23 de febrero de 2026
Fue durante un torneo de hockey, en Gateshead, Inglaterra. Quedaban pocos minutos para que el partido que definía quién pasaba a la final terminara, y los equipos rivales iban empatados. Pero entonces uno de los jugadores, el periodista Carl Honoré (58), hizo algo mágico: en los últimos segundos antes de que el silbato marcara el final, tomó control de la pelota, y con una suerte de proeza heróica, marcó un gol desde media cancha.
La alegría fue total. Aunque solo por un momento.
Cuenta el propio Honoré cómo se ensombreció ante una verdad inapelable: un encuestador que estaba presente en el torneo sacó a relucir que el gran héroe del día era, también, el jugador de mayor edad.
“En un abrir y cerrar de ojos, había pasado de goleador a abuelo (…) Empezaron las dudas: “¿Parezco fuera de lugar? ¿La gente se ríe de mí? ¿Soy el equivalente en hockey del típico tipo de cuarenta y tantos que tiene una novia de veintitantos? ¿Debería optar por un pasatiempo más ligero? ¿Quizás el bingo? Al final nos llega a todos: ese momento glacial y demoledor en el que de repente te sentís viejo”, escribió.
Periodista e investigador apasionado, Honoré tomó esta experiencia como un envión que lo empujó a buscar por qué el proceso natural de envejecer se siente tan pesado para tanta gente. El resultado fue su último libro, Elogio de la experiencia (Bolder, en su idioma original, un juego de palabras entre “bold”, que puede traducirse como audaz o atrevido, y “older”, mayor).
“La revolución de la longevidad constituye un cambio radical que impulsará nuevos cambios en todos los ámbitos de la vida, dejándonos con dos opciones: podemos malgastar el regalo de la nueva demografía aferrándonos al edadismo de antaño, o bien podemos aceptar esa vida más longeva y utilizarla como un estímulo para hacer del mundo un lugar en el que todos puedan envejecer mejor. Optemos por la segunda”, expresa Honoré en el libro.
Hablamos con el autor para ahondar en “el lado B” del envejecimiento, ese que trae consigo mayor madurez, consolidación personal, alegría espiritual y sabiduría.
—Desde aquel shock inicial que relatás cuando notaste que eras el mayor del torneo de hockey, a hoy, luego de la escritura y publicación del libro, ¿cambió algo?
—Mi actitud hacia el envejecimiento dio un giro de 180 grados. Todavía me preocupa el impacto que tendrá el paso del tiempo en mí, en mi salud, mis finanzas, mi apariencia, mis seres queridos… Tampoco quiero que mi vida termine. Pero hoy en día, ya no me cierro ante el envejecimiento, ni el mío ni el de los demás. La vergüenza se fue. Mi edad ya no tiene el poder de hacerme cuestionar mi derecho a hacer lo que quiero. Estoy viviendo la vida a mi manera, y ese podría ser el mayor regalo de este proceso.
—En el libro señalás que una dura realidad sobre envejecer, es que a menudo significa depender más de los demás, algo que no es bien recibido en una sociedad productivista. ¿Debemos movernos del individualismo a la empatía?
—¡Absolutamente! Como humanos, estamos hechos para depender de los demás. Somos animales sociales, prosperamos cuando tenemos relaciones sólidas y estamos integrados en comunidades conectadas. Una forma de recuperar todo esto, es dejar de obsesionarnos con optimizar nuestro propio ser y empezar a dedicar más tiempo a ayudar y servir a los demás. La ciencia demuestra que servir fortalece nuestra mente y nuestro cuerpo, y también construye conexiones que dan propósito y significado a la vida. Necesitamos recuperar la idea de que depender de los demás no es un fracaso, sino un acto de amor.
—¿Creés que ya estamos en camino a un cambio de paradigma respecto a nuestra mirada sobre la vejez?
—Creo que sí. Vivimos mejor y por más tiempo, cada día hay más personas mayores en el planeta, y eso es difícil de ignorar. La cultura también está creando más espacio para que prosperen en todo, desde la televisión y el cine hasta la música y las artes. Mirá cuántas bandas siguen de gira… ¡Los Rolling Stones llenan estadios a sus 80!

—La autora y conferencista Marianne Williamson explica que a medida que envejecemos, nuestra consciencia se expande y “actualizamos nuestro potencial divino en la Tierra”. ¿Encontrás alguna relación entre la edad madura y el crecimiento espiritual?
—David Bowie describió el envejecimiento como “un proceso extraordinario por el cual te convertís en la persona que siempre debiste haber sido”. Me encanta esa idea de que a medida que envejecemos, nos volvemos más —y no menos—, nosotros mismos. Llegamos a nuestra esencia, a la verdad de quienes somos. Cada uno de nosotros es un “trabajo en progreso”, y envejecer acerca esa obra a su culminación. Esa es, para mí, la definición de crecimiento espiritual.
—Me recuerda a una idea de la analista jungiana Connie Zweig, quien describe el proceso de envejecimiento como uno donde nos corremos del “rol social” hacia el “alma”, hacia nuestra verdadera naturaleza.
—Estoy de acuerdo. Envejecer puede desencadenar un movimiento existencial que algunos llaman “generatividad” o “gerotrascendencia”, donde nos sentimos menos inclinados a perseguir el estatus o a correr tras la riqueza material. Seguimos anhelando la comodidad y la estima, pero a través de invertir nuestro tiempo en cosas que tengan un sentido. Queremos dar y ser útiles. Ahí veo un rayo de esperanza: una población envejecida puede contribuir a crear un mundo donde busquemos ayudar más al resto que a nosotros mismos. En las crisis de la mitad de la vida, por ejemplo, un día te despertás, mirás tu trabajo, tu súper casa, y de repente te sentís desamparado.
—Es interesante eso de las crisis que llegan con la edad. ¿Nos empujan hacia la búsqueda de un cambio?
—Los estudios demuestran que los seres humanos seguimos una curva de felicidad en forma de U. Empezamos en la cima en la infancia y caemos de forma constante hasta tocar fondo en la mediana edad, antes de recuperarnos. En gran parte del mundo, los adultos que reportan los mayores niveles de felicidad y satisfacción vital, son los mayores de 55 años.
—Para terminar, ¿qué regalos te dio la madurez?
—Muchas cosas. Mis veintes fueron una época brillante. Pero ahora me siento más feliz y cómodo conmigo mismo. Siento menos necesidad de ajustarme a las opiniones de los demás. Como dijo la columnista norteamericana Ann Landers: “A los 20 años, nos preocupa lo que los demás piensen de nosotros. A los 40, nos da igual lo que piensen de nosotros. A los 60, descubrimos que no han pensado en nosotros en absoluto”. Reconozco esa sensación de cierta liviandad o libertad. Me resulta mucho más fácil dejar ir a personas, cosas y rutinas que ya no me iluminan para centrarme en lo que realmente me importa. También me siento más creativo y productivo, mis relaciones son más sólidas, y creo entender mejor cómo funciona el mundo. Te diría que estoy siguiendo la línea de Bowie que te mencioné antes: convirtiéndome en la persona que siempre debí haber sido.

Mezclarse con otras generaciones. Pasar tiempo con personas mayores, puede ayudar a mejorar nuestra perspectiva sobre la vida adulta.
Seguir aprendiendo y experimentando. El dicho de que no se le pueden enseñar trucos nuevos a un perro viejo, no es verdad ni siquiera para los perros. La novedad nos mantiene energizados y comprometidos
Cultivar relaciones fuertes.
Inspirarse en modelos a seguir. Helen Mirren, David Attenborough o incluso Miguel Ángel, que reconstruyó la Basílica de San Pedro a los 80 años.
Mantener la mente y el cuerpo en forma haciendo ejercicio y comiendo bien.
Seguir el consejo de Marie Kondo. Si algo (un trabajo, una amistad, etc.) ya no genera alegría, dejarlo. Simplificar para que cada momento cuente.
Encontrar un propósito que le dé sentido a la vida y nos encienda.
Ser honesto sobre la edad. Mentir le da al número un poder que no merece y refuerza el mito de que más joven siempre es mejor. Asumir la propia edad es el primer paso para aprovecharla al máximo.
Mantenerse flexible y abierto al cambio, al crecimiento y a la evolución. Como dijo Lao Tzu: “Quien es blando y flexible es un discípulo de la vida. Lo duro y rígido se romperá. Lo blando y flexible prevalecerá”.
Ignorar a los que dicen que el sexo, el amor y el romance son cosa de jóvenes: no es así. Hacer espacio para eso, independientemente de la edad, si es lo que queremos.
Si creemos que envejecer será malo, será malo. Ser positivo y centrarse en las ventajas: sentirse más a gusto con uno mismo y tener relaciones más profundas; más felicidad, altruismo, creatividad, conocimiento y experiencia.
Cultivar el sentido del humor. Reír mejora la salud y la longevidad. Como dijo George Bernard Shaw: “No dejás de reír cuando envejeces, envejeces cuando dejás de reír”.
Pensar en la muerte. No obsesionarse con ella, pero tampoco evitarla. Siendo conscientes de que el tiempo es finito, darle forma y sentido a la vida, aprovechar al máximo el aquí y el ahora.
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Antes de saber que era una Persona Altamente Sensible, trabajó en una multinacional. Hoy acompaña a familias y profesionales a entender qué es ser PAS.
Hablamos con la autora de más de 15 libros sobre la fe, el amor y el mindfulness acerca de su vida y su mirada del mundo actual.
El temor a la vejez se instala antes de las primeras canas, alimentado por estereotipos asociados a la pérdida. Te damos una brújula para habitar la edad.
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Nuevamente me ocurre lo mismo ! inicio sesión y me desaparece el botón para escuchar el artículo ! No lo entiendo !!!
¡Hola Liliana! Gracias por tu comentario. Estamos trabajando para volver a poner en funcionamiento el audio de las notas. Disculpas por las molestias y agradecemos la paciencia.
Muy de acuerdo con la mirada de Carl Honore. Gracias!!
Fascinante. Y muy oportuno. Occidente -no solo los países europeos, Argentina igual- no alcanza la tasa de reposición, la sociedad occidental envejece. Pero el sujeto moral del que partimos siempre es joven y sano. Gracias por mirar el envejecimiento y la vulnerabilidad de manera posibilitadora.