Sophia - Despliega el Alma

21 septiembre, 2022

Recuerdos de la niñez


¿Qué me gusta del mundo de la niñez?
Recordarme en México, en la casa de Guadalajara, donde mi habitación y mi mundo temían todo el año a la temperatura de la primavera.
Azahares en los árboles, mis patines y mi primera vuelta en bicicleta, que me costó raspones en rodillas y manos.
Las salidas con mi abuela y Solovino, mi perro de pelo rubio, grande como un caballo, que me paseaba por toda la vereda.
Con mi abuela cortábamos gajos de plantas para hacer nuevos hijitos y entre esas plantas quería llevarme un árbol de gomero.
Parece imposible, pero me aferré a ese árbol.
Recuerdo a mi hermano en bicicleta y las tardes de playa en la pileta y en la arena de Acapulco.
Recuerdo todo tan nítido, como así también mi llegada a la Argentina.
Viajé en avión vestida con una enagua de flores, anteojos y cartera… ¡¡¡tenía 5 años!!!
Llegué a Campana, a mi nueva casa, a mi nueva vida
Mi papá había dejado de jugar al fútbol y compró un terreno y puso una parrilla restaurante.
Su fama lo ayudó y mi mamá dejó su “monarquía” para pasar a trabajar una jornada de ocho a doce horas.
Fueron tiempos muy difíciles; con mi hermano empezamos a quedar solos: nuestros padres trabajaban todo el día. Y así comenzó la etapa del terror, porque fueron los años en los que sufrí abuso.
El hermano de mi madre aprovechó esos espacios de tiempo para romperme el alma en mil pedazos. Así comencé a sufrir el terror.
Terror que me persigue hasta estos días; es tan difícil reconstruir del sufrimiento a un adulto… Es preferible, siempre, permitir infancias sanas, llenas de amor y cuidados.
En ese tiempo empecé a ganar peso, a sentir desasosiego y crisis de ausencia. A mis crisis de epilepsia las llamaron “el pequeño mal”.
Milagrosamente, se fueron a mis doce años, tiempo en que nos mudamos de la casa del terror a una nueva vida, a un nuevo hogar. Lugar donde el perpetrador ya no podía seguir con sus abusos.
Más tarde fui mamá y tuve un varón, mi amado Tomy.
Con él aprendí lo que es perder el miedo y ayudarlo a prevenir el abuso sexual infantil (AIS).
Gracias a él me contacté con mi pasado y pude empezar a reconstruir mi alma. Entendí que debía sanar a las generaciones familiares, volver a las raíces y encender la llama amorosa de la conexión con la vida.
No podemos vivir en el enojo y el resentimiento: sanar a la generación permite que nuestra descendencia se desarrolle sin esa herida.
Y aunque me costó mucho tiempo, pude entenderme, comprenderme, escucharme.
Esa experiencia me permitió tener otra perspectiva y elegir mis relaciones, como así también las personas que quiero tener a mi lado.
Y lo que no me genera paz, lo suelto. Y sigo mi camino.
Aprendí a no juzgar, a llevar poco equipaje.
Aprendí a amarme a mí misma y a elegirme a cada paso.
Nadie tiene la culpa de nada, todo es por un motivo mucho mayor, trascendente.
Tomo mi experiencia de vida para comprender y atender también a la generación en la cual me desarrollé.
Y como profesional de la salud, muchas veces puedo comprender un poco más el trasfondo de la presentación de las enfermedades.
Encontré que todo lo malo que nos sucede nos fortalece y nos permite resignificarnos continuamente.
Al final del día celebro estar viva y agradezco un día más de amor y una vida plena.
Llena de luz, llena del amor de mi amado Tomás. ¡¡¡Un hijo tan bello, tan sensible y alegre!!!
Agradezco mi presente, es un regalo, un pedacito de cielo en la tierra.
Agradezco poder ser resiliente y también perdonarme por no ser perfecta, ni una superwoman.
Y muchas veces, me reencuentro en el taller de pintura con esa niña feliz que regresó de México a los 5 años.

Con amor,
Maximina Lamelza




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