Quiero compartirles un viaje especial que emprendí en busca de un paraíso.
Es un lugar que conozco (ya fui en años anteriores). Amo sus playas cristalinas y tranquilas, su calor suave y su entorno caribeño.
Creo que los lugares son tan bellos como podemos verlos, según el momento que vivimos.
Me tocó está vez estar atravesando una profunda tristeza, un momento bisagra en mi vida. De esas duras épocas de amargura y dolor. No obstante hice el viaje (ya estaba programado) creyendo que me ayudaría. Al principio veía todo gris, exento de magia y color (tan distinto a mi recuerdo de allí).
Poco a poco, con esfuerzo empecé a pintar cada rincón con los colores que recordaba, apelé a mi memoria, traté de hacerlo mío.
En cada espacio, trataba de sentir gratitud por estar ahí, en ese escenario privilegiado.
Y esa fue la clave que abrió la puerta de ese viaje que cambió mi sentir y mi estar.
Dar gracias al Universo por haber creado esa maravilla, a mis pies por estar transitando sus entrañas.
A mi aliento, que me mantenía a pesar de todo viva para superar esa etapa de mi vida.
Los días pasaban y el agradecimiento genuino, profundo (de cada pequeña cosa) trajo otras bendiciones.
Amigos, gente dispuesta a escucharme, a abrirme su corazón y ser dulce compañía.
Creo que a la vuelta, las mejores fotos son las que no saqué, las que guardé en mi corazón. Agradeciendo que la vida es impredecible. Que nada es definitivo, y que la gratitud es un imán enorme atrayendo experiencias y personas nuevas y buenas, regalos en compensación, oportunidades, nuevos caminos.
Mabel Castillo.
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