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Artes

14 octubre, 2014 | Por

Chango Spasiuk: “Unir no significa unificar, sino respetarnos”

Además de mates, el Chango Spasiuk convida recuerdos de su infancia en Misiones y de su llegada a Buenos Aires con la vocación de tocar a las personas a través del acordeón. Un alto en el camino de este artista que decidió ir a su ritmo y bajarse en cada estación de la Argentina.


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Escuchá: son sonidos de la selva misionera y silencios de siesta; algarabía de fiesta en el campo, lluvia, recuerdos de los pagos, hambre por descubrir horizontes nuevos. Hay mucho más que melodías en la música del Chango Spasiuk (45), el extraño de pelo largo del chamamé que supo hacer camino al andar hasta llegar, tranquilo, paso a paso, al recinto de los consagrados. Ahí, en el coloso, presentó Tierra colorada en el Teatro Colón. El espectáculo (o más bien ese encuentro siempre íntimo del artista con su público) dio lugar a un disco en vivo más un DVD que acaba de salir a la luz, y en él que se puede ver al Chango otra vez, muchas veces, como en aquel mágico, misterioso, momento: conmovido hasta lo más hondo de su alma sobre el escenario.

Ahora, en su propia casa, sonríe de solo acordarse. “Qué locura –dice, y se agarra la cabeza–. Llevar Tierra Colorada… al Colón era un sueño. Yo me preguntaba si iba a llegar alguna vez. No tanto como reconocimiento, sino como un anhelo y un desafío. Fue un concierto muy bello y por suerte pudimos registrarlo”, agrega convirtiendo cada erre en una ye, esa marca registrada de sus orígenes misioneros. Y convida un mate antes de largarse a hablar de todo eso que lo ha traído para tocar música y así tocar el alma de la gente.

Entonces dice que tuvo su primer acordeón a los 12 años, después de pedírselo sin tregua a su papá. “Ahora hace treinta y tantos años que lo toco y no me he cansado. Es como si se le preguntara a alguien si está cansado de respirar. Para mí el acordeón es la música y la música es la vida”, define Horacio, bautizado “Chango” por ser el menor de los seis hijos de doña Eugenia y don Lucas, ambos descendientes de inmigrantes ucranianos. Su papá, carpintero y músico aficionado (tocaba el violín en los casamientos de Apóstoles, su pueblo natal), le transmitió no solo la pasión, sino la responsabilidad de ser músico. “Empecé a tocar con él y lo que ganaba iba a la bolsa comunitaria de mi casa”, cuenta. Del mismo modo, en su programa Pequeños universos (Encuentro) recorre cada rincón del país y presta oídos a aquellos que también decidieron que la música valga la pena.

Al Colón ida y vuelta

“Uno no sabe por qué, pero a veces las cosas llegan… El Colón podría haber llegado antes, es cierto, pero yo no habría estado preparado. ¿Qué es eso, tan arraigado en nuestra sociedad, de pedir resultados inmediatos? Hay gente que recién después de treinta años de tocar encuentra un sonido maduro, porque nada es de un día para el otro y eso lo enseñan la vida y la naturaleza. Tiempo atrás me quejaba, a veces me parecía injusto, pero estuvo bien. Después de tantas idas y vueltas he llegado a un lenguaje, a una construcción. He logrado un cierto respeto y una complicidad: han sido muchos años de prueba y de muchos errores, por suerte”.

Caminos que se bifurcan

“Nunca pensé en salirme del acordeón ni del chamamé. Sí tuve influencia del rock. Cuando toqué con Divididos, todo ese volumen me pasó por encima. Y alguna vez quise emularlo… Pero lleva tiempo comprender que aquello que nos impacta no es el volumen, sino las ideas. Cuando escucho Bach está esa fuerza y no hay ‘aplanadora del rock’. En la voz de Yupanqui, en la de Cortázar leyendo sus cuentos… ¿Cómo no querer probar, buscarse? Incluso hoy me pregunto en qué dirección ir. Me ven como alguien muy serio. ¡Debería hacer un disco de baile! Me conmueve ver parejas jóvenes bailando chamamé”.

Decir con sonidos

“Uno vive atravesado por las circunstancias y no siempre quiere decir las mismas cosas. Hoy siento interés por crear un espacio de reflexión colectiva. De conectar al hombre y su sensibilidad, de crear lazos humanos. En la música las diferencias entre los seres se derrumban y hoy lo que más me interesa es achicar ese abismo para que aquello que compongo sea una herramienta que nos permita ir juntos más allá”.

De tierra adentro

“Hace poco, en la localidad de Valle María, un pequeño pueblo en Entre Ríos, sentí que el público era el menos indicado para dar un concierto, porque en una celebración de pueblo el clima sería más bien eufórico. Sin embargo, el concierto fue finísimo, con gente silenciosa y enfocada. Entonces, me dije que era una maravilla cómo esos parroquianos, en su mayoría agricultores, habían borrado de un plumazo mi pequeño prejuicio. La sensibilidad es hermosa y me encanta encontrarla donde voy: a un show al aire libre o a una doma voy con la premisa de que la música no es solo entretenimiento sino un lenguaje universal. No importa si sos joven, viejo, de la ciudad o del campo, porque no se trata de saber, sino de tener hambre. Yo busco llegar al hombre”.

Hambre de hacer

“Cuando llegué a Buenos Aires, en 1988, el hambre físico no era una metáfora. Pero sentía que el mundo me estaba llamando. Hay gente que ha encontrado todo lo que necesita en el patio de su casa y es una suerte. Pero cuando estuve ahí, yo caminaba en círculos. En mí conviven esos dos: ‘Tira el alma para adelante y tira el caballo para atrás’, decía don Atahualpa. Y es más grande la energía de ir hacia adelante. El hambre es, antes que nada, existencial: hay preguntas que te ponen en movimiento. Mi crisis fue después de empezar a cursar Antropología: las discusiones políticas, los melómanos con sus discos y yo, que ni idea tenía de que el mundo era tan amplio”.

La paz y la calle

“Lo importante es crear vínculos constructivos. Me siento en el escenario para dar un alimento sutil. Pero creerse el personaje del músico ubicado en un limbo creativo sería bravísimo, insoportable. Por suerte la cotidianidad te ubica enseguida y siempre hay que ir al supermercado, a la AFIP…”.

Ponernos en valor

“Los noventa fueron tristes en cuanto a valorar nuestras raíces. Ahora se ha vuelto a poner sobre la mesa esa diversidad de contenidos que nos caracteriza. A pesar del momento político que pasa la Argentina y de la discusión sobre corrupción y problemas económicos, no podemos dejar de reconocer que, como sociedad, hemos revalorizado lo nuestro, aunque nos falta profundizar. El debate es bueno y nos da una gran responsabilidad de encontrarnos con lo otro, integrar lo distinto. La ignorancia cava abismos; por eso, unir no significa unificar, sino respetarnos. Es lo que quiero con mi música: una pequeña acción para llegar al otro sin negar su verdad”.

Detrás de la sonrisa

“Me río cuando toco porque es jugar; largar al chico al pelotero. Es el momento esperado durante horas y horas de trabajo a lo largo de días, meses, años… ¿Cómo no voy a sonreír? Nada puede ser mejor y trato de que tenga efecto retardado: sigo recordando esa sensación física, ese estado de serenidad y de silencio interior, para volver ahí siempre que puedo”.

Rescatar lo esencial

“Y en definitiva yo diría que mis pequeños triunfos son, por ejemplo, subirme al 71 y que el chofer me diga que le gustó mi programa sobre el canto colectivo de los galeses en Gaiman, Chubut. Porque si yo creía que un canal cultural era para intelectuales, me encuentro con la grata sorpresa de que la cultura es del que quiere y no del que sabe. Viajo tranquilo, entonces, la gente es buena conmigo, aunque de tanto en tanto aparece uno que me pide que nos saquemos una selfie en medio del subte lleno y no me da. Pero trato de ser la mejor persona que puedo y de trasladar eso a la música… no hay más que eso.  ¿Te puedo invitar con otro mate?”.

ETIQUETAS música

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