27 de febrero de 2026
Mariana, una mujer de 54, llevaba veinticinco años dedicándose a la ingeniería química. Eligió la profesión en la secundaria porque tenía facilidad para las ciencias exactas y por la presión de sus padres para que estudiara algo “importante”.
Varias décadas después, vivía con la sensación de haber errado. El orgullo de ser “la ingeniera de la familia”, era un recuerdo desgastado. Le había dejado de importar. Y aunque iba de lunes a viernes a la fábrica y cumplía sus tareas de control de calidad, no se sentía identificada con su profesión.
¿Hasta qué punto era y ya no era ingeniera? ¿En quién se estaba convirtiendo?
A veces cambiar de trabajo es justo lo que necesitamos. Según la institución educativa sobre vocación TAFE Gippsland, se estima que podemos llegar a cambiar de empleo unas 16 veces a lo largo de nuestra vida laboral. Sin embargo, otras veces lo que en realidad estamos buscando es algo más profundo: un cambio de identidad laboral.
Cuestionar nuestro rol en el mundo trae preguntas como ¿quién soy en este momento de mi vida? ¿Qué podría ofrecer a otros? Se trata de una transición personal que, aunque asuste, cala en el centro mismo de nuestro ser.
La “identidad profesional” es una etiqueta para explicarnos a nosotros y a los demás, quiénes somos y qué hacemos en la actualidad. Por ejemplo, “Soy ingeniera”, “trabajo en tal organización”, o “soy emprendedora”. Decirlo así, de forma sintética y clara, nos ayuda a construir una marca personal consistente, a identificar grupos de pertenencia y a no complicarnos demasiado.
El problema con las etiquetas es que no le hacen honor a la vastedad que somos. Son más bien categóricas e inmóviles, cualidades opuestas a las identidades profesionales reales, que son múltiples, entreveradas y dinámicas.
Como dice Eduardo Galeano en El libro de los abrazos: “La identidad no es una pieza de museo, quietecita en la vitrina, sino la siempre asombrosa síntesis de las contradicciones nuestras de cada día”. Claro que a nadie le divierte sentir tironeos internos y confusión. Más bien buscamos procesos sencillos, prácticos y rápidos, como sacarnos una etiqueta y ponernos otra. Pero cuando se trata de procesos de cambio reales, que impactan en nuestra vida y la de quienes nos rodean, el camino es más bien lento, profundo y algo incómodo.

Observar los ciclos de la naturaleza es una de las formas más maravillosas en que podemos comprender nuestros propios movimientos y tiempos. Podemos imaginar el proceso de reinvención profesional que atravesamos como análogo al del compostaje.
Compostar nuestra nueva identidad es ver cómo aquello que éramos se va desintegrando con suavidad hasta volverse algo amorfo y fértil, para convertirse en algo más. En este proceso, pasamos por diferentes estados, cada uno con su ritmo y su regalo.
Dejar ir
Quien hace compost sabe que lo primero es juntar los restos de frutas, verduras, café y soltarlos en la mezcla. Lo que en su momento nos nutrió, ahora se entrega.
En el caso de Mariana, ser ingeniera química le aportó sentido y vitalidad en sus primeras décadas de vida pero, poco a poco, eso fue quedando atrás. Al principio lo negó, se enojó con ella misma y se entristeció al reconocer que no se veía en el futuro que había proyectado. Terminó por aceptarlo. Desprenderse del universo conocido es una parte dolorosa de la transición y, al mismo tiempo, imposible de saltear. Dejar caer lo que ya no somos, aunque esto suponga un duelo, nos da claridad.
Como escribe la poeta estadounidense May Sarton: “Si puedo dejarte ir como los árboles dejan ir sus hojas, tan naturalmente, una por una; si puedo llegar a saber lo que ellos saben, que la caída es alivio, es consumación”.
Crear buenas condiciones
El proceso de compostaje no se puede forzar. Es un fenómeno natural que ocurre cuando se dan las condiciones adecuadas de temperatura, oxígeno y equilibrio de materiales. Por mucho que lo ansiemos, tampoco es posible controlar el tiempo que lleve nuestra transición.
Cuando aceptamos que no somos los de antes, surgen los cuestionamientos: ¿Quién soy ahora? ¿Qué deseo? ¿Qué potencial anida en mí? Es preciso propiciar las condiciones para que aparezcan respuestas verdaderas. Para eso, un buen comienzo es hacer espacio. Redirigir el tiempo y la atención. Mariana dejó de distraerse mirando series y haciendo compras innecesarias para abocarse a este proceso. ¿Qué vino después?
Observar e intervenir
En el compost se van entremezclando los distintos materiales. En la reinvención profesional pasa lo mismo: se amalgama la exploración y la reflexión, que ordena y da sentido a lo vivido. Mariana hizo una lista de posibles profesiones alternativas que le interesaban: dermatóloga, psicóloga, economista, filósofa, jardinera, artesana. Se veía a sí misma como el compost recién mezclado. Caótico e indefinido. ¿Por dónde empezar?
Siguió su intuición y buscó información sobre cosmética natural, uno de los tantos temas que le interesaban. Se reunió con una dermatóloga especializada en eso y leyó un libro. Después vino la reflexión silenciosa y se dio cuenta de que, en realidad, no se veía trabajando en eso.
“Economía circular”, pensó después. Buscó una formación online sobre nuevas economías de una universidad prestigiosa y se inscribió.

Apoyarse en otros
En el compostaje, gran parte de la transformación la hacen otros: bacterias, hongos, lombrices e insectos toman lo que les damos y lo convierten. No podríamos hacerlo solos. Los necesitamos.
En el cambio de identidad profesional la red de apoyo también es clave. La contención emocional de la familia de Mariana, que le recordaba que era querida y respetada sin importar el título ni el puesto que tuviera, le dio la seguridad psicológica para abrirse al cambio.
Cuando completó el curso de nuevas economías, aún con un poco de miedo al rechazo, se animó a invitar a varios de los profesores a un café. Uno de ellos accedió y le dio valiosas recomendaciones que la ayudaron a orientarse, además de nombrar al pasar un área de trabajo que ella desconocía: la química verde. Sintió curiosidad. Una cosa la llevó a la otra y terminó leyendo un artículo sobre fermentación natural y el proceso de producción de la kombucha, una bebida muy de moda a base de té, bacterias y levaduras.
Aquel profesor le había abierto la puerta a un mundo que más tarde amaría.
Integrar
La basura es un invento humano. En la naturaleza no existe. Todo está diseñado para ser reutilizado, reciclado o transformado en algo nuevo.
Mariana empezó a ilusionarse con la idea de ser emprendedora de bebidas ricas y nutritivas, combinando dos pasiones que habían quedado relegadas en su vida anterior: la alimentación saludable y la ecología. Aunque la posibilidad le resultaba encantadora, no estaba libre de dudas. ¿Emprender a esa altura de su vida? ¿En este país? ¿No estaría desperdiciando todo el camino hecho?
Pero los saberes técnicos, la experiencia acumulada y la confianza no desaparecen. Como canta Jorge Drexler: “Nada se pierde, todo se transforma”.
No intervenir y esperar
Llega un momento en que la tarea no es hacer, sino esperar. Lo mejor es no agregar nuevos ingredientes al compost. Simplemente se deja en reposo para que se estabilice, tome una textura homogénea y olor a tierra húmeda.
Mariana había contactado a todas las organizaciones dedicadas a la fabricación de kombuchas en Argentina, mandado currículum, aplicado por Linkedin y tenido entrevistas. Quedó agotada. Decidió ir más lento y tomó una pausa. En el silencio descubrió lo mucho que deseaba el cambio. Y cuando menos lo esperaba, apareció una oportunidad.
¿Cuando podemos decir que ya está listo?
Al tomar el compost con la mano y notar que está algo húmedo, suelto, desmenuzable, que huele bien y tiene un color homogéneo, sabemos que ya está. Que es tierra fértil.
De forma similar, cuando el cambio de piel profesional se completó, simplemente lo vemos, lo olemos, lo sentimos. Mariana terminó asociándose con otra emprendedora, líder en el mercado de las kombuchas, que estaba cansada de empujar el negocio sola y quería formar equipo. Trabajaron juntas por dos años.
Su proceso de compostaje profesional duró un año y medio. Las investigaciones señalan que lleva entre 6 meses y 5 años, dependiendo de la magnitud del cambio, el apoyo recibido y la actitud personal. Lo cierto es que a cada persona le lleva un tiempo el tiempo que le lleva. Ni más ni menos.
Abrazar la ciclicidad
Avanzar con el aplomo de la verdad es aprender a movernos entre la muerte y la vida. Es entendernos cíclicos: el fin de una etapa es el inicio de la otra.
Podemos confiar en la promesa de regeneración porque es lo que la naturaleza hace y naturaleza es lo que somos. La palabra «humano» proviene de «humus» que significa «tierra». Y así como la tierra se renueva en cada estación, también podemos nosotros. Cambiar de identidad profesional con conciencia no es otra cosa que comprometernos a vivir bien cerca de la esencia y a la altura de nuestro verdadero potencial. Es entregarnos a que nuestras formas se deshagan y rehagan las veces que sean necesarias.
Como dice la poeta Alice Walker: “Mientras la Tierra pueda producir una primavera cada año, también puedo yo. Mientras la Tierra pueda florecer y producir frutos, también puedo yo, porque yo soy la Tierra, no me entregaré hasta que ella lo haga”.
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Antes de saber que era una Persona Altamente Sensible, trabajó en una multinacional. Hoy acompaña a familias y profesionales a entender qué es ser PAS.
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Excelente nota, la compartirè con mi hija. Muchas gracias