28 de abril de 2026
“Baila, baila, de lo contrario estamos perdidos”, dijo la coreógrafa alemana Pina Bausch. Y es que la danza tiene esa misteriosa cualidad de devolvernos alegría, libertad, placer; de ponernos en contacto con una sensibilidad extraordinaria y profundamente humana. Un cuerpo que baila es un alma que se expresa.
Esa magia se aprecia en Bigonzetti + Stekelman, el más reciente espectáculo del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, que presenta sus últimas funciones en el Teatro Alvear (una sala hermosa ubicaba sobre Avenida Corrientes 1659) hasta el 24 de mayo, a las 20 h, con entradas desde $10.000 y una duración de 90 minutos.
El espectáculo repone dos obras de diferentes coreógrafos: Rossini Cards, estrenada por primera vez en 2004 por el italiano Mauro Bigonzetti como un homenaje al compositor italiano Gioachino Rossini, y Bailando en la oscuridad, de la argentina Ana María Stekelman.
En una entrevista a Vincenzo Capezzuto, encargado de reponer la pieza italiana en Argentina con bailarines locales, explicó: “Mi trabajo es ponerme en el lugar de Mauro, a quien conozco bien, y ver qué puede salir mejor en cada caso. La coreografía se sigue transformando. Aunque siga siendo la misma, a su vez hay otras versiones, según quien la baile”.
La obra comienza con música de tango, uno de los sellos distintivos de Stekelman, quien en 1992 fundó Tangokinesis, un proyecto que fusiona la danza contemporánea con el tango, una apuesta audaz y de fuerte impronta local. A lo largo del espectáculo también nos encontramos con boleros cantados por Elvira Ríos y una grabación de sonido en inglés donde se conversa sobre Dios, creando un universo sonoro diverso y novedoso en esta reposición coreográfica a cargo de Miguel Ángel Elías y Elizabeth Rodríguez.
En palabras de la propia Stekelman, Bailando en la oscuridad busca “expresar emociones, contenidos interiores, aquellas cosas imposibles de transmitir con palabras”. Y lo que no se transmite con palabras se traduce con el cuerpo, en ese juego de movimiento entre bailarines que necesita del público para su interpretación.
Las dificultades que presenta el amor, los elementos de lo femenino y lo masculino en cada uno, el silencio, las posibilidades, la libertad y la privación de ella, son algunas de las nociones que se desprenden de estas piezas inquietantes y potentes. Nada se grita, sino que se transmite en los movimientos, a veces suaves y armoniosos, y por momentos estridentes.
Los bailarines son excepcionales. Solos, dúos, tríos y bailes perfectamente sincronizados en grupo componen postales bellas que revelan el intenso trabajo artístico y expresivo. En cuanto a la combinación de Bailando en la oscuridad y Rossini cards en un mismo espectáculo, puede resultar algo disonante para el espectador, que debe acompañar una transición que va desde un tono más bien dramático a uno de comedia que requiere de su complicidad.
“Baila, baila, de lo contrario estamos perdidos”. Quizá ser testigos de la destreza, la belleza y el arte de los bailarines sobre el escenario sea una forma de sentirnos menos perdidos en la oscuridad de un mundo donde escasean las certezas.
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