4 de abril de 2025
Catherine Larrère es una filósofa francesa especializada en ética medioambiental. En su libro, Ecofeminismo (La Marca Editora, 2024) presenta el fenómeno de los activismos que en diferentes partes del mundo conectan las reivindicaciones feministas con la protección de la naturaleza. El fenómeno no es nuevo. Líderes como la física india Vandana Shiva o la bióloga keniana Wangari Muta Maathai han sido exponentes del llamado ecofeminismo, palabra que comenzó a circular con mayor visibilidad en Estados Unidos en 1980, a partir de una marcha de más de 2000 mujeres frente al Pentágono, en Washington, en contra del uso civil y militar de la energía nuclear.
El protagonismo de las mujeres en las causas a favor del cuidado ambiental, a la vez que por sus derechos, no es casual. Como explica Larrère, muchas veces las mujeres y sus familias son las primeras víctimas de estos desastres y sus hogares, los que resultan más afectados. En su diversidad de expresiones, los movimientos ecofeministas poseen un punto central en común: la idea de que existe una doble opresión que afecta tanto a las mujeres como a la naturaleza, y que la liberación de una va de la mano con la protección de la otra. Algunos, conectan la reflexión feminista y medioambiental con búsquedas espirituales.
Después de muchos años de dedicarse a la docencia en la Universidad Panthéon-Sorbonne, Catherine Larrère se encuentra retirada y abocada a la investigación, escritura de ensayos, artículos y libros, y la colaboración con sus estudiantes y colegas. En un intercambio con Sophia por correo electrónico, desde su hogar en París, cuenta que vive sola por primera vez en muchos años. Recientemente, falleció su marido Raphael Larrère, ingeniero forestal, con quien compartió su vida desde 1968 y con quien escribió varios libros en colaboración. “Ecofeminismo lo escribí sola, pero lo discutimos mucho. Él lo leyó y comentó mientras lo escribía”, explica. En estas especiales circunstancias de su vida, la filósofa respondió a las preguntas de Sophia:
—¿Cómo llegó a interesarse por las cuestiones medioambientales proviniendo del mundo de la filosofía y la docencia universitaria?
—En 1992 me invitaron a una conferencia sobre ética medioambiental que se celebraba en Porto Alegre, en el sur de Brasil, en relación con la Cumbre de la Tierra que iba a celebrarse en Río de Janeiro ese año. Yo no era en absoluto una especialista en el tema, pero en mi intervención presenté Le Contrat naturel, un libro del filósofo francés Michel Serre. En esa conferencia, conocí a los grandes especialistas, muchas conversaciones y comencé a interesarme por la visión de que los seres humanos tenemos deberes morales hacia la naturaleza, de que la naturaleza puede tener derechos y merece ser respetada. De regreso en Francia, comencé a investigar en esta ética medioambiental; al mismo tiempo, empecé a trabajar con mi marido, que era ingeniero agrónomo y ya se dedicaba a la ecología (científica) y a la protección de la naturaleza.

—¿Dónde pasó su infancia? ¿Recuerda algún interés en su juventud relacionado con el medio ambiente?
—Tuve una infancia más bien urbana, pero viví en La Rochelle, una ciudad junto al mar, y esta proximidad ejerció una fuerte influencia en mí: desde muy pequeña estaba convencida de que eran los océanos los que unían el mundo. Aunque mi enfoque de las cuestiones ecológicas ha sido más bien intelectual, eso no me impide estar verdaderamente comprometida. Ser filósofa significa no dudar en cuestionar lo obvio. Al pensar en la ética medioambiental, cuestioné la idea de que el hombre y la naturaleza forman parte de dos realidades distintas, que son externas la una a la otra. El ser humano no es exterior a la naturaleza, forma parte de ella. No necesito estar frente a un vasto páramo vacío para darme cuenta de la importancia de la naturaleza: una brizna de hierba que crece entre los adoquines me conmueve, ya que da testimonio de la vitalidad, la resistencia y la ubicuidad de la naturaleza.
—En su libro plantea que desde 2015 hubo un resurgimiento del ecofeminismo a partir de la inquietud por la crisis climática, ¿en qué estado se encuentra hoy el ecofeminismo?
—En el verano de 2015, antes de la COP 21, que debía celebrarse en Le Bourget, Francia, para acordar una política común de lucha contra el cambio climático, se celebraron numerosas manifestaciones en todo el mundo, sobre todo en las grandes ciudades de Berlín a Nueva York, de Sidney a Ciudad de México y Madrid. Las mujeres salieron en masa, y varias de ellas se unieron bajo banderas ecofeministas. Lo que las unió no fue tanto una ansiedad compartida como el deseo de luchar juntas por obligar a los gobiernos a actuar. El ecofeminismo une a las mujeres de tal manera que se sienten más poderosas, más inclinadas a actuar. Es una respuesta al miedo. Son manifestaciones preocupadas tanto por la amenaza de los fenómenos extremos (inundaciones, sequías, incendios incontrolables….) como por la incapacidad de los gobiernos para tomar medidas.
—En su libro afirma que muchos movimientos ecofeministas tienen una fuerte dimensión espiritual. ¿Cuál es su vínculo con la espiritualidad?
—Es cierto y la dimensión espiritual es relevante. Personalmente, soy demasiado francesa y estoy demasiado marcada por una cultura laica para sentirme atraída por esta búsqueda de espiritualidad, pero la veo y la comprendo. A la marcha en Washington de 1980 asistieron mujeres del Wicca, un movimiento religioso que afirma basarse en la brujería, así como diversas representantes de movimientos neopaganos que rinden culto a la Gran Diosa. También se puede encontrar una dimensión espiritual cristiana en muchos movimientos ecofeministas de Sudamérica, que están bastante próximos a la Teología de la liberación. Afirmar la espiritualidad es una forma de buscar una nueva relación con la naturaleza, para distanciarse del materialismo agresivo del productivismo industrial y del extractivismo. La activista Starhawk, portavoz de Wicca, se dio a conocer promoviendo esta nueva espiritualidad basada en la Tierra, a través de ceremonias, rituales, poesía, un nuevo lenguaje, una nueva forma de encontrarse en la naturaleza.

—¿Qué les diría a aquellas personas que no pertenecen ni al ámbito científico ni al académico? ¿Cómo podemos actuar frente a la preocupación por el planeta?
—Si no fuera porque los científicos dan la voz de alarma y estudian conjuntamente la situación mundial, no tendríamos ni idea de lo que llamamos crisis ecológica. Fenómenos como la acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera y el cambio climático, la desaparición acelerada de muchas especies animales y vegetales y las amenazas a la biodiversidad, los daños al ciclo del agua, entre tantos otros, nos serían desconocidos. Estaríamos sufriendo las consecuencias de fenómenos que no entenderíamos y que no podríamos cambiar. Sin embargo, la ecología no es sólo cosa de la ciencia y los científicos, que se dirigen únicamente a los políticos, los únicos que están en condiciones de tomar decisiones. La ecología es cosa de todos, porque todos vivimos en un entorno, y son nuestras prácticas las que modifican ese entorno de una forma u otra. Nosotros hacemos nuestro medio ambiente, y somos nosotros quienes podemos defenderlo. Por eso el ecofeminismo, como movilización de las mujeres en torno a cuestiones ecológicas, es ejemplar: las mujeres que se reúnen para luchar contra las actividades contaminantes, o contra la deforestación, o, más en general, para defender su entorno vital y experimentar nuevas formas de vida, son mujeres corrientes, no más expertas que otras. Las académicas, como yo, vienen después a dar a conocer sus acciones y a reflexionar sobre los temas tratados.
—Actualmente existe un “backlash”, una reacción contra el feminismo en muchos lugares del mundo. ¿Cómo podemos conseguir que los hombres se impliquen en la defensa del entorno natural y del planeta?
—No sólo hay una especie de reacción contra el feminismo, también contra la ecología. Y a menudo son los mismos que atacan a las mujeres y no se preocupan en absoluto por la naturaleza. La ideología masculinista y virilista de alguien como Trump justifica tanto las agresiones sexuales a las mujeres como la reducción de la naturaleza a un conjunto de recursos de los que apoderarse violentamente. “Perforar, perforar, perforar”, lema de Trump para seguir explotando los recursos fósiles. El ecofeminismo denuncia este estrecho vínculo entre la dominación de las mujeres (patriarcado) y la explotación de la naturaleza (productivismo capitalista). La idea es que ambas luchas están vinculadas: sería absurdo que las mujeres quisieran liberarse siguiendo explotando la naturaleza. Por otro lado, hay una forma más “soft”, pero que también debe alertarnos: es pensar que las mujeres están más inclinadas que los hombres a proteger la naturaleza, y que pueden hacerlo mejor. En otras palabras, los hombres producen y hacen daño, y las mujeres se ocupan de barrer su suciedad. Es precisamente este tipo de reparto de papeles entre los sexos lo que el ecofeminismo, al igual que el feminismo, pone en tela de juicio, ya que no es “por naturaleza” que las mujeres se inclinan por mantener la vida y el entorno vital. No hay razón para que los hombres no se unan a las mujeres en la recomposición de su relación con la naturaleza.
—En este presente tan complejo, ¿tiene esperanza por el futuro del planeta?
—El actual retroceso, no sólo en Estados Unidos, sino en Europa y en el resto del mundo, de las políticas públicas ecológicas para combatir el calentamiento global y hacer la transición ecológica hacia un sistema productivo diferente —podríamos hablar incluso de un verdadero colapso de estas políticas públicas— demuestra que no podemos delegar las tareas ecológicas en los gobiernos y las administraciones. Son las iniciativas ciudadanas y la acción colectiva para cambiar prácticas y modos de vida las que inspiran confianza en el futuro. Afortunadamente, hay muchas, en todas partes. Por eso es tan importante el ecofeminismo, como movimiento de mujeres en los frentes ecológicos: estas acciones no consisten en hacerse con el poder para ocupar el lugar de quienes actualmente lo ostentan, sino en cambiar la vida ahora, y lo están consiguiendo.
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