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Mujer y trabajo

13 agosto, 2011

¿”Cambiás la plata” o elegís tu vida?


No sólo trabajamos fuera de casa por dinero o para cubrir gastos domésticos. Más allá de nuestros ingresos, lo hacemos para crecer como profesionales, como empresarias, o para desarrollar una carrera laboral.  Por Viviana Alvarez. 

Al final, con lo que nos cuesta pagarle a la niñera, más lo que gastás en viajes, en comida y en ropa todos los meses, estás cambiando la plata de tu sueldo y quizás estás perdiendo plata. Para eso, quedate en casa, dejás de correr y estás más tiempo con los chicos”, le dijo Gustavo a Mariana mientras tomaban un café después de la cena y calculaban los gastos del mes.

Mientras iba levantado las tazas, a Mariana le retumbaba en la cabeza la propuesta de su marido. Era cierto que se sentía tironeada entre varios frentes. Por un lado, estaban los chicos –Joaquín, de 4 años, y Lucía, de 2–, y Mariana se repartía para tratar de no delegar nada de lo que tuviera que ver con la crianza de sus hijos. Por otro lado, estaba absolutamente comprometida con su trabajo como secretaria de un estudio contable y era de las que nunca se iba sin cumplir con las tareas del día. Además, se hacía tiempo para ir al gimnasio por lo menos dos veces por semana, como para despejar la cabeza. Pero a pesar de todos los esfuerzos, no se imaginaba sin trabajar.

Cuando acababa de cumplir 20 años, Mariana había entrado como recepcionista a un importante estudio de contadores y fue haciendo carrera hasta convertirse en la persona de total confianza de los socios del estudio. A los 28, era valorada por su eficacia y su buen criterio, y reconocida por haber formado a varias de las chicas que habían entrado al estudio para empezar desde cero, como lo había hecho ella. Sentía que su trabajo la mantenía conectada con el mundo, que era valorada y que le servía para desarrollarse.

Mentalmente, trataba de pensar en los aspectos positivos y en los costos de trabajar o de quedarse en casa. Sin embargo, cuando apoyó la cabeza en la almohada, eran otras la cuestiones que le daban vueltas en la cabeza. ¿Por qué, según Gustavo, los gastos que demandaba la niñera debían salir de su sueldo? ¿Si estaba conforme con su trabajo, valía la pena dejarlo para quedarse en casa?

La misma pregunta desvela a muchas mujeres que se enfrentan ante este mismo planteo. Por eso, quisimos saber de qué manera podemos escuchar nuestra voz interior a fn de decidir lo que es más saludable para nosotras y para nuestra familia.

Un cálculo que nunca cierra

Parece que fuera una regla escrita: si salimos a trabajar, el dinero para pagar la ayuda en casa, la cuota del Jardín y hasta el transporte escolar deben salir de nuestro sueldo. ¿Acaso el cuidado de los hijos no es responsabilidad de la pareja?

“Hay una visión equivocada y muy convencional detrás de la idea de que el salario de la mujer debe destinarse a cubrir los gastos del mantenimiento de la casa y el cuidado de los chicos. Lo que está mostrando ese cálculo es que, como mujer, ése es un costo que tengo que pagar por salir a trabajar. De hecho, algunas mujeres que tienen un buen salario no consideran esa evaluación porque sienten que, como ganan bien, su salida ya está justificada”, explica la pedagoga y psicóloga social argentina Susana Covas, que desde hace veintidós años vive en España.

Tal vez porque nos sentimos culpables de tener que dejar a los chicos durante varias horas o quizá porque venimos de una familia en la que la mujer nunca trabajó fuera de la casa, lo cierto es que, a veces, nos cuesta plantearle a nuestra pareja que no sólo salimos a trabajar por lo que ganamos o que no hace falta que los dos ganemos lo mismo. Covas sugiere una forma de encarar estos planteos de una manera directa. “Creo que las mujeres deberíamos hacer el siguiente cálculo: ¿Cuánto dinero entra en casa? ¿Cuánto gastamos en el cuidado de los hijos, que es responsabilidad de ambos? Lo que haya que gastar se gasta, más allá de lo que gane la mujer”.

Covas dice que tanto las mujeres como los varones tenemos que comenzar a superar las ideas que nos llevan a pensar que todo lo que corresponde al cuidado de los hijos, a las actividades domésticas y a la educación le corresponde a la mujer. Son barreras difíciles de levantar y no es algo que nos pase sólo a las argentinas. Como ejemplo, señala que en Europa, el 20% de las ejecutivas que ocupan cargos de poder dejan de trabajar presionadas por la culpa de no estar en sus hogares.

Es así: no importa de que condición social sea una mujer, lo cierto es que pareciera que nuestro destino natural es el hogar, y sólo después podemos comenzar a pensar en desarrollar una vocación, una carrera o un proyecto como empresaria. Incluso cuando nos encontramos con una amiga que está en una buena posición económica, le preguntamos: “¿Y vos, por qué trabajás si no lo necesitás?”. Covas dice que preguntas como éstas indican que todavía no está instalada la idea de que el trabajo puede ser algo importante y necesario, más allá de que cubra nuestras necesidades económicas. 

Es que, justamente, la diferencia de ingresos es uno de los factores que dispara la discusión de que estamos cambiando la plata. Sin embargo, para que nuestro trabajo valga, de ninguna manera debemos ganar lo mismo que nuestra pareja. Es más, si él se quedara sin trabajo, ese dinero que muchas veces es tomado como un “extra para cubrir gastos” seguramente se transformaría en la única fuente de ingresos de la familia. “Para que la situación quede clara, hay que plantearle al otro que esto es una sociedad conyugal: yo puedo ganar menos, y vos más, o viceversa, pero hay que tener cuidado con creer que es necesario contar con altos ingresos para tener derecho a desarrollar una parte de nuestra existencia”, sugiere Covas.

Por otro lado, cuando surge el planteo de que nos conviene dejar de trabajar, tal vez debamos afinar el lápiz y calcular si de verdad estamos “perdiendo plata”. Seguramente, lo que cuesta la ayuda en casa, más el transporte, más el Jardín no supere nuestro salario. Y además, ¿cambiar la plata significa que nuestro trabajo equivale al de hacer la limpieza de la casa o al de un chofer? Y si es así, ¿queremos dedicarnos a eso? Ante esta situación, debemos preguntarnos si vale la pena renunciar a un empleo y dejar de generar ingresos. Por ejemplo, en el caso de una mujer que está trabajando como pasante o tiene un trabajo de medio tiempo porque está haciendo una carrera, ¿es correcto dejar una ocupación que no es rentable pero que representa una inversión que puede resultar clave para el desarrollo de una vocación genuina que, además, en un tiempo puede ser redituable?

Susana Covas opina que, siempre que se pueda, lo ideal es generar ingresos propios y explica por qué. “La posibilidad de dejar de trabajar para estudiar o para estar un tiempo con los hijos está muy bien, pero eso es hasta ahí nomás. Mientras una mujer no trabaja, es otro el que genera todos los ingresos. Y el que tiene el dinero es el que tiene el poder en la pareja y en donde sea. Entonces, cada vez que sea posible, conviene mantener una ocupación.

Los riesgos de salir del mercado laboral

En algún momento, sobre todo en los de más cansancio, las mujeres que trabajamos tuvimos la fantasía de quedarnos en casa y olvidarnos de cumplir con los horarios, con los plazos de entrega, de preocuparnos por la competencia o simplemente… del tedioso viaje hasta la oficina. Sin embargo, cuando pasamos una semana en casa, comenzamos a extrañar la rutina laboral. Ante la idea de dejar de trabajar, tal vez tengamos que hacer el ejercicio de imaginarnos cómo será nuestra vida sin esa ocupación, y evaluar los costos y los beneficios que puede generar esa decisión. Si lo que vemos no nos convence y las desventajas son más pesadas en la balanza, quizá sea saludable seguir nuestra intuición.   

Entre los factores que debemos evaluar, tal vez uno de los más importantes es el costo de salir del mercado laboral, sobre todo teniendo en cuenta lo rápido que se actualizan las competencias para cualquier empleo.

“Si una mujer deja un trabajo en relación de dependencia porque siente que está cambiando la plata, y a los cuatro años decide volver, lo más probable es que no pueda insertarse, simplemente porque perdió las calificaciones laborales que se requieren en ese momento. En cuatro años, el mundo cambia”, dice Martha Alicia Alles, consultora en recursos humanos.

Alles se define como una de las  mujeres de entre 50 y 70 años que perteneció a las primeras camadas de profesionales que se animaron a desarrollar una carrera y a tener una familia.

“Cuando escucho que después de treinta años, las mujeres se siguen enfrentando a los mismos planteos, me pregunto: ‘¿Qué pasó con nuestra evolución? ¿Cómo puede ser que el mundo avance y que las mujeres sigamos presas de los mismos cuestionamientos?’. De los varones de antes, decíamos que venían con el modelo de sus madres, que se quedaban en la casa. Pero hoy, treinta años después, los varones saben cambiar pañales, vieron a las madres que salían a trabajar y, sin embargo, son muchos los que todavía creen que las mujeres deberían quedarse en la casa. Y lo peor es que, muchas veces, los padres de esas mujeres piensan lo mismo y eso genera una carga muy pesada. Imaginate a tu pareja y a tu papá diciéndote: “Nadie va a cuidar a un hijo como vos… ¡No te animás ni siquiera a ir a la peluquería!”.

Puestas ante este dilema, Alles aconseja que lo primero que deben hacer las mujeres es reflexionar acerca de las verdaderas motivaciones que la llevan a trabajar o a desarrollar una carrera. Cuando la mujer tiene claro que su trabajo es importante para su vida, debe hablarlo con su pareja antes de formar una familia.

“Que la mujer pueda tener claro qué quiere hacer con su vida laboral es clave. Es difícil que las que realmente quieren hacer algo se cuestionen que están cambiando la plata. Es más, ellas van a pensar cómo hacer para ganar más plata y para que además les sobre”, dice Alles.

Es que existen múltiples motivaciones para querer salir a trabajar y Alles las conoce bien. “Están las mujeres que han visto cómo su madre quedó atada a un marido que no quería porque le garantizaba un medio de vida, las que vieron cómo sus madres se hicieron cargo del hogar cuando el padre estaba ausente, e incluso las que tienen una genuina vocación y una aproximación positiva a la carrera laboral”. Por eso, para Alles, la respuesta al planteo es una sola: “Si la mujer siente la necesidad de salir a trabajar, siempre vale la pena cambiar la plata e incluso perder plata”.

A partir de la decisión de seguir en carrera, debemos ser conscientes de que vamos a tener que pagar el costo de recibir ayuda. “Siempre es mejor eso que quedarse frustrada en casa –dice Alles–. No puede haber un costo negativo mayor que resignarse ante el argumento de que dejamos de trabajar porque nuestro empleo no es rentable. Te aseguro, y esto lo he visto, que las mujeres que toman ese camino terminan odiando la casa, a los hijos y al marido”.

¿Por qué trabajamos?

El trabajo que hacemos nos completa, nos identifica, es el fruto de años de esfuerzo, estudio y dedicación. María Silvia Dameno es terapeuta gestáltica y opina: “Es una enorme simplificación pensar que las únicas razones por las que trabajamos son económicas. Más allá del dinero, más allá de la necesidad de subsistir por un salario, está –unas veces clara, otras veces no tanto– la necesidad de ser reconocidas por el servicio que prestamos, por nuestra profesión o por lo bien que hacemos tal o cual cosa”.

“Al escuchar este argumento de que las mujeres ‘cambiamos la plata’ cuando contratamos a alguien que cuide a los hijos o haga tareas domésticas, la naturaleza de este planteo me deja entrever que es necesario pensar mejor acerca de los beneficios que aportamos con nuestro trabajo no sólo para nosotras, sino también para la sociedad. Este trabajo es parte de un eslabón que finalmente traerá felicidad a otros”, continúa Dameno.

Además, las tareas que realizamos hablan de nuestros intereses, nuestras inquietudes y nuestras ganas de crecer en otros ámbitos más allá del hogar. Dameno dice: “El trabajo no sólo provee ingresos, sino que también es parte de quién somos, nos define como peluquera, veterinaria, secretaria, etc. No es únicamente un medio para la autorrealización personal y social, sino que permite concretar proyectos que van más allá de la mera supervivencia y sostiene muchas veces la esperanza de movilidad social. Para quienes nos damos el ‘lujo’ de elegirlo, permite desplegar el potencial creativo”. 

Testimonio

Vale la pena jugarse por lo que uno quiere

Por Dolores García Castellanos, 31 años

“Me casé a los 23 años, en 2003. Me faltaban algunas materias para terminar Abogacía, pero a mi marido le salió una buena oportunidad de trabajo en Brasil y nos fuimos con la idea de volver para que yo pudiera terminar de estudiar.  Vivimos en San Pablo durante un año y medio y cuando estábamos por volver me enteré de que estaba embarazada. Nos mudamos a Buenos Aires y en 2005 nació Milagros, nuestra primera hija.

Con una beba recién nacida y sin la ayuda de mis padres y mi familia política, que vivían en Córdoba, ni se me ocurrió salir a trabajar.

Estaba abocada a mi hija, pero poco a poco empecé a retomar mis estudios. Cuando Milagros cumplió un año, con mi marido decidimos volver a Córdoba para poder estar más cerca de nuestras familias. Como la nena ya estaba un poco más grande, me puse las pilas para terminar la facultad; necesitaba mirarme un poco más a mí misma. Para poder recibirme, decidí seguir sin trabajar y así fui dando las materias.

Me faltaba muy poco para recibirme cuando me enteré de que estaba embarazada de mi segunda hija, Sofía. Al mismo tiempo, surgió la posibilidad de hacer una pasantía en Tribunales y la acepté. Era poco dinero, pero yo sabía que tenía que empezar así, de abajo.

Más que por el sueldo –ganaba menos que la niñera–, yo trabajaba porque necesitaba salir de casa y empezar a ganar experiencia en lo mío.

Mientras hacía la pasantía, estudiaba los fines de semana y a la noche, cuando las chicas se dormían.

Me recibí cuando mi segunda hija tenía seis meses y la experiencia de la pasantía me dio un empuje enorme para poder terminar. Me di cuenta de que realmente quería trabajar de lo que había estudiado, necesitaba sentirme útil y ayudar a mi marido para que no cargara con todo solo. Sabía que si yo estaba bien, mi marido y las nenas iban a estar bien.

Fue así como concursé para entrar en Tribunales como meritoria de manera permanente con un sueldo fijo. Era un trabajo de cuatro horas que me dejaba tiempo para estar en mi casa, así que resultó ideal.

Con mi marido siempre nos apoyamos en todo. Desde que nos casamos, ha sido un ir y venir de hacer cosas el uno por el otro. Es cierto que por un tiempo dejé de lado mis estudios, pero no me arrepiento porque, cuando me tocó a mí, yo tuve todo su apoyo.

Durante los meses en los que estudié para recibirme, yo no ganaba nada. Había que pagar niñera y Jardín para las chicas, pero él no decía ni una palabra porque veía que me hacía bien y que necesitaba recibirme. El trabajo te puede cansar físicamente, pero es gratificante sentir que fuiste útil.

Gracias a Dios, hoy no gano una fortuna, pero me alcanza para que, junto con José, podamos sostener nuestra vida y nuestra familia.

Me hace feliz trabajar en la Justicia y seguir creciendo. Éste es un ejemplo que quiero darles a mis hijas: que sepan que pueden desarrollarse como personas; que vale la pena trabajar y jugarse por lo que uno quiere. Pueden venir momentos buenos y malos, pero vale la pena animarse”.

Un planteo que afecta a la pareja

Por Alejandro Ballester*

El psicoanalista Daniel Lagache decía: “El amor es la muerte de dos narcisismos en pos de un mutuo darse”. Si creemos en esta definición, será más sencillo tener en cuenta las necesidades del otro y llegar a un acuerdo para que la mujer que se siente completa con su trabajo no deje de trabajar sólo por una cuestión de ingresos.

En la actualidad, vemos parejas a las que les cuesta unir sus individualidades para hablar de “nosotros”. Esto se da con frecuencia en el caso de los más jóvenes, a quienes les resulta difícil dejar de verse como hijos para tomar conciencia de que forman una nueva familia que debe elaborar sus propias pautas.

Muchas veces los hombres apoyan a la mujer en su decisión de mantener el trabajo y luego empiezan a pasar facturas porque no soportan el cambio. Por otro lado, la mujer se siente culpable y cree que debe rendir una gratitud constante al hombre que le fue incondicional.

Por eso, es mejor ser claros de entrada. De esa manera se fomenta el principio de ganar/ganar. Si a vos te va bien, a mí me va bien. Si a vos te va mal, indefectiblemente, yo lo voy a sufrir también. Las parejas que funcionan mejor son las que hablan de las cosas que quiere cada uno para esa relación, las que plantean las diferencias, los desacuerdos, y a partir de eso, empiezan a acordar contratos.

* Terapeuta de pareja.

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