Sophia - Despliega el Alma

1 abril, 2020

Esperanza en la incertidumbre


Ya había perdido la cuenta de los días en que abría la ventana de mi habitación al despertar y, lo que parecía un blanco manto de innumerables nubes, escondía la luz del sol que tanto anhelábamos. Pero cuando tenemos esperanza, sabemos que ante cualquier situación incómoda en la cual sentimos nervios—o incluso miedo—unas sabias palabras surgen en nuestra mente y nos dicen con un suave susurro al oído: “Esto también va a pasar”. Y pasó.

Cuatro pequeños pimpollos de daffodils (narcisos) brotaron ante mi ventana en Surrey, Inglaterra, unos días atrás; clara señal de que el invierno se está despidiendo, los días se vuelven más cálidos y acogedores, y la primavera se encamina para abrazarnos. Esa misma mañana, antes de abrir mi ventana y llevarme la grata sorpresa de que el cielo ya no se escondía bajo su pálido manto, sentí ese melodioso aroma a verano, el cual me transportó a los meses en Buenos Aires sin clases, a los días más largos, al tacto del suave sol sobre mi piel—cálido y adorable como el abrazo del ser más querido—, al deseo de estar jugando en el patio con mis hermanos, de sentarnos en ronda junto a la pileta con mis tíos y primos a compartir unos mates, a llegar a las nueve de la noche aún con energía y sin que el sol se haya cansado de vernos sonreír.

Hoy los pimpollos florecieron para ser besados por el tacto del sol, el cual ya no se esconde bajo el manto pesado. El manto que parecía cargar cantidades interminables de lluvia. El manto que amenazaba con cargar nuestros paraguas a donde sea que vayamos, al dejar la casa. En aquel momento parecía que el invierno no se iría nunca, parecía comunicarnos que algo estaba llegando. Y con el tiempo—antes de que los pimpollos se atrevieran a brotar—algo llegó.

Murmullos, noticias, incertidumbres llegaron. Nos aconsejaron—y rogaron—alejarnos, dar lugar a que las cosas se acomoden. Así pasaron los días, y con los días el manto desaparecía. Hasta que un día el azul cubrió el panorama y el sol nos sacó una sonrisa. Fue el abrazo que necesitábamos después de tanta tensión. El abrazo que nos da esperanza cada día.

Estos cuatro pimpollos que ahora son flor me susurraron al oído: “Esto también va a pasar”. Les creí. Les creo. Porque siempre habrá un pesado manto que nos genere incertidumbre, pero el sol siempre está del otro lado, esperando que despeje.

Florencia Lamela




Comentarios ()