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¿Por dónde pasa tu fe?

 

Hola. Me ha atrapado esta propuesta que nos acercaron: “Nos gustaría saber: ¿por dónde pasa tu fe? ¿Qué cosas te devuelven el sentido y la esperanza en el misterioso y a veces alocado curso de la vida?”

Me gustaría compartirles dos fragmentos de algo que escribí en mi último e-book Estoy en el mundo, soy de Dios. Creo que es una manera de responder a esta pregunta, aunque encuentro varias. Y estaría horas compartiendo vivencias.

 

Descubrir la fe 

Creo en la fe, en que existe este don y que desarrollarlo tiene sentido. Podría decir, incluso, que he sido testigo de esa fe al encontrarme yo misma creyendo intensamente en medio de situaciones límites de la vida donde cabía, según la opinión de muchos, lo contrario.

Es sabido que hay circunstancias en las que no conocemos cómo vamos a reaccionar hasta que nos suceden. Bueno, algo de eso pasa con la fe; la descubrimos en la vida de tantos, pero también dentro nuestro y en el modo de mirar y mirarnos, de ubicarnos y responder ante el devenir de los acontecimientos.

Puedo creer con toda firmeza, a la par de no sentirme coaccionada. Es cierto, no es justamente de evidencias terminantes de lo que me llena la fe, pero sí de certezas con razones suficientes que me dejan el necesario margen para confiar, para aceptar libremente y mantenerme en búsqueda.

Con seguridad, creo. Con seguridad, acepto que no todo lo puedo entender.

Tengo motivos de credibilidad y también, espacio para las dudas.

(…)

 

Quiero estar en el mundo

Registro momentos de mi vida donde no tuve tan claro este querer y hasta llegué a sentir algo de ganas de desaparecer.

Me resulta difícil resumir todo el proceso de vida que me encuentra, al presente, queriendo estar en el mundo. Aunque podría decir que hay mucho de irme descubriendo valiosa. Reconozco un pasaje de la falta de aceptación de mí misma a la experiencia de estar a gusto con mi vida, de querer ser con otros y querer ser para otros. Me descubro rescatada de la soledad, de la sensación de sobrar, de la incomodidad que me provocaba escuchar mi nombre, de la vergüenza que se apoderó de mí en cierta etapa, y sumergida hoy en la plenitud de las presencias. Soy. Estoy. Vivo. Y quiero más para mis vínculos.

Sumo este último compartir luego de haber atravesado un tiempo de enfermedad de alto riesgo que me llevó a una pregunta vital: ¿Qué motivos y anhelos tengo, por qué quiero seguir viviendo?

Cada una de las razones que encontré las voy reconociendo como dones a cuidar, a desarrollar, aprovechando el tiempo de vida que se me regala.

Todos sabemos que, al enfermarnos, podemos curarnos o no. Y cuando se trata de una enfermedad por la cual vemos morir a tantos, es inevitable vislumbrar esa posibilidad para nosotros. Personalmente, en ningún momento, sentí que algo que le pasaba a muchos no habría de pasarme a mí. Y esto no es dramatizar. Es, simplemente, ser realista. ¿Por qué iba a pensar que a mí sólo podría tocarme recuperar la salud?

Lo que fui percibiendo es que, en los distintos desenlaces posibles, hay una parte de misterio, además de todo lo que, humanamente, se pueda predecir, prevenir y tratar. Hay cosas que no podemos terminar de explicar, que son más profundas (o de más anchura y longitud) de lo que llegamos a diagnosticar, calcular y evaluar. No son oscuras, pero la lógica nos queda corta, pareciera no darnos acceso a ese nivel. Y cuando creemos poder determinar a quién le tocará cada desenlace, aparece un dato que nos desconcierta.

Mientras estuve enferma, me sentí parte de un mundo sumamente frágil y hermoso a la vez.

Sentí vivamente el anhelo de seguir amando y cuidando a mis hijas. Y un día, a sus hijos, si los tienen. No se me cruzaron horizontes específicos profesionales u otras expectativas. Se me cruzaron ellas y lo maravilloso de estar presente para ellas.

Anhelé continuar la aventura del vínculo con mi esposo. Seguirnos conociendo, ofreciéndonos juntos y descubriendo lo que podamos del mundo.

Tuve ganas de seguir aprendiendo a amar, a escuchar qué me pide el amor más allá de lo que a mí me sale, sobre todo cuando amar me cuesta.

Anhelé seguir compartiendo la vida con mis hermanos y no generarles un dolor de muerte.

Algo muy parecido sentí en relación a mis hermanos en la fe.

Experimenté las ganas de seguir disfrutando del aire libre y del ejercicio físico.

Anhelé continuar siendo comunicadora de las razones de la fe y que otros crean.

(…) Se me hizo presente lo bueno de no darle demasiada vuelta a las cosas cuando no es necesario y anhelé crecer en sencillez.

La intensa vivencia de la fragilidad de lo temporal me confirmó, una vez más, la centralidad del amor en lo cotidiano. Lo más importante, y lo que queda, es el amor.

(…)

 

Viviana Endelman Z.

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FRASE DEL DÍA

"Hay mucha belleza, verdad y amor a nuestro alrededor, pero pocas veces nos tomamos las cosas con la suficiente calma para apreciarlos".

Brian Weiss