10 de junio de 2026
Diez años pasaron desde aquella charla en la que Carina Onorato abrió su corazón para hablar con Sophia sobre uno de los grandes dolores que le tocó atravesar: la muerte de su marido, el recordado economista Tomás Bulat, en un accidente automovilístico. “Durante mucho tiempo estuve en modo supervivencia”, reconoce en este nuevo encuentro, en el que resulta imposible no recordar el anterior. Una conversación de varias horas que se tejió entre llanto y recuerdos, porque la cara luminosa de la existencia todavía le resultaba esquiva.
Se la ve bien. “Uf, pasé por varias versiones en este tiempo”, dice con una sonrisa. Lleva un blazer color carmín y los labios pintados, esos triunfos de la vitalidad. Pero el proceso fue lento: poco a poco tuvo que ejercitarse en el arte de recuperar las ganas de tener ganas. “Cuando mis hijos crecieron, y ya no necesité sostener tanto, me desplomé. Fue algo físico: el cuerpo me dejó de responder. Ahí entré en una depresión absolutamente funcional. Pero tuve la lucidez de pedir ayuda, y la obtuve. Esa decisión cambió todo”.
Fue un viaje que incluyó terapias de todo tipo. “Psicólogo, psiquiatra, médico clínico, homeópata, osteópata. El kit completo —describe—. Es horrible el dolor, pero es verdad que ayuda. Aunque no por sí solo: hay que encontrarle un sentido, porque si no te deja algo se hace insoportable. Volverme consciente del ‘para qué’ me había tocado vivir todo eso fue el disparador para volver a tener deseo por la vida. Porque sí, la vida es hermosa. Pero a veces uno no está en condiciones de verlo”.
Es que el duelo la había llevado a desconectar para poder seguir. “Me alejé de mí misma al punto que ni siquiera me di cuenta que estaba atravesando la menopausia”, explica. Su foco estaba puesto en el cuidado de Santiago (32) —fruto de un matrimonio anterior de Tomás— y de Lucía (28) y Fausto (23), los hijos en común. A cargo de la productora de contenidos que habían creado juntos, se convirtió en el único sostén de su hogar y tuvo que hacer malabares para ser una mamá de cuerpo presente teniendo el alma rota.
La ducha y el auto eran los únicos lugares donde, a solas, se daba permiso para llorar. “Me quebré tantas veces al volante que debe ser por eso que ya no me gusta manejar”, reflexiona. En medio de la tristeza, el trabajo se convirtió en un refugio. “Me enfoqué ahí. Quería que mis chicos tuvieran un buen pasar, que no sufrieran también por eso después de perder a su papá”. Fue así que construyó un vasto recorrido profesional que la ayudó a consolidarse como comunicadora, editora y mentora.

Marca Personal se llama el libro que acaba de publicar, donde explora siete arquetipos míticos que encarnamos a la hora de salir al mundo y cómo cada uno de ellos puede convertirse en una brújula que nos guíe a conectar con nuestros dones. No solo para que nos vean a través de la imagen que construimos en las redes sociales, sino también para brillar desde lo más genuino y dejar una huella. “Cuando un arquetipo se activa, no inventás un personaje: ponés en foco una potencia que ya estaba”, señala.
Como mentora, busca convertirse en un puente para acompañar a cruzar hasta la otra orilla, en especial en los momentos desafiantes. “Me apasiona acompañar los procesos vitales desde el mentoring. Aunque no te toque atravesar una tragedia, te vas a transformar en algún momento, y es fuerte. Puede ser la maternidad reciente, los hijos que ya crecieron, un trabajo o una pareja que no encienden como antes, tener padres mayores, haber salido de la facultad y no saber cómo empezar… Los momentos de crisis son variados y, frente a ellos, mi tarea es ayudar a mirar”.
¿Qué buscan quienes deciden pedir ayuda? “De todo. Después de los 40 muchas personas necesitan reconvertirse”, señala y cuenta que durante el acompañamiento, las situaciones que más aparecen son el miedo y la culpa. “A las de 30 les pasa que, de repente, tienen un bebé y la carrera, que hasta entonces estuvo en el centro, pasa a un segundo plano y todo se reconfigura. La gran pregunta es qué hacer: ¿dejar el bebé más tiempo al cuidado de otros o dejar ese empleo que exige tantas horas afuera?”.
También surge, en muchos casos, la necesidad de revisar la forma de liderar equipos. “Algunas mujeres desarrollaron liderazgos muy masculinizados para sobrevivir. No se las puede juzgar, porque aprendieron que esa era la única manera de abrirse paso en un mundo machista. Cada historia tiene su razón, sus límites, por eso hay que ver la película completa”. Según explica, las nuevas generaciones traen una búsqueda diferente, con una mirada más comprometida y empática con el objetivo puesto en ser coherentes con cómo quieren vivir y ver vivir a los demás.
“Hay que desandar la idea de que si sos flexible o bondadoso te van a pasar por encima, o van a sacarte ventaja. Las más jóvenes entendieron que en los equipos de trabajo cada pieza es valiosa. También le dan otro lugar al disfrute y al deseo, a diferencia de nosotras, que fuimos educadas con el chip de que había que sufrir. ¿Y qué se logra así? Que alguien solo cumpla tareas, pero no aporte nada desde lo creativo. En productividad y eficiencia, todos vamos a ser reemplazados por una máquina. El diferencial está en lo genuino, en lo artesanal, en eso que nos hace distintos, humanos”.
Su propio diferencial, reconoce, es escuchar atentamente y sin juzgar, para ayudar a encontrar rumbos posibles. “Intento tener con los demás la misma escucha compasiva que otros han tenido conmigo”. A la hora de encontrar respuestas al porqué estamos dónde estamos y hacia dónde queremos ir, asegura que no hay atajos. “Lo primero que tenés que hacer es conocerte: cómo sos, qué te gusta, qué querés potenciar, qué no te gusta tanto y necesitás suavizar. Entender cuáles son tus luces y tus sombras es la clave para integrarte”.
Una vez la sorprendió una joven le pidió que la ayudara a ser famosa. “Le expliqué que no podía hacerlo, porque para mí lo que importa no es la fama, sino la huella. Todo lo demás viene por añadidura”. Por eso le gusta tanto esa frase de la líder afroamericana Maya Angelou, que nos recuerda algo importante: las personas no van a recordarnos por lo que dijimos o hicimos, sino por cómo las hicimos sentir. “Se trata de eso, de decidir qué dejar”.
Sabe, porque tuvo una infancia humilde, que todos podemos florecer. “Mi madre siempre me decía que yo iba a poder, que iba a tener una vida buena, y le creí. Ella no pudo terminar el secundario porque trabajaba cosechando cebollas en el campo con mi abuela, que había quedado viuda muy joven. Pero lo que sí pudo fue conseguir sus propias oportunidades y pagarle con su trabajo los estudios a su hermana menor, y luego a mí. Fue muy inspiradora”.

Una vez, una mujer de mediana edad le pidió acompañamiento para que la ayudara a romper con todo. “Estaba cansada de la compañía donde trabajaba y también de su matrimonio de muchos años. Pero durante el proceso se dio cuenta de que lo que necesitaba no era romper, sino reconciliarse. Encontró un espacio para potenciar sus inquietudes emocionales y espirituales creando una comunidad de mujeres, y se quedó en su vida de siempre, pero de una manera distinta”. Guiar ese proceso la conmovió: “En ese recomenzar vi con claridad que el sentido y la plenitud nunca están afuera, sino adentro”.
En la tarea de pulir la materia prima de cada persona para descubrir lo que brilla en su interior, es donde más se reconoce. “Es como ocurre con el carbono, que puede convertirse en grafito o en diamante. La base es la misma, pero depende de cómo se conectan las moléculas. Por eso digo que soy una pulidora, una tejedora de redes, como el arquetipo de Ariadna”. En definitiva, lo que busca es que cada uno despliegue su capacidad de elegir quién quiere ser en el mundo.
Ahora que el tiempo pasó y que el recuerdo de Tomás ya no es sinónimo de sufrimiento, sino de amor y trascendencia, la reconforta que Ohana, el grupo de Whatsapp que tiene con sus hijos (una palabra hawaiana que significa “familia” y que lleva tatuada en el brazo), sea el primero en vibrar cada mañana. Claro que no fue fácil, que todos tuvieron que renacer. Por eso considera que, aun en el peor de los contextos, “siempre hay una ventana, por pequeña que sea, por donde entra el sol”.
Nos reímos al despedirnos: otra vez una charla larguísima, las dos saltando de un tema a otro con ese no sé qué que tienen los reencuentros. Por último, le pregunto qué le diría hoy a aquella Carina que conocí hace diez años. Piensa unos instantes. “Que se quede tranquila. Que todo va a estar bien”.
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Antes de saber que era una Persona Altamente Sensible, trabajó en una multinacional. Hoy acompaña a familias y profesionales a entender qué es ser PAS.
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Una enorme alegría encontrarte Carina!!!
Admire profundamente a Tomas Bulat!!!
LLoré su muerte 😢 física, porque seres como el viven en nuestra memoria!!
«Cuando se nace pobre, estudiar es el mayor acto de rebeldía contra el sistema .
El saber rompe las cadenas de la esclavitud «esta frase la llevo tatuada en mí memoria.
Nací hace 75 años en el campo y me hubiese gustado haberla visto cuando fui joven.
La abrazo 🤗 💚 💕 con el corazón ❤️
Voy a comprar su libro 📖
GRACIASSS 👏 ✨️ 💖