Bilma Acuña: “Florecé donde te planten” - Sophia Online

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Bilma Acuña: “Florecé donde te planten”

Ciudad Oculta, el barrio que la vio crecer y luchar en un contexto adverso, es hoy, para Bilma Acuña, su familia grande. Qué aprendió, qué busca transmitir y qué sueña esta admirable líder comunitaria, la cofundadora del Movimiento de Madres en Lucha contra el Consumo de Paco.

POR Agustina Rabaini
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«Con la venta de droga peleamos contra un gigante que como mamás no podemos erradicar, pero tampoco vamos a quedarnos quietas».

Cuando empezamos a pensar en este número, imaginamos una nota que pudiera reflejar el sentido de la maternidad mucho más allá de los hijos biológicos. Allí apareció el nombre de Bilma Acuña, una mujer de casi 54 años que llegó de Paraguay a Ciudad Oculta, en Villa Lugano, cuando tenía solo 3, y devino líder comunitaria, referente barrial y ejemplo de resistencia comunitaria.

Bilma sufrió la pérdida de uno de sus seis hijos, David, asesinado en 2001 por un grupo de jóvenes que protegían a un narcotraficante, y desde hace veinte años dirige el centro comunitario En-Haccore (“Manantial del que clama”, en arameo).

Allí, en el corazón de Ciudad Oculta, Bilma y sus colaboradores ofrecen no solo platos de comida sino actividades y motivos para fortalecer a la comunidad. Hasta allá fuimos a visitarla y al conversar con ella, mientras el mate rodaba, supimos que Bilma extiende los brazos porque eso mismo que cuentan los que llegan desnutridos, enfermos o quebrados lo vivió ella en carne propia.

«Hubo un momento en el que con las mamás ya no nos encontrábamos en las reuniones sino en los velorios de nuestros hijos».

Tal vez por eso durante la charla hable en voz baja, casi imperceptible, cuando reviva momentos en los que se dobló sin quebrarse, gracias a una fuerza inamovible que la hace decir adonde vaya –a tocar puertas, acompañar a chicos al borde la muerte o buscar recursos–: “Si Dios está conmigo, quién contra mí”. Si Dios está con Bilma, quién contra los vecinos de Ciudad Oculta.

“A la fe no la perdí nunca”, dice esta madre de muchos hijos (propios y ajenos) y abuela de once nietos, que se animó a reemplazar el “ojo por ojo” por el reclamo de justicia, primero, y el perdón, después. “Muchas veces se confunde la palabra ‘venganza’ con la palabra ‘justicia’, y no se le da valor real a la palabra ‘amor’”, comenta luego de haber visto morir a su hijo de 16 años en manos de una banda de jóvenes del barrio. Desde entonces, Bilma no paró hasta pedir justicia y lograr una condena. “No me puedo enojar con esos pibes porque son parte de este mismo contexto violento que nos atravesó”, explica, víctima ella también de un círculo que, junto a otros, hizo tanto por romper, debilitar, desarmar.

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–¿Cómo fue tu propia infancia en estas calles?
–Somos cinco hermanos y mis padres vinieron a la Argentina desde Paraguay cuando todavía había mucho trabajo. Nos vinimos a Ciudad Oculta, que era una villa pero con gente solidaria y vecinos que ayudaban a cuidar a los más chicos. Fuimos creciendo hasta la dictadura, cuando vino la erradicación de las villas. Tenía 15 años y fue muy doloroso porque hubo que alejarse de todo lo conocido.

–¿La infancia tuvo momentos difíciles?
–Sí. Mis padres trabajaban y mi papá era alcohólico. No era malo, sufría las injusticias, pero estaba preso de su problema. Mamá estaba siempre enojada y había gritos en casa; de chicos teníamos miedo. No pasamos necesidades económicas pero sí afectivas. Empecé a trabajar a los 9 años cuidando a mis primitos y con mis hermanos compartíamos los útiles, porque algunos íbamos a la escuela a la mañana y otros a la tarde. No supe lo que era un juguete, viví esa etapa con responsabilidades.

«Un día supe que no quería solo dar de comer sino tender un puente hacia los chicos y las mujeres golpeadas».

–¿Cómo nació tu fe?
–Empecé a ir a la Iglesia a los 13 años y me gustaba estar ahí, hablar con los catequistas. Los jóvenes estábamos muy involucrados, hacíamos reuniones, y cuando una familia o un enfermo necesitaba, tratábamos de ayudarlo. Como con mis hermanos íbamos a la escuela a unas cuadras de la villa, sufríamos discriminación. Estaba la idea de que lo malo venía de las villas o de los pobres. Y yo me refugiaba en la fe. Cuando ya estaba lejos de Ciudad Oculta, tuve a mi primer hijo, Pablo, y también me acerqué a la Iglesia. Fui mamá a los 19 años y no estaba preparada, pero fue lo más hermoso que me pasó. Como mamá soltera, empezó mi otra lucha, la de ser mamá y salir a trabajar. Poco a poco pude salir, y al año y medio de tener a mi hijo volví a hacer pareja con el papá de los tres hijos que siguieron: Leandro, David y Nadia. En esa época me fui al Sur, lejos de mi familia…

–Vos luchaste mucho para que los jóvenes pudieran superar el “estigma” de la villa…
–Sí, la discriminación y la falta de afecto se sufren mucho. Lo que se siente es feo y se vive como una amenaza, y si a eso le agregás la violencia… En lugares como este y en otros países, educar a los golpes es cultural. También lo pasamos. Y no había que llorar por nada ni mostrar debilidad. Quizás eso fue también lo que de grande me motivó a trabajar con chicos. Ellos a veces no expresan lo que les pasa, pero sienten el dolor, el desprecio o el frío.

–Cuando te tocó criar a tus propios hijos, ¿pudiste no repetir eso?
–Traté de no hacerlo porque lo más común es que se repita. Le pedía a Dios que me diera paz y sabiduría porque, claro, nadie te enseña a ser padre. Al contrario, uno crece con los hijos. No dudo de que mis padres nos amaran, solo que a su manera. No sabrían bien cómo hacerlo o transmitirlo. ¿Cómo puede uno transmitir lo que no recibió? ¿Cómo se sobrevive en un entorno donde hay tanta violencia?

–Tu primer compañero, el papá de los tres chicos, ¿también era violento?
–Sí, con él viví una etapa muy dura porque en esa época no había recursos para las mujeres golpeadas. Cuando ibas a hacer la denuncia costaba mucho y todo terminaba en el “por algo será”. También te generaban culpa; más de una vez te preguntabas por qué no habías hecho alguna cosa. Viví un infierno porque casi nos prende fuego vivos a mis hijos y a mí. Vivimos situaciones con cuchillos, sangre, amenazas. Dios me guardó de que no me matara. Me costó mucho salir porque mis bebés eran chiquitos y no tenía recursos ni dónde ir.

–¿Tus chicos sufrieron las consecuencias?
–Sí, ellos también lo pasaron y después vinieron otras cosas… Hoy tengo a dos de mis hijos en consumo de droga, y él a su vez tenía dos hijos que también estaban conmigo. Los cuatro míos más los dos de él eran seis chicos en total. En un momento tomé fuerza, me escapé y dormí en el piso con mis hijos. Me fui con lo puesto. Me dieron alojamiento en la misma fábrica donde había empezado a trabajar como obrera. Despacito pude hacer todo el proceso para poder escapar. Igual me separé, me fui, y a los cuatro años conocí a mi pareja actual, con la que después tuvimos a mis hijas gemelas, Naara y Priscila… También pude tener otros chicos a mi cargo, como guarda. Siempre me gustaron los chicos y esa era mi vida, ellos eran mi vida en medio de la violencia.

Bilma, que en total tuvo seis hijos propios, enciende un cigarrillo, pasa un mate, y en el último rato casi no la escucho porque su voz fue bajando. Pero poco a poco sube el tono y dice que de chica ya soñaba que a su casa llegaban chicos abandonados.

–Entonces encontraste un nuevo compañero, Abel, y se quedaron acá, en Ciudad Oculta…
–Sí, con él (N. de la R.: Señala a Abel Meza, su marido, que trabaja junto a ella en este centro comunitario) estamos juntos desde hace veinticuatro años, y seguimos acá, pero no vivimos en la villa. Yo me tuve que ir, vivimos a treinta cuadras y esa fue toda otra historia… En un momento, mi hija Sandra –hija del papá de mis tres hijos– hizo pareja con un chico que estaba enfermo y le transmitió HIV. Mi hija no resistió tanta cesáreas y maltrato, y murió dejándome cuatro nietos. Ahí todo fue bravo porque ella murió en marzo de 2001 y en agosto murió mi hijo David. Había sido testigo de una situación y lo asesinaron. En esa época morían muchos pibes acá en el barrio, y con las mamás ya no nos encontrábamos en las reuniones sino en los velorios de nuestros hijos. Mi preocupación fue siempre el tema de las muertes muy tempranas entre los pibes, por el enfrentamiento entre las bandas.

–Así empezaron los escraches, Bilma, para pedir justicia. ¿Por eso te tuviste que ir?
–Sí. La gente que vendía drogas ya había asesinado a diez pibes, y las familias de los chicos optaban por dejar las casas e irse. No hacían las denuncias porque había complicidad con la policía. Pero yo los denuncié y empezaron a amenazarme. Así comenzamos a juntarnos. Con ayuda del Juzgado y con la protección a las víctimas, me dieron un comodato para poder irme. Tuve que abandonar el lugar pero siempre seguí trabajando comunitariamente. Armamos redes –la red Nuestros Derechos– y con los escraches nació el Movimiento de Madres en Lucha contra el Consumo de Paco. Con el tiempo pudimos armar el albergue para los chicos que hasta entonces llegaban a casa pidiendo protección.

–¿Tu familia te apoyaba? Vos tenías a tus chiquitos más los chicos en guarda…
–Al principio veían como algo natural que hubiera chicos en casa porque los conocían del barrio. Pero cuando fueron creciendo me demandaron más tiempo, y con las muertes de mis hijos y las dificultades, mi familia se fracturó. (Hace una pausa). Cuando falleció David, mi hijo Pablo tuvo estrés postraumático. Una depresión aguda lo llevó a una internación psiquiátrica. Cuando salió tenía que hacer un tratamiento ambulatorio y fue dejando la medicación psiquiátrica por el consumo. Así que mi hijo hoy es paciente dual: psiquiátrico y a la vez consumidor. Cuando murió David, Pablo se enfermó de dolor y rencor, y hoy sabemos que no hay medicación que pueda mitigar eso.

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Una de las colaboradoras del comedor y centro comunitario En-Haccore.

–¿Qué te dio fuerza para seguir?
–La fe en Dios, la familia, los hijos, los nietos, y venir acá todos los días. Aprendí que no hay que preguntar por qué suceden las cosas sino para qué, y sé que lo más difícil es perdonar. Este es un grupo comunitario, acá vienen los chicos y los padres, y viene el hijo de uno de los que le disparó con un arma de grueso calibre a mi hijo. La familia no tiene nada que ver y ellos también son víctimas de este entorno injusto… Hay madres que les dan armas a sus hijos a los 7 u 8 años. Les enseñan a manipularlas “para protegerse o protegerlas”. Y después de eso, ¿qué?

–¿Por qué seguís acá en el barrio?
–Siento que tengo que estar. Esta es otra etapa, porque ahora hay mucha gente que colabora y se involucra. El tiempo del “no te metás” ya pasó. Llegó un momento en el que con las mamás nos decíamos: “Mi problema también es el tuyo”. Los escraches los hacíamos contra la gente que vendía droga porque cuando empezó a entrar el paco a la villa se agravó todo… Comenzaron a regalarlo y se quebraron los lazos solidarios entre los pibes porque solo pensaban en consumir. Todo sucedió rápido, y como yo ya había tenido una guerra con la gente que vendía, empecé a pedir a los organismos y a acompañar a otras mamás. Hacíamos volantes y los medios empezaron a conocernos como “las mamás del paco”.

–En Ciudad Oculta tienen un parador. ¿Qué hacen cuando llegan los chicos al lugar?
–Los acompañamos y nos gustaría lograr que el proceso para llegar a los lugares de tratamiento fuera más rápido. ¿Sabés cómo vienen esos chicos? La gente los rechaza y ya vienen perseguidos. Ahora logramos tener una unidad de traslado con un equipo de profesionales que acompaña y hace que el pasaje hasta los lugares de rehabilitación no sea en patrullero. Lo que falta es un centro de emergencia donde puedan recuperarse para recién después pasar a los centros de rehabilitación.

–Bilma, ¿cómo nació este centro comunitario y qué aprendiste estando acá?
–El comedor nació en 1993 a partir de esa preocupación que tenía por los más jóvenes. Me dolía que afuera no le interesáramos a nadie y tener que escuchar: “Que en las villas se maten entre todos”. Un día me dije que no solo quería dar de comer sino tender un puente para poder acompañar a los chicos y a las mujeres golpeadas, porque a todo eso yo antes lo viví. Con las mujeres nos organizamos y pedimos las aperturas de calle para que la villa se convirtiera en barrio. Se comenzó la gestión y al tiempo pudieron volver a entrar las ambulancias, los patrulleros, y empezamos a ver cómo podíamos mejorar las viviendas.

–Entonces, ¿si Dios está con vos, nadie en contra, Bilma?
–Sí, siempre digo eso, porque lo afectivo es lo que más duele y siempre te pegan ahí. Me han pasado cosas increíbles. En un momento estuve muy enferma y sentía que me moría. Me había separado con cuatro chicos y tenía metrorragia, pérdidas de sangre, por meses. Un día me desvanecí y estaba desnutrida, las tenía todas. Esa vez le pedí a Dios poder seguir por mis hijos. Y pude hacerlo. Pensé: “Si Dios me devolvió la vida, es por algo”. He estado en medio de tiroteos, las balas me pasaban y en esos momentos también le daba gracias a Dios por usarme para ayudar a salvar una vida.

–¿Por qué hablaste todo el rato en voz baja? ¿Hay algo que te duele mucho todavía?
–Y, sí, hablar moviliza mucho. Antes me preguntabas por la maternidad y mi vida fue bastante movidita, pero ya a los 19 años encontré un motivo para seguir viviendo. Mis hijos fueron lo más importante y por ellos pude perdonar. Cuando ves cómo crecieron los pibes acá, te das cuenta de que nadie nace malo ni delincuente ni drogadicto. A veces no se toma conciencia del valor que tiene la palabra ‘amor’ y cómo está manoseada, igual que la palabra ‘felicidad’. A veces es poco lo que hace la felicidad. Quizá no tenemos una planta, pero vemos una flor, un cachorro, unos chicos riéndose. A veces hay que poner más la mirada en esas cosas y entender que a la felicidad no la hace el entorno sino uno. Y buscar la felicidad en lo que hacemos. Muchas veces nos envenenamos con rencores y frustraciones y por eso siempre ayuda hablar de lo que nos pasa. El silencio también destruye.

–¿Te arrepentís de algo?
–No. Una vez en la Iglesia leí una frase que decía: “Florecé donde te planten”. A mí me tocó estar acá y acá vamos a seguir. Muchas veces te pegan y tratan de golpearte o te obligan a renunciar a muchas cosas. Pero como yo amo a Dios, la recompensa es de él y la satisfacción de dar una palabra de aliento no se compara con nada. Lo que importa ahora es poder relacionarnos de otra manera, sin discriminación ni individualismo. Si hablamos de felicidad, yo todavía no sé lo que es ser feliz, pero como mamá sí lo he sido. Y quiero mostrarles a ellos que hay una manera de vivir sin violencia.

Fotos: Sebastián Arpesella/Fundación Crisol.

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