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Mujer y trabajo

2 agosto, 2021

Bordar las raíces de la tierra, el cielo y el alma argentinas

Inspirada por un lazo fuerte con el campo y la naturaleza, la artesana Mercedes Güiraldes comenzó a dar sus primeras puntadas en un momento de turbulencia personal y laboral. Tras 11 años en el mercado, su marca, Paisana, es sinónimo de identidad y valores nacionales, aquí y en el exterior.


Mercedes Güiraldes, la creadora de Paisana, junto a un mural bordado con motivos de especies autóctonas.

Por Carolina Cattaneo

Libres, anárquicas, salvajes. Las primeras puntadas sobre aquella boina que le dio su mamá para que hiciera una prueba fueron así, tan instintivas como los movimientos de un animal recién nacido. Quizás algo desprolijas, pero fundacionales. Cuando afuera todo era incierto, su mano encontró certezas aferrada a una aguja, un hilo y una tela. Tenía 28 años, una maternidad en ciernes, una pareja que no funcionaba y un empleo que ya no le daba gratificaciones. Fue quizás un acto de salvataje en busca de oxígeno, de esa serenidad y seguridad que da el acto repetitivo de pinchar una y otra vez sobre un lienzo. Así empezó Mercedes Güiraldes a bordar y así también nació Paisana, algún día de invierno al calor de la casa materna. Once años después, Paisana es un emprendimiento de espíritu artesanal que se materializa en boinas, bombachas de campo, cuadros de tela con el escudo nacional, escarapelas, pañuelos o servilletas sobre los que se lucen bordados de íconos representativos de la Argentina, desde nuestros símbolos patrios hasta los animales y las plantas autóctonas que habitan el territorio nacional.

A través de la pantalla del celular, por videollamada, Mercedes Güiraldes (38) repasa la historia de su marca, que hoy vende sus productos a todo el país a través de una tienda online y que supo estar presente en la boutique del hotel Faena, en el local de la marca Patrón y también en una colección cápsula en la tienda neoyorquina de la prestigiosa Bergdorf Goodman, adonde llegó de la mano de la influencer de moda conocida como Chufy.

Mercedes en el campo, con las bombachas y las boinas bordadas con sus diseños.

“Los comienzos de Paisana coincidieron con un momento de mucha turbulencia a nivel personal, familiar y laboral. No sé cómo sobreviví a esa época, un poco creo que fue Dios que me mandó a Paisana para que me ocupara y no me volviera loca”, recuerda, ahora divertida, pisando sobre un terreno más firme que en aquel momento. Porque si bien el año pasado, por la pandemia, tuvo que cerrar el taller que había abierto hacía apenas un año y medio, hoy su emprendimiento sigue sólido, la producción no se detuvo y las ventas continúan.

Paisana nació casi a la par de su hija. Al poco tiempo de la llegada de su beba, Mercedes se quedó sin el empleo en el colegio donde había estudiado y trabajaba. Algo que, a la larga, terminó por beneficiarla, porque podía pasar más tiempo con su hija mientras daba clases de yoga y las puntadas iniciales de su negocio.

Boinas bordadas con motivos inspirados en el escudo nacional. También las hay con plantas y animales nativos.

“El agregado fue que con la maternidad hice un revisionismo muy fuerte de mis raíces, soy muy hurgadora y nostálgica”, cuenta. Y así se contactó con el árbol familiar, especialmente con la vida y la obra del tío de su abuelo paterno, el escritor Ricardo Güiraldes, autor del célebre Don Segundo Sombra. “Investigaba sobre todo qué había pasado con Ricardo, porque yo ejercía como profesora de yoga y curioseando empecé a enterarme cosas como que Ricardo se había metido en el yoga y había sido mega pionero en el tema. Descubrí que era otro bizarrín como yo dentro de una familia tan tradicional como la nuestra”. Así supo que su ancestro no solo escribía, también dibujaba y pintaba, como ella.

El escenario de la llanura bonaerense en la que pasó gran parte de su infancia, yendo a lo de su abuela en San Antonio de Areco todos los fines de semana y cada verano, hasta grande, y los rastros genealógicos de una familia fuertemente arraigada al campo argentino dejaron en Mercedes una huella que hoy se hace presente en sutiles horneros, ceibos o pasifloras bordadas en sus productos de impronta gaucha, aggiornados sin artificios ni pretensiones de modernidad, sino tramados con hilo o plasmados con diversas técnicas de estampado.

La boina sentó las bases, todo lo demás llegó después. Su madre y sus abuelos por ambos lados, aunque por distintas razones y de distintas estilos -unos por vivir en el campo y otros por haber vivido en Francia-, la usaban como una prenda cotidiana. Y así fue que un día, su mamá la vio dibujar unas rosas pequeñas y después bordarlas en el blazer de su abuela y le dijo: “¿Por qué no hacés eso en una boina?”. Recuerda Mercedes: “Tiene que haber sido invierno porque las boinas estaban dando vueltas, colgadas en el perchero, me tiró una y me puse a bordarla, estuvo divertido. No sabía un solo punto, para mí era dibujar, garabatear con hilo y aguja”.

“El espíritu de Paisana, el por qué elijo los símbolos patrios, tiene que ver con desarrollar amor, respeto y conocimiento, identidad y orgullo por lo que somos, por el de dónde venimos”.

Su técnica inicial no era, en rigor, una técnica, sino un modo libre de dar puntadas que no seguían patrones ni cuadrículas. “El tipo de bordado que yo empecé a hacer era tipo free style, en el que se se sale de la grilla. En ese momento, éramos varias las que habíamos empezado a sacar al bordado de ese lugar: yo confío siempre que el Cosmos hace cosas”, dice.

Bordados de especies representativas del campo, como el caballo, o animales autóctonos, como el escarabjo torito.

Mercedes había encontrado en el bordado un ejercicio contemplativo. “Me sentía absorbida por la tela y estabas ahí dale que va, y era espectacular. Muy meditativo, muy intuitivo, me sentía muy libre de explorar. En mí, la maternidad fue una explosión de creatividad. Muy instintivo”, dice.

Las primeras en comprarle boinas fueron su mamá, su hermana, una prima, amigas. “Y así empezó a rolar. El boca en boca al principio fue feroz, sobre todo entre gente del campo. Porque nadie había visto una boina bordada. En su momento, para la mujer de campo fue algo así como ‘al fin un producto para nosotras’”.

Además de bordados, hoy Paisana incorpora también textiles estampados.

En coincidencia temporal con el crecimiento de Paisana, Facebook se convirtió en un boom como plataforma de promoción y venta y allí Mercedes lanzó el nombre, los productos, un logo. “Yo estaba como las nenas con el jugo de limonada: no tenía miedo. Ahora que estoy más grandulona y con más tabúes, no sé si me lanzaría como lo hice en ese momento, lo pienso y digo ‘Qué zarpada y qué valiente’. En aquel momento ni lo dudé. Me divertía mucho, era jugar al almacén (ríe) mientras daba la teta y no dormía, como le pasa a todas las mamás”, recuerda.

El verano no redundaba en buenas ventas de boinas y Mercedes debió encontrar alternativas, como bordar vestidos de novia. Y también sumó la veta docente, porque se acercaban a ella chicas que querían aprender. Y así empezó a dar talleres. También aparecieron algunas musas, como los trabajos de Adriana Torres o Guillermina Baiguera, ambas artistas del bordado, y otras del ámbito de la ilustración. “Y me inspiré más aún”, dice.

Un día le pidieron bordar el respaldo de una cama. “Superficie que miraba superficie que decía: ‘Esto se puede bordar’”, cuenta. Y bordó murales. Uno de ellos, con hilos sintéticos sobre una placa metálica con agujeros, y a raíz de eso le encargaron hacer otro para Casa Foa, el evento anual de arquitectura y decoración por excelencia del país: con esa obra ganó el premio Mejor Arte Aplicado en 2016.

Mercedes, luciendo uno de los caballitos de batalla de la marca: la boina bordada.

“En un momento dado, no hace mucho, necesité abrirme de las boinas y empecé a ampliar a otros productos. Me asocié con una paisajista y dábamos talleres en su casa en el Bajo de San Isidro, con vista a la reserva natural. Era un programa social, porque nos reuníamos con otras mujeres a bordar, del oficio y del lugar”. En esos encuentros profundizó su conocimiento y su amor por la flora y la fauna nativas, y así afianzó más la esencia de Paisana, cada vez más asociada al campo, la naturaleza y la sustentabilidad.

Caminar por la reserva, conectarse con la naturaleza, buscándola como “terapia, necesidad espiritual y energética”, comprendió la importancia biológica y simbólica de las plantas y los animales autóctonos. “La relación se empezó a entretejer sola, una trama de vida que se fue desplegando y yo la incorporé. Tengo boinas con flora nativa y fauna pero también con una liebre, que no es nativa pero es representativa del campo y de mi infancia”.

Hace tiempo que Mercedes dejó de trabajar sola y de hecho hoy está ocupada más en las cuestiones de marketing, números y coordinación, aunque no se despega del todo de la parte creativa. Sigue diseñando y corrigiendo, “pero no con lo mismo tranco que antes”. Actualmente su forma de trabajar consiste en armar redes con distintas personas o marcas, como las bordadoras que realizan trabajos para ella, las ilustradora que diseña animales, el artesano cordobés que le provee bombillas, o las casas nacionales Tolosa y Espinosa, que le proporciona las boinas, o Aux Charpentiers, que le vende las bombachas de campo que Paisana luego interviene con bordados. “Me gustan estas colaboraciones, me parece muy saludable para todos. Es un win-win, somos una sociedad de gente libre e independiente”, explica.

Bordado sobre mural de chapa, con hilos sintéticos y motivos de naturaleza local.

A pesar de que, después de la muerte de su abuela el año pasado, el campo que tanto la inspiraba ya no está más en la familia, Mercedes busca hoy refugio en la naturaleza cerca de su casa de San Isidro, donde vive con su hija. “Hago caminatas por el barrio, vivo cerca del río y hay mucho bicherío y planta nativa, pasionarias, ceibos, aromos. Los fotografío, los investigo, los dibujo”, cuenta, y muestra a la cámara del celular un pañuelo con estampas de carpinchos, mulitas, osos hormigueros, un aguará guazú: “Esto es más de verlo en fotos, porque no tuve la suerte de conocerlos en vivo y en directo”, dice.

Hoy Paisana vende a todo el país. Instagram es la gran ventana por la que exhibe sus creaciones. Y aunque ya no está tan enfocada en la puntada, asegura que quiere emprender un camino de retorno a los comienzos. “Estoy tratando de volver. El desafío de mi vida en este momento es delegar para volver a bordar, lo quiero hacer. Relajar y soltar. Hay un llamado a largar los números”. Cuando lo logre, será el tiempo en que la mano de Mercedes se reencuentre sin exigencias con el pulso originario, puntada a puntada, dibujando una trama renovada.

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