Sophia - Despliega el Alma

29 septiembre, 2021

Mi escuela primaria, psicología injusta y escasa de amor


Los años de la primaria deberían haber sido el despertar en los niños de mi escuela de una conciencia que incluyera principios humanitarios básicos, como la práctica diaria de la solidaridad hacia aquellos que necesitaran ayuda, aunque nunca se animaran a pedirla. Por empatía, debería ser vocación dar una mano.

Además, debería haber sido materia corriente sostener lazos de amistad entre los compañeros de clase, el buen trato, la cordialidad, el trabajo cooperativo que llame a la reflexión y a la buena disposición del grupo en acción comunitaria.

Se deberían haber fomentado actitudes tendientes a no discriminar a aquellos que presentaban alguna diferencia, sea esta física, de género o de conocimiento.

Pero en la escuela del centro de mi ciudad daban por entendido que allí la enseñanza de contenidos superaba los límites del saber impartido en las demás escuelitas de barrio y el aspecto referente a modales y valores pasaba a segundo plano.

Esa suficiencia se notaba en muchas ocasiones; así como creían ser superiores también dejaban escapar muestras de un trato distinto entre los buenos alumnos y los mediocres, los audaces y desenvueltos y los introvertidos, sin siquiera pensar que esos niños calladitos, carentes de participación, siempre de apagada sonrisa, pudieran reflejar algún drama proveniente de su hogar.

En mi caso no tuve manifiestos problemas psicológicos, si bien fui una alumna introvertida. Vengo de una familia laboriosa y sin demasiados estudios, pero el amor se escapaba de las manos de mi madre o del trabajo arduo que hacía que mi padre volviera exhausto, luego de un largo día de labores agropecuarias, para que tuviéramos un buen pasar.

Pero mi corazón lloraba lágrimas de sangre cuando esos otros chicos eran destinatarios de un trato injusto y desamorado por parte del personal a cargo.

Lo que con frecuencia me llegaba como un cachetazo, era la manera en que la maestra de grado se dirigía con adulantes gestos sobrecargados de simpatía, hacia la sobrina de la Directora, nuestra compañerita que ocupaba un banco en primera fila.

No puedo decir que haya sido testigo de soberbia por parte de esa niñita, aún hoy siendo mujeres mayores, si nuestros caminos se cruzan, solemos intercambiar un saludo y una sonrisa que encierra recuerdos de nuestros primeros años de escuela.

Sólo hablo de lo impropio de la psicología aplicada por las maestras y autoridades que enseñaban contenidos, pero dejaban un mar de dudas al evaluar sus actitudes para con esas almas ingenuas ávidas de amor y reconocimiento.

Mirta Bacalini




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