Sophia - Despliega el Alma

2 febrero, 2022

Caracoles en la playa


Esa noche hubo tormenta.
Se escuchaba desde la casa el estruendo a aguas mezcladas. La lluvia y el mar, dos potencias desatadas chocando sin compasión. Su furia irradiada sobre la tierra.
Desde mi cama podía ver los árboles arrodillándose vencidos, sombras colosales sacudían la noche. El cuarto iluminado de vez en cuando por una descarga vehemente.
Envuelta en mis frazadas, participaba de la pasión de la naturaleza, de su desborde caótico. La imaginaba rompiendo cadenas, escapando de algún yugo que la mantenía contenida.
Me desperté temprano.
Me gusta la playa después de una tormenta, y ser la primera huella en la arena húmeda.
Caminé distraída hasta que me di cuenta que venía observando el dibujo que presentaba la orilla.
La potencia del mar enloquecido de la noche había dejado su huella antes que la mía.
Un gradiente prolijo de caracoles y piedras ordenados por tamaños desde el mar hacia la tierra. Los más grandes más lejos, empujados por la descarga del agua. Los más pequeños abandonados, mientras la ola se retira.
Podía ver las franjas de conchillas idénticas, agrupadas juntas y separadas mansamente de otras diferentes pero también idénticas entre ellas.
Algunos huevos gelatinosos con caracolitos embriones nadando en su jugo nutritivo, y a escasos metros, las caparazones adultas vacías de esos mismos caracoles. Desechos de carbonatos y calcio fabricados con esfuerzo durante una larga vida, apoyados inertes sobre la arena que comparten con los huevos, cargados de futuro.
Este dibujo bello y ordenado como fruto del caos de una danza de energías locas.
Seguí caminando con ganas de ponerle palabras a lo que acababa de recibir, un regalo para mis ojos, para mi alma. Pero solo puedo ver, sentir, oler.
Dejar que el paisaje me atravesara , como un espejo que orienta.

Eugenia Larrinaga




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