Sophia - Despliega el Alma

24 noviembre, 2021

Nuestros niños y adolescentes


Hoy, nuestros niños y adolescentes tienen el cansancio de recibir diálogos vacíos, con palabras convenientes para el emisor, percibiendo que no hay compromiso, no hay amor, no dan un rumbo.
El arco de la cancha de sus vidas se corrió de lugar y las líneas se han desdibujado.
¿Postpandemia?
Viendo la impunidad que los rodea prueban seguir saliendo de las normas y no encuentran fácilmente adultos que no se comporten como adolescentes, que les indiquen aunque sea que por ahí no, que no es la manera, que es por su propio bien, no por la conveniencia del entorno, no porque molesten.
Encuentran el gesto acusador que los lleva a dar vuelta la situación y acusar a quien los señala. Se pierde la oportunidad de aprender, de crecer de manera contenida y saludable.
Pero claro, esa actitud la han copiado de “los adultos”, donde está permitida la agresión, los embates, las faltas de respeto como únicas formas de canalizar el enojo y la frustración.
Entonces les pedimos empatía, cuando los asusta socializar, les pedimos que piensen en el otro cuando vieron que los propios adultos no lo hicieron, cuando no se cuidaron para “cuidar”, cuando lo buenos se volvieron más buenos y los egoístas más egoístas, y así continuar dando los mismos mensajes contradictorios de siempre.
Necesitan certezas, necesitan amor, necesitan rumbo… Nos escuchan decir y decir que no hay futuro cuando tienen el futuro en sus manos y no les damos herramientas para planificarlo. Entonces actúan a corto plazo, viven sin control el aquí y ahora, pidiendo así que alguien los contenga, les ponga límites saludables y los acompañe a planear la vida que tienen por delante. Porque pueden y deben proyectarse, tener sueños, vocaciones y objetivos, sabiendo que no están solos, que va a requerir esfuerzos y renuncias, pero que estaremos ahí sosteniendo su mano, hasta que sólo la suelten sin darse cuenta porque ya pueden avanzar con su propia historia.
No les causemos más decepción, más soledad, más temor. Ejerzamos nuestra profesión, la que elegimos, con la mayor dignidad y compromiso, donde la escuela no sea el reflejo del afuera, sino el lugar donde continuar educando (en todos los ámbitos) y formando ciudadanos de bien.
Que nuestros niños y adolescentes se sientan mirados, queridos y respetados. Y estaremos bien.

Claudia Quetglas




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