Sophia - Despliega el Alma

Género

14 noviembre, 2013

Belleza perfecta


¿Víctimas o cómplices?

Son cada vez más los datos de la realidad que nos invitan a reflexionar sobre cómo las mujeres seguimos reglas de belleza que no son nuestras. ¿Te preguntaste por qué? Te acercamos una investigación que invita a pensar acerca de los modelos que seguimos y los que nos imponen. Por Isabel Martinez de Campos y Carolina Cattaneo. Imágenes de Sanja Ivekovic.

La escena comienza con Nadia, una chica rusa de 13 años, que –vestida con ropa interior– es sometida a un riguroso escrutinio para ver si cumple con la linda cara y los ínfimos centímetros requeridos para partir como modelo a Japón y, finalmente, poder salir de la extrema pobreza en la que vive en Siberia. Sus “ojeadores” la seleccionan y Nadia parte con ellos a Tokio. Allí, se da cuenta de que nada es tan maravilloso como imaginaba. No tiene dinero para moverse, vive junto a otras chicas en una habitación precaria, y su vida es ir de casting en casting, en un marco de maltrato y poca contención. En esas circunstancias es imposible escapar, pero un día, al leer la letra chica de su contrato, descubre que hay una única salida para que la devuelvan a su país: engordar. Aunque parezca una paradoja,  dejar de responder a los cánones de belleza fue el pasaporte de Nadia hacia su libertad.

El documental Girl Model es una metáfora del mundo actual. ¿Cuánto seguimos atrapadas las mujeres en los mandatos de belleza como valor esencial? ¿Cuánto tiempo del día nos dedicamos a preocuparnos por nuestro aspecto físico y la imagen ante los demás? ¿Dónde ponemos la autoestima? ¿Cuándo nos animaremos finalmente, como hizo Nadia, a decir no a un mandato que no viene impuesto por nosotras sino por un mercado que lo pide?

Los síntomas de que el sometimiento sigue vigente son muchos. Y van de las grandes noticias de los diarios a las situaciones más cotidianas de la vida. En Dinamarca, un programa de televisión llamado Blachman levanta polémica. Varios hombres tirados en un sofá juzgan el cuerpo de una mujer desnuda que, como regla, tiene que quedarse muda mientras sus voyeurs analizan, como si se tratara de mercadería, cada detalle de su cuerpo. El director del programa,  de reconocida trayectoria en su país, disfraza la propuesta de vanguardista mientras parte del mundo lo apoya y otra mínima porción lo acusa de “sexista”.

Más cerca, en la Argentina, un programa de canto que recorre el país muestra al conductor impecablemente trajeado y a sus secretarias en diminutas minifaldas; una periodista publica su libro y en la tapa necesita exhibir su espalda desnuda, no se sabe si para vender más ejemplares o porque, a pesar de su inteligencia y capacidad, aún cree que el valor social se obtiene mostrando la piel antes que las ideas.

Esos pequeños mensajes

Vivimos nuestra vida cotidiana perseguidas por exigencias que aparecen con distintos formatos: “Tengo dos kilos de más”, “Esta semana empiezo dieta”, “Se me caen las lolas”, “Odio mi nariz”, “No se puede creer lo que se dejó estar esa actriz”, “Para mí, él me está mirando porque estoy gorda”. Vamos construyendo nuestra autoestima sobre la base de la imagen, de la mirada de los otros, en general varones. “Seguimos viviendo tiempos en los que se alimenta la imagen física, la mujer objeto, en vez de la mujer que hace, que se desempeña, que se desarrolla y muestra distintas aptitudes. Es mucho más importante el aspecto físico que todo aquello que la chica, la adolescente o la mujer pueda demostrar que es capaz de hacer”, asegura Monique Thiteux-Altschul, directora ejecutiva de Fundación Mujeres por la Igualdad, entidad que lucha contra la discriminación que afecta a las mujeres.

¿Nos hemos detenido a pensar en cuántas horas al día nos preocupamos por esos dos kilos de más o esas arrugas que denotan el paso del tiempo? ¿Alguna vez nos preguntamos cuán buenas estamos siendo con nosotras mismas al juzgar con implacable crítica cada detalle de nuestro cuerpo? ¿Para quién hacemos esto y por qué? En El mito de la belleza, Naomi Wolf aseguraba, en los años noventa: “La dieta es el sedante más potente de la historia de las mujeres”. De seguir así, para Wolf, una legión de mujeres brillantes, en vez de comerse el mundo y llegar adonde se les antojara, iban a pasarse la vida amargadas, peleando contra sus cuerpos, pasándolo mal con cirugías y, en definitiva, sufriendo mucho. Lamentablemente, veinte años después, sus ideas siguen más vigentes que nunca.

“Tenemos que trabajar para que haya un desarrollo de la personalidad en forma global, no centrada solo en el aspecto físico. Si esto no ocurre, vamos a seguir viendo a cada vez más chicas que le cortajean la cara a otra por ser linda, o a niñas de 12 años que en las redes sociales agreden con frases como ‘Qué fea que sos’ mientras otra se desespera y contesta: ‘No soy fea’”, dice Thiteux-Altschul.

¿Cuánto tiempo más vamos a seguir dando valor a la belleza como hilo conductor de nuestra vida? ¿Por qué tenemos esta imperiosa necesidad de vernos lindas y agradar? ¿Esto forma parte de nuestra naturaleza o estamos sometiéndonos a modelos ajenos?

ETIQUETAS estereotipos de belleza

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