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Bienvenidos a la era de la política pop

En tiempos donde dos mujeres de nuestra política se enfrentan ante las cámaras, vale hacer un alto para leer el nuevo libro de nuestra columnista Adriana Amado "Política pop, de líderes populistas a telepresidentes". Un trabajo valioso para comprender de qué está hecha nuestra dirigencia.

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Dos mujeres de nuestra política acaparan por estos días las noticias de diarios, radio y televisión. Se trata de dos militantes de carrera: una, Cristina Fernández de Kirchner, llegó a presidenta de la Argentina de la mano del peronismo (y del aparato orquestado por su marido, Néstor); la otra, Margarita Stolbizer, creció dentro del radicalismo, espacio que abandonó en 2007 para crear GEN, por el que actualmente es diputada nacional. Se trata de dos mujeres fuertes que, aunque sean «de otro palo», como suele decirse por ahí, eligieron trenzarse frente a las cámaras de televisión, como lo harían dos divas de la tevé.

Todo comenzó cuando una (Stolbizer) denunció que la otra (Fernández de Kirchner) tenía unos cuanto millones de dólares guardados en la caja de seguridad de su hija sin que quedara claro el origen de lo abultado de dichos fondos. Tema moral y judicial aparte, su enfrentamiento nos pone ante una nueva realidad, la de una construcción mediática novedosa, que nuestra columnista Adriana Amado define como el advenimiento de la nueva cultura de la «política pop». De eso, justamente, se trata su nuevo libro: de preguntarse y de explicarnos qué es lo que está pasando dentro de la política y de la televisión, que parecen por momentos la misma cosa.

«Cuando Andy Warhol, el rey de la cultura pop, sentenció que en estos tiempos todos tendrían derecho a sus quince minutos de fama no imaginaba que la forma más expeditiva para lograrlo era convertir-se en político», dispara Adriana en el prólogo de su libro «Política Pop, de líderes populistas a telepresidentes» (Paidós), llevándonos de recorrido por este fenómeno que todos los días podemos ver, por ejemplo, en el programa Intratables, conducido por Santiago del Moro, un envío que comenzó siendo de espectáculos y terminó adaptándose a los tiempos que corren y sus exigencias: hoy los políticos quieren y necesitan cámara.

«Hasta el más revolucionario sucumbe a la seducción de verse en pantalla aclamado por multitudes y adulado en campañas publicitarias que repiten incansablemente que son los líderes que la patria necesita», señala Adriana quien a su vez describe un nuevo rol para el periodismo: groupies que siguen a la celebridad de turno (de la política, claro) como si fueran estrellas del espectáculo­. «El periodista pop alardea de ser intérprete privilegiado de la voz de la gente igual que el caudillo pop se erige como vicario del pueblo», en palabras de la autora, con quien charlamos para conocer un poco más acerca de su nuevo trabajo. Una ensayo donde analiza especialmente la incidencia de los medios en el liderazgo de algunos de los presidentes latinoamericanos durante la última década, pero donde en definitiva se desnuda el sentido que opera detrás de la construcción de la nueva política.

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—¿Cuál fue el puntapié inicial para dar vida a este libro donde los políticos aparecen como personajes televisivos y televisables?

—Un día me aburrí de leer los mismos lugares comunes para analizar los políticos en los medios de comunicación. Todo el tiempo escuchaba las mismas ideas que no terminaban de explicar lo que significaba esa fusión de política y espectáculo. Empecé a buscar los fundamentos de ciertos conceptos y me encontré que la mayoría no tenía sustento. Por ejemplo, se repite una y otra vez que hay que estar en la televisión para triunfar en la política. Eso no fue verdad ni para Carlos Menem ni para Néstor Kirchner, que era casi desconocidos en los medios cuando llegaron a la presidencia. Y a la inversa, su presencia televisiva no le alcanzó a De La Rúa para legitimarse en el poder. Tampoco son tantos los personajes de la farándula que se consagraban en la política, sino las excepciones. Cuando me puse a buscar las explicaciones me encontré con mucha investigación y autores que rebatían esos lugares comunes que al periodismo le encanta repetir para analizar la política en la televisión. Y me pareció que compartir esas lecturas era una forma de empujar un debate que nos estamos debiendo.

—¿Qué rol juega el periodismo a la hora de armar esta nueva cultura de política pop?

«Pensar la política y los medios contemporáneos como procesos más globales me ayudó a entender más la humanidad que compartimos con tantas otras personas que no solemos pensar como prójimos. Muchas de las cosas que nos pasan no nos pasan porque somos peronistas, radicales o socialistas: nos pasan porque somos seres humanos».

—El periodismo es parte de la cultura pop y le compite a los políticos ese afán de protagonismo. Si hasta piden entrevistarlos en exclusiva porque no admiten ruedas de prensa donde el protagonista no sea el periodista estrella. La política pop necesita la exhibición a cualquier precio, por eso la polémica y la tertulia inconducente es su formato favorito. En una sociedad informada, con un periodismo enfocado en la investigación, muchos de los personajes que han hecho bastante daño no hubieran podido superar la votación en su consorcio. Y para informarse se necesita algo más que panelistas llenos de opiniones: se necesita producir datos alternativos a los que facilitan las fuentes oficiales y contrastar las declaraciones polémicas con hechos concretos. Hoy se dedican a comentar las declaraciones de Facebook de dirigentes que no resistirían un mano a mano con nadie. Entonces contribuyen a darle visibilidad al político sin aportar nada de valor a la sociedad.

—¿Y dónde quedamos ubicados los ciudadanos/televidentes ante este nuevo fenómeno?

—Creo que en el triángulo de políticos, periodistas y ciudadanos, nosotros somos los más agobiados por ese juego del espectáculo en el que siguen enfrascados los otros dos. Por eso leemos cada vez menos diarios y le creemos menos a los políticos y podemos pasar sin culpa de un partido a otro incluso dentro de una misma elección. Si se habilitaran más canales de diálogo abiertos con la ciudadanía, los políticos saldrían de su burbuja mediática y se acercarían un poco más a los problemas de sus votantes. A la vez, si los periodistas consultaran más fuentes ciudadanas que políticas, que son las que predominan en sus notas, seguramente sus noticias tendrían más credibilidad e interés para los lectores. Política y periodismo se parecen en que se mienten unos a otros, pero después hacen como que la sociedad les cree.

—¿Qué fue lo que más te llamó la atención durante la investigación y qué confesiones de autora podés compartirnos?

Una mujer en los medios

Adriana Amado es columnista de Sophia. Estudiosa de la comunicación pública y los medios masivos, se doctoró en Ciencias Sociales y luego se licenció en Letras, para poder combinar la divulgación con la escritura. Es docente e investigadora en la UBA y profesora invitada en posgrados de Iberoamérica. Activista social en temas de información pública, sus escritos se pueden consultar en: www.catedraa.com.ar

Adriana Amado

—Una de las cosas mejores de mi trabajo es que me hace viajar bastante y eso me permite conocer gente de lugares muy diferentes. En todos estos años en que estuve investigando el tema, descubrí cuan cerca están nuestros problemas de los de los colombianos, ecuatorianos, españoles, sudafricanos… A veces, en Argentina, nos ponemos en un estado de excepcionalidad permanente, tanto para creernos los mejores como para los peores. Sin embargo, los problemas contemporáneos son más generales de lo que pensamos. Pensar la política y los medios contemporáneos como procesos más globales me ayudó a entender más la humanidad que compartimos con tantas otras personas que no solemos pensar como prójimos. Muchas de las cosas que nos pasan no nos pasan porque somos peronistas, radicales o socialistas: nos pasan porque somos seres humanos.

—¿Cuál es el sentido principal de que comencemos a reflexionar sobre este fenómeno que mencionás?

—La política y los medios no pueden ser mejores que la sociedad que los contiene. Si queremos mejor política y mejor televisión, nosotros tenemos que mejorar nuestras discusiones cotidianas porque eso automáticamente eleva la calidad del debate público. Hace mucho que me dedico a enseñar y divulgar cuestiones de comunicación porque veo que en otras sociedades los procesos de mejora vinieron de las exigencias de la comunidad y nunca de las dádivas de los iluminados. No podemos esperar que los medios decidan mejorar la calidad de las noticias, ni que los políticos hagan lo propio en la política: tenemos que empezar por exigir mejor información y empujarlos a salir de ese lugar del espectáculo que tan cómodo les resulta para que se vengan a la vida cotidiana, donde están los problemas concretos que esperan solución.

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