacer. Entonces, ¿quién es el que sabe? El psicólogo. Ahí puede darse cierto corrimiento de la responsabilidad, porque educar a un chico implica construcción de límites, escucha, tiempo, dedicación, presencia”.

Lerner señala otras dos cuestiones asociadas con la relación entre los adultos y los chicos. Por un lado, dice que la valorización de la juventud que impera en nuestros tiempos provoca que cada vez más nos cueste asumir nuestro rol de adultos y actuar en consecuencia con nuestros niños. Por el otro, apunta que existe confusión entre autoridad y autoritarismo. “El adulto es autoridad, es una asimetría en relación con el chico, y a veces autoridad se confunde con autoritarismo, y nadie quiere ocupar ese lugar. Autoridad implica orientar al otro. Ahí hay que trabajar para asumir ese rol. Es decir, si un niño de 2 años mete los dedos en el enchufe, gritarle no está mal. Si no hay adultos que asuman su lugar, el chico se ubicará en una posición de simetría con el adulto y se quedará sin referente”. Ante esto, su sugerencia es que, como padres, podemos hacernos estas preguntas: ‘¿Qué buscamos cuando les pedimos o les exigimos algo a nuestros hijos?’ o ‘¿Cuál es la motivación que subyace a nuestras exigencias?’. Se trata de poder ser honestos con nosotros mismos”, concluye Lerner.

Entre todos podemos

Si hay algo en lo que convergen los especialistas consultados es que, ante la dificultad de un niño, el trabajo para ayudarlo debe ser conjunto. “Ni solo los padres, ni solo la escuela, ni solo el niño con el profesional en el consultorio lograrán la resolución. Pensar que el niño solo en el consultorio es la respuesta implica poner todas las expectativas y responsabilidad en él. Los padres son las personas significativas de mayor influencia, pero muchas veces no encuentran la manera adecuada de ayudarlo. Los docentes, aun con las mejores intenciones y compromiso, no cuentan con los recursos para resolver situaciones que requieren un abordaje profesional. El psicólogo o psicopedagogo que atiende en su consultorio al niño y observa su evolución en el tratamiento necesitará que en casa y en la escuela también se lleven a cabo ciertas estrategias para que el cambio se evidencie fuera del consultorio. Es un trabajo conjunto donde el profesional, luego de evaluar cuál es la dificultad, el punto de vista de cada uno de los actores y qué están dispuestos a hacer, puede orientar a desarrollar estrategias más exitosas para encararlo y que puedan sostenerse en el tiempo”. 

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