Sophia - Despliega el Alma

6 julio, 2021

Mi travesía interior más reveladora


Fue en 1986 cuando, viviendo todavía en Buenos Aires, un amigo, Mario –en ese entonces seminarista– me había propuesto pasar unos días en un monasterio de clausura. Despierto por la intriga y empujado por el conocimiento, había decidido aceptar de buenas a primeras. Tenía veinte años y en ese entonces trabajaba como empleado ayudando a un contador y estudiaba teatro en la Escuela Nacional de Arte Dramático. Unos días de descanso me harían bien…

Si bien había recibido una educación salesiana, cuestionaba las enseñanzas de la Iglesia (¡aunque no me oponía!) y me hacía muchas preguntas sobre el mundo del espíritu, que quizás eran más sobre la vida misma, ¿no?

Así fue que en septiembre de ese año me fui a pasar cuatro días a un monasterio trapense ubicado en una localidad de la provincia de Buenos Aires. Recuerdo cómo me impactó, mientras estaba cenando la primera noche (había llegado tarde y tuve que hacerlo solo), la mirada pacífica acompañada por la tenue sonrisa amable de un monje que me saludó mientras acomodaba un utensilio en la cocina.

Si bien uno no está obligado y es libre de participar de los oficios y de la misa, me había parecido oportuno, por cortesía, ir al oficio de las 4.15 de la mañana. Hacerlo, diría que fue el comienzo de esta travesía interior ya que, comenzando por escuchar la cítara, y luego presenciar cómo los monjes cantaban en profunda oración, crearon una atmósfera espiritual tan radiante como verdadera y, a la vez, transformadora. Todo en un recinto pequeño –se usaba la capilla en esos días, era invierno–fue para mí algo tan inesperado como fascinante.

Si bien había hablado en dos ocasiones con el Padre Hospedero, noté a los dos días que mi mente había “trabajado” sola, dándome  como “respuestas” a cuestionamientos o dudas que me inquietaban.

Y fue una madrugada en la que, otra vez, luego de las vigilias de las 4.15, decidí ir al jardín del monasterio solo para ver el firmamento y sentir el silencio. No se cómo fue, ni qué ocurrió, pero mirando ese cielo estrellado, “vi”… Y me cuesta ponerlo en palabras, ya que fue un “ver” abarcativo, revelador y transformador. ¿Qué vi? ¿Que Dios es Amor? ¿Que “Eso” y nosotros somos Uno? ¿Que el Amor –¡el Verdadero!– es lo más importante de nuestras vidas y todo lo puede? Sea lo que sea, me cambió la vida… y daría lo que no tengo para volver a vivirlo.

Lo compartí con el Padre Hospedero a las pocas horas, pero no comentamos mucho sobre ello.

Antes de dejar el Monasterio, recuerdo cruzar la salida y pedir desde mis adentros a ese Dios redescubierto: “Jamás permitas que me olvide de esto”.

Volví a casa y hablé con los míos (entre lágrimas, claro). No fui entendido. Cada día hacía mi tiempo para “meditar”. No iba a misa ni me confesaba, sino que lo tomaba todo con calma. Al poco tiempo comencé a colaborar con hogares para chicos de la calle cerca de casa. Descubrí que ser actor no era mi vocación, de modo que dejé mis estudios de teatro. Dos años más tarde me confesé y comulgué, sin dejar de cuestionarme ni de hacerme preguntas sobre la vida espiritual hasta el día de hoy. De hecho, también estudié Astrología y practico la meditación budista que, de hecho, me hace mejor cristiano (¡es verdad!). Lo veo todo complementario, ¡este mundo es fascinante! Tanto como nuestra propia vida…

Pablo González Lisciani




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