Sophia - Despliega el Alma

Reflexiones

14 abril, 2014 | Por

Leonardo Boff: “Más importante que la religión es la espiritualidad”

Después de más de treinta años de pertenecer a la Iglesia católica, el teólogo brasileño Leonardo Boff decidió dejar su actividad como sacerdote y alejarse de la Orden Franciscana, a la que pertenecía, para vivir como laico, por las presiones que recibió de parte de la jerarquía eclesiástica de Roma. Desde la campiña ecológica en la que vive, a unos sesenta kilómetros de Río de Janeiro, habló con Sophia sobre el rol de la mujer, sobre cómo abrirnos a una dimensión más espiritual e incluso sobre ecología.


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“Las cosas de la vida no surgen planificadas. Irrumpen sin más. Cuando era chico vi pasar a un franciscano por nuestra iglesia de campesinos, y después de hablar de San Francisco, preguntó si alguien quería ser franciscano”. El pequeño Leonardo levantó la mano. Pese a que nunca había anhelado convertirse en sacerdote y en cambio soñaba con ser camionero, el niño sintió aquel día “un calor muy fuerte” dentro suyo y, después de unos meses, con apenas 11 años, ingresó a la Orden de los Frailes Menores Franciscanos. Así empezó el peregrinaje espiritual de Leonardo Boff, un brasileño que nació en 1938 en Santa Catarina   y con los años se convertiría en uno de los teólogos más importantes de América latina desde la última mitad del siglo pasado hasta hoy. Importante, sí, y también polémico y criticado, sobre todo por la jerarquía eclesiástica de Roma, que lo enjuició y lo condenó a silencio durante un año.

Desde fines de los años sesenta, él fue, junto con otros teólogos latinoamericanos y europeos, uno de los representantes de la llamada Teología de la Liberación. Corría 1970 y el joven seguidor de las enseñanzas de San Francisco de Asís volvió de Alemania con el título de doctor en Teología y Filosofía por la Universidad de Múnich. Del corazón de Europa pasó directamente a predicar ejercicios espirituales en la selva amazónica y viajó a Manaos. Conoció las entrañas de pueblos ignorados por el sistema de vida occidental, moderno y cristiano, y se contactó con grupos de “personas dispersas en la inmensidad del mundo salvaje”. Intentó esparcir su teología procedente de la universidad alemana a la que había asistido. Luego se dio cuenta de que eso no llegaba a ellos. “Dentro de aquel contexto debía hacer otro tipo de abordaje. Por otra parte, me escandalizaba con la pobreza de Brasil. Inmediatamente pensé que por aquí la teología europea ayudaba muy poco. Empecé dando clases de Cristología, escribiendo cada clase, mostrando la práctica liberadora de Jesús y de su mensaje. De esto resultó el libro Jesucristo el Liberador, uno de los textos fundadores de la Teología de la Liberación”, contó Boff a Sophia desde su casa en Jardim Araras, una región campestre y ecológica enmarcada dentro de un valle profundo atravesado por riachos y vegetación atlántica, a unos sesenta kilómetros de Río de Janeiro.

Hasta 1984 su trabajo transcurrió como el de un religioso franciscano y el de un teólogo inquieto que estudiaba y enseñaba. Además, formaba parte del consejo de una editorial, donde entre otras cosas se ocupó de la edición de las obras completas de Carl Jung. Pero fue con la publicación de su libro Iglesia: carisma y poder, donde exponía sus tesis ligadas a la Teología de la Liberación, que le llegó un cambio rotundo. Algunas de las ideas, que hablaban de pobres y oprimidos, fueron consideradas marxistas, la Curia no vio con buenos ojos sus postulados y la Sagrada Congregación para la Defensa de la Fe del Vaticano lo enjuició. Lo sentó en el mismo sillón que a Galileo Galilei y lo sometió a un proceso que lo condenó a un año de silencio.

A Boff no le gusta hablar de eso porque, dijo a Sophia, pertenece al siglo pasado. “Cuando convocan a uno a la más alta instancia doctrinal, ya sabe que está condenado. La misma instancia te acusa, te juzga y te condena. Esto en derecho es una aberración, porque no se preserva la intención del juicio. El resultado final fue la percepción clara de que la ex-Inquisición no olvida nada, cobra todo y no perdona nada. Como en mi libro había estudiado bien la lógica de sistemas cerrados y autoritarios, no me escandalicé por los procedimientos. Eran absolutamente lógicos dentro de aquel sistema. Sentí más compasión que rebelión. No guardé rencor, porque ellos tenían que actuar así y no podían hacer otra cosa. No tuve que perdonar a nadie porque no me sentía ofendido. Sentía, sí, que la causa que defendía, la de los pobres y su liberación, tenía una fuerza intrínseca por sí misma. Esto me daba fuerza para soportar todo, incluso el silencio obsequioso que me fue impuesto por el cardenal Joseph Ratzinger (N. de la R.: fue luego el papa Benedicto XVI), que antes había sido amigo mío mientras era teólogo y colaborábamos juntos en la revista internacional Concilium”.

Después de aquello, vendría un segundo hecho que le haría tomar la decisión de abandonar el ejercicio sacerdotal y la Orden Franciscana y emprender una vida como laico.

–¿Cómo fue el proceso en el que usted decidió salir de la Iglesia católica?

–Dejé el ministerio porque la vigilancia de la ex-Inquisición me hizo la vida de teólogo imposible, sin poder hablar, enseñar, dar entrevistas y escribir. El teólogo tiene como arma solo su palabra hablada y escrita. Sin esto no hace nada. Cuando el cardenal Baggio, en 1992, durante el encuentro de la ONU en Río, en nombre del Vaticano, me pidió salir de América latina y elegir vivir en Filipinas o Corea, porque ahí hay conventos de frailes, sentí que esto era ofender demasiado los derechos humanos. Dije: “Cambiaré de trinchera pero no de lucha y seguiré como laico y teólogo dentro de la Iglesia”. Y tuve que abandonar la Orden Franciscana y asumí una cátedra de Ética y de Filosofía de la Ecología en la Universidad del Estado de Río de Janeiro.

Hoy Boff lleva escritos unos noventa libros, entre ellos El rostro materno de Dios, da conferencias en todo el mundo y tiene en su haber clases en aulas de las universidades de Lisboa, Salamanca, Basilea, Harvard y Heidelberg. Es doctor honoris causa de otras tantas y, en 2002, el Parlamento Sueco le dio el Premio Nobel Alternativo de la Paz. A sus 75 años, según su propia página web (él prefirió no hablar de temas personales), “comparte vida y sueños” con Marcia Maria Monteiro de Miranda. Su biografía on–line también dice que es “padre por afinidad” de una hija y cinco hijos y que “vive, acompaña y re-crea el despuntar a la vida de los ‘nietos’”. Desde su casa entre montañas, respondió preguntas sobre el rol de la mujer, sobre ecología y sobre espiritualidad.

–En momentos en que la gente está tan descreída de las religiones, usted habló en una conferencia de una “revolución de lo espiritual”. ¿Qué es eso?

–Hay que distinguir entre religión y espiritualidad. La religión está hecha por doctrinas, ritos, códigos morales y símbolos religiosos. La espiritualidad tiene que ver con valores como el amor incondicional, la compasión, la solidaridad, la trasparencia en las acciones, con un sentido de pertenencia a un todo y un encuentro vivo con Dios como razón última de nuestra existencia. La religión nace de una espiritualidad pero no siempre produce aquellos valores implicados en la espiritualidad. Alguien puede tener un fuerte sentido espiritual en su vida y no tener una práctica religiosa. Más importante que la religión es la espiritualidad porque tiene que ver con actitudes concretas que dan rumbo a la vida. Hoy la humanidad se encuentra en el corazón de una gran crisis de sentido. Nadie pude decir hacia dónde vamos. Hay una gran confusión en los valores. Pero toda crisis se supera a partir de una nueva experiencia espiritual del Ser, capaz de conferir un nuevo rumbo a la convivencia humana. Esta tiene que galvanizar a las personas que adhieren a la nueva propuesta de sentido. Así como está, la humanidad no puede continuar, porque es demasiado destructiva, al punto de poner en riesgo la supervivencia de la especie humana. En general, las religiones producen guerras, mientras que las espiritualidades producen paz.

–¿A qué se refería cuando dijo: “Profundizamos la explotación del capital material. Ahora empieza la explotación del capital espiritual”?

–Hemos explotado prácticamente todos los bienes y servicios de la Tierra. Se esperaba que esto nos trajera felicidad. Fue una inmensa ilusión. El ser humano no tiene solo hambre de pan, sino también hambre de acogida, de amor, de solidaridad, de encuentro con Dios como expresión del supremo sentido de la vida. Todo esto viene de una perspectiva espiritual de nuestra lectura del mundo. Pero muy poco se ha profundizado en esta perspectiva que constituye el capital humano y espiritual. Lo primero, el material, es agotable. El segundo es inagotable e infinito, porque no hay límites para el amor, la solidaridad, la compasión, la convivencia pacífica entre personas y pueblos. De eso vive el capital espiritual. Ahora se crea la posibilidad real de organizar nuestra forma de habitar el mundo a partir de una visión espiritual de la vida y del destino humano. A partir de esta opción cambian las relaciones con la naturaleza, la forma de producción, de consumo y de visión del destino humano. Esto lo ha afirmado desde el  principio la Teología de la Liberación. El acto primero de este tipo de teología es una experiencia espiritual de encuentro con el Cristo crucificado en la carne de los pobres y oprimidos. De ahí nace la indignación y el amor de hacer algo con ellos para superar esta antirrealidad.

–¿Cómo llega de la Teología de la Liberación a su preocupación por el cuidado planetario?

–Los teólogos de la liberación se han dado cuenta, a partir de los años ochenta del siglo pasado, de que la lógica que explota a las personas, a las clases sociales y a los pueblos es la misma que explota a la naturaleza y a la Madre Tierra. La marca registrada de la Teología de la Liberación es la opción por los pobres contra su pobreza y en favor de la justicia social y de su liberación. Dentro de esta opción debe caber en primer lugar el gran pobre que es la Tierra, explotada y devastada por la voracidad productivista en función de la acumulación de bienes materiales para el consumo. De ahí nació una fuerte ecoteología de la liberación. O garantizamos la vitalidad de la Tierra con sus ecosistemas vivos, o quitamos la base para cualquier otro proyecto humano. Esto supone una actitud de amor a la Madre Tierra, un sentido de cuidado por su futuro. Tales valores nacen no de una visión marcada por el interés de acumulación, sino al revés: por una auténtica actitud ético-espiritual que fundamenta otro estilo de relación con la vida y con la Madre Tierra, de respeto, cuidado y veneración.

Boff y los dos Franciscos

En su libro Nueva primavera en la Iglesia: Francisco de Roma y Francisco de Asís, Leonardo Boff traza un paralelo entre ambas figuras. “Emergieron en la historia en un momento crítico de la Iglesia. Francisco escuchó la voz: ‘Francisco, reconstruye mi Iglesia que está en ruinas’. Bergoglio encontró una iglesia completamente desmoralizada por diferentes escándalos. El nombre Francisco más que nombre es un proyecto de Iglesia y de mundo. Él está reconstruyendo el edificio eclesial a modo de San Francisco con los valores de la pobreza, ternura, sencillez, proximidad al pueblo, y absolutamente despojado de los símbolos del poder”.

–Las bases de la Teología de la Liberación están, según sus teóricos, en las periferias, en los oprimidos. Entre ellos, están las mujeres. ¿Considera que existe una teología desde la mirada femenina? O, más aún, ¿la Iglesia hoy considera a la mujer como un “sujeto teológico” diferente del varón?

–La Teología de la Liberación trabaja con esta contraposición: opresión-liberación. La pobreza no es algo inocente y natural, sino que es producida por relaciones sociales injustas, como lo han denunciado muy claramente los documentos de Medellín (1968) y Puebla (1977). Fueron hechos pobres; por lo tanto, son empobrecidos y oprimidos. Contra esta opresión cabe crear liberación. La Teología de la Liberación lo hace desde el capital espiritual del cristianismo, de la tradición del Éxodo, de los profetas y de la práctica de Jesús y de la gran Tradición de la Iglesia. Marx no es ni padre ni padrino de la Teología de la Liberación. Ella siempre fue esto a pesar de que muchos no la han visto así y la han condenado como marxista. En tiempos de las dictaduras militares en América latina, todos los que querían cambios sociales en beneficio de los pobres eran calificados de marxistas, como si el marxismo tuviera el monopolio de la idea de transformación. Finalmente, las más altas instancias doctrinales de la Iglesia la han reconocido oficialmente como una teología que nace del corazón del mensaje de Jesús. No hay que olvidar que somos herederos de un prisionero político, un torturado y colgado en una cruz, Jesús de Nazareth. Como las opresiones tienen muchos rostros, hay una opresión que es típica de las mujeres. Hace ya más de diez mil años que ellas sufren bajo el patriarcalismo universal y el machismo típico de América latina. Esto ha deshumanizado a las mujeres y también a los hombres. Las mujeres se han dado cuenta de esta opresión y desde su realidad como mujeres han hecho excelentes reflexiones en el sentido de la liberación, pero no solo de las mujeres, sino también de los hombres, los principales causantes de esta opresión patriarcal. La mujer tiene otra mirada hacia Dios, lo sagrado y lo espiritual, y en general, hacia la realidad. Lo que las mujeres han hecho fue pensar la fe cristiana desde su situación femenina y nos han ayudado a entender dimensiones del misterio cristiano que antes no se veían, en especial, descubriendo que Dios no es solo Padre sino también Madre. O mejor: es un Padre maternal o una Madre paternal. No solo un Dios de la justicia hacia los oprimidos, sino también una Madre de infinita bondad hacia todos sus hijos e hijas humillados y ofendidos. Es lamentable que ese valor elaborado por las mujeres no tenga el suficiente reconocimiento por parte de la institucionalidad de la Iglesia, fuertemente marcada por los hombres y con señales de patriarcalismo.

–¿Qué quiere decir cuando afirma que las mujeres “son las profetisas de una misión mesiánica para salvar a la Tierra”?

–En verdad, no se trata de salvar a la Tierra, porque ella no nos necesita, existió millones de años sin nosotros. Nosotros necesitamos de la Tierra. De lo que se trata es de salvar la vida sobre la Tierra. Las mujeres, por su constitución natural, están más próximas a la vida, porque son ellas quienes generan la vida. Tienen, en razón de esto, un mayor sentido de cuidado que los hombres. Son más cooperativas y menos competitivas, más sensibles a todo lo que es sagrado, y captan con más facilidad los mensajes que vienen de todos los lados. Por esta razón, son convocadas más que los hombres, pero junto con ellos, a cuidar de la vida y a proteger la integridad de la Madre Tierra. Es misión de los profetas cuidar de los más desamparados, enjugar las lágrimas y consolar a los desesperados. Las mujeres tienen este carisma a pesar de que no sea exclusivamente de ellas. Una declaración de uno de los documentos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura lo dice todo: “Hay que dar más poder de decisión a las mujeres si queremos salvar la vida sobre la Tierra”. No se dice “dar poder de participación”, algo que siempre se ha dicho, sino “poder de decisión”, lo que implica un acto político de gran relevancia. Esto va en la línea del papa Francisco, quien subrayó la necesidad de dar más poder de decisión a las mujeres, en el mundo y dentro de la Iglesia.

–¿Qué opina del sacerdocio femenino?

–La teología ha dejado claro que no existe dogmáticamente nada que impida a las mujeres representar sacramentalmente a Cristo, es decir, ser sacerdotes. No hay por qué empobrecer a las comunidades negando la función sacerdotal a las mujeres. Pienso que llegará un día en que los ojos de la jerarquía de la Iglesia van a abrirse a esta posibilidad y de este modo habrá mucho más equilibrio dentro de las Iglesias. María pudo como mujer concebir al Hijo de Dios, pero sus compañeras, las mujeres, no pueden representarlo. Todos los apóstoles traicionaron a Jesús. Las mujeres siempre le fueron fieles y lo acompañaron hasta al pie de la cruz. Fueron ellas las primeras testigos del hecho mayor de la fe cristiana, la Resurrección, pero eso no cuenta para nada en la Iglesia jerárquica cuando se trata de darle alguna centralidad.

–¿Qué dice ante el argumento de que la Teología de la Liberación fue una teoría que se fijó demasiado en lo material a expensas del mensaje espiritual de Cristo?

–Este es el discurso de los detractores de la Teología de la Liberación. Quien haya leído algo serio sobre esta teología puede constatar que ella nació a partir de un profundo encuentro con el Señor, crucificado en los pobres. El primer momento, como siempre afirma Gustavo Gutiérrez, es el silencio frente al misterio del dolor humano. Enseguida surge una indignación profética que se expresa en “Esto no puede ser”. El tercer paso es un acto de amor, de hacer una opción por los pobres, contra su pobreza y en favor de su vida y libertad. Por fin, comprometerse con ellos para salir de esta situación indigna. Nadie puede estar de parte de los pobres si no los ama. Todo esto es una ruta espiritual. No reconocerlo es hacerse indiferente frente a los sufrientes de este mundo. Entonces, no es verdad que la Teología de la Liberación se fijó en lo material, valorando menos a la espiritualidad. El compromiso con los pobres nació de lo espiritual. Cabe preguntar: ¿qué más espiritual que saciar el hambre de una persona o atender a la petición del Padrenuestro de “danos el pan de cada día”? Bien decía el místico Ruysbroeck: “Si estás en un éxtasis místico con Dios y un pobre te pide pan, deja el éxtasis y ve a darle pan al pobre porque el Dios que encuentras en el pobre es más seguro que el Dios que dejaste en el éxtasis”.

–¿Qué reflexión le merece la respuesta de Teresa de Calcuta al alcalde de Nueva York cuando él le habló de la “miseria de la India” y ella le dijo: “En la India tenemos miseria material, pero ustedes, en Occidente, tienen miseria espiritual”?

–La Madre Teresa de Calcuta dijo una gran verdad. Yo mismo en mis viajes al Primer Mundo he constatado la profunda pobreza espiritual de las personas, perdidas, sin raíces, sin fe y sin tener de qué agarrarse en la vida. La acumulación, fruto de un sistema injusto que valora más el capital que el trabajo, más la eficiencia que las personas, más los bienes materiales que la vida, solo puede producir una aterradora pobreza espiritual porque se hace sordo y mudo a los reclamos de la dimensión espiritual que se encuentran dentro de cada persona. Por eso, una de las tareas que se propone la Teología de la Liberación es rescatar la dimensión espiritual de la vida, más experiencia de Dios que adhesión a doctrinas, más encuentro de Dios en el mundo –especialmente, entre los que más sufren– que preocupaciones por la institución y por la estética de las celebraciones. Finalmente, hay que entender que más importante que la Teología de la Liberación es la liberación concreta de las personas. Esta liberación pertenece a los bienes del Reino de Dios. La teología se justifica mientras reflexiona a partir de estos bienes. Lo que se opone a la pobreza no es la riqueza sino la injusticia, porque este es el gran ideal cristiano desde los orígenes en los Actos de los Apóstoles.

–¿Cómo una persona que no es consciente de su dimensión espiritual abre su corazón a ella? ¿Cómo comienza a transitar esa dimensión?

–No es fácil mostrar un camino de vida espiritual. Lo que se puede pedir es que las personas sean verdaderas, honestas, íntegras, amantes de la vida, solidarias y compasivas frente al sufrimiento humano. Vivir estas dimensiones es vivir valores no materiales que no se encuentran en los bancos ni se pueden comprar. Sin embargo, en ellos reside el mundo de los valores y de la ética humana mínima. Pero cuando el ser humano se interroga sobre el sentido de su existencia, del dolor del mundo, del futuro que puede esperar, y se da cuenta de que es parte de un todo más grande, puede abrirse a la Trascendencia, puede ver sentido en creer en un Dios que penetra la realidad y le confiere unidad y sentido. Esto viene por el camino de la espiritualidad más que por los caminos convencionales de las religiones y de las Iglesias. En el fondo, el ser humano se da cuenta de que es un proyecto infinito y no encuentra en este mundo ningún objeto que le sea adecuado. Solo un infinito puede saciar su sed infinita. En este horizonte tiene sentido hablar de Dios. Pero lo que más convence es el diálogo franco y amigo, el amor verdadero, el testimonio de que vale la pena entregarse a un Ser más grande y sentirse en la palma de su mano. De este trueque pueden nacer interrogaciones que llevan a descubrir el mundo espiritual.

ETIQUETAS espiritualidad Leonardo Boff religión

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