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Inspiración

27 diciembre, 2016 | Por

Balances, ¿suman o restan?

Termina el año y por todos lados nos hablan de hacer balances. Pero ¿es necesario escribir una lista de los "debe" y los "haber" como si nuestra vida fuese una empresa? ¿Es éste el momento justo para hacerlo? Unas líneas para reflexionar.


Para muchas de nosotras, diciembre es sinónimo de corridas, presiones y un sinfín de obligaciones que hacen que las semanas vuelen hasta que caigamos rendidas, la noche del 31, satisfechas por haber llegado hasta allí, pero sin ánimo para preguntarnos hacia dónde vamos y cómo seguir nuestro camino el año que viene. Con el fin de año llegan las despedidas, los cierres, los preparativos para las Fiestasy también los repasos: esa costumbre de mirar hacia atrás para confrontar lo que nos habíamos propuesto con lo que fuimos viviendo y pudimos conseguir. Queríamos estar más tiempo con los chicos, dedicar más horas a la lectura, tomar ese curso qué tan bien nos vendría, hacer más actividad física, encontrar más tiempo para acompañar a nuestros padres y abuelos ¡o para estar a solas o con nuestro marido! Y ahora vemos cómo todos esos planes y deseos quedaron un poco desdibujados…

Pero ¿es necesario hacer este tipo de balances en esta época de emociones y sensaciones alborotadas? ¿Qué tal si hacemos nuestro “balance” o revisión sin que el resultado sea negativo, una pila de quejas, una tragedia total? Después de todo, está por empezar un año nuevo y los propósitos se renuevan. La vida, además, siempre viene a sorprendernos y tal vez la mejor manera de estrenar un año sea empezar por entregarnos a lo que pueda llegar, sin planificar tanto. “Si querés hacer reír a Dios, contale tus planes”, dice un proverbio popular, tan viejo como sabio.

¿Qué tal si este año nos proponemos ser un poco como el junco, que es flexible y se bambolea con el viento pero no se quiebra, que sabe acomodarse a las circunstancias en que lo pone la naturaleza? No hablamos de dejar que la vida nos lleve de acá para allá sin más, pero sí de confiar y saber que, como dicen  los navegantes, “no podemos cambiar la dirección del viento, pero podemos acomodar las velas”. También hablamos de escuchar a los maestros, como Rumi, el poeta persa que en el siglo XIII nos regaló una línea que nos puede acompañar todos los días:“¡Silencio! Pídele a Dios que te informe!”.

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¿Es el momento?

Aunque todos nos quieran vender que fin de año es sinónimo de balances, quizá no sea éste el momento indicado para repasos. Virginia Gawel, licenciada en Psicología y formada en terapia transpersonal, sugiere que es mejor dejar este tipo de revisiones para más adelante, tal vez para febrero o marzo, cuando el año comience a rodar otra vez: “En diciembre, la sensibilidad está a flor de piel; todos los estímulos que nos rodean mueven en nuestro inconsciente y en nuestro cerebro conexiones neuronales muy antiguas. Lo que hacemos es mover sensaciones de nostalgia y una memoria de pérdida por lo que ya no está, por lo que podemos perder o lo que no pudimos conseguir, y esto  quizá no resulte beneficioso a la hora de hacer balances… Si hiciéramos balances, sólo estaríamos moviendo las aguas y el resultado de la revisión no sería fidedigno”.

Su recomendación, entonces, es seguir las palabras de Rumi e intentar “aquietar el mar de emociones en el que nos vemos inmersas, para tratar de silenciar nuestra mente de lo que viene desde afuera y conectarnos con nuestra interioridad, con una escucha de nuestras necesidades profundas que va a indicarnos el camino a seguir”.

Virginia recurre a Carl Jung para decirnos que no tenemos que dejar que el ruido exterior de esta época invada nuestro mundo interior: “Cuando dejo de estar escindido entre lo que me exige el afuera y lo que quiere mi ‘adentro’, puedo hacer acuerdos conmigo misma, ser fiel a lo que quiero. Esto no debe verse como un acto de egoísmo, sino como algo mucho más profundo. En palabras de Jung, en ese momento se deja de querer controlar la vida desde el yo para permitir que la guíe el ‘sí  mismo’, esa parte nuestra que sabe cuál es nuestro destino”.

En esta época tan movilizante, tampoco es bueno exponerse en exceso a los recuerdos –de cuando éramos chicos, de cuándo nuestros hijos eran chicos– ni a las presiones y los mandatos que nos vienen de afuera. “Hay algo fatal en nuestra cultura y es esa exigencia que nos dice: ‘Felices Fiestas, hay que ser feliz, Feliz Navidad, Feliz Año Nuevo para todos’ –explica Virginia–. Algunas personas quizá no están en condiciones de ser felices o de mostrarse sonrientes, ya sea porque vienen de perder a seres queridos, porque están atravesando un problema de salud o porque sus padres son muy mayores o sus hijos ya se fueron del hogar…  Si estas personas se comparan con otras, es posible que sientan que todos los demás son más felices que ellos, que todos tienen familias más armónicas que ellos. A fines de diciembre, en cada ventana que se ve iluminada, todos parecen sonreír o eso es lo que las publicidades nos venden, y ésa es una presión muy grande que debemos evitar definitivamente”.

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Víctimas o protagonistas

Para mirar hacia atrás o hacia delante, para organizarnos o proyectar, primero es necesario tener muy en claro desde qué perspectiva estamos haciendo nuestro análisis. Isabel Conen, licenciada en Relaciones Públicas y Coach Transdisciplinario Profesional propone que revisemos, en primer lugar, cómo vivimos este tiempo, para descubrir si lo estuvimos haciendo desde un lugar de víctimas o como protagonistas llevando las riendas de nuestra propia vida en todo momento.

“En lugar de ver todo desde el lugar del ‘tengo que hacer’ o ‘no tengo escapatoria’, podemos elegir cómo responder incluso a las situaciones más adversas”, explica. Ante cada problema, situación y desafío, tenemos la posibilidad de preguntarnos: ‘¿Estoy actuando como víctima o como protagonista?’. Cada vez que pienso que una persona o una circunstancia me obliga a hacer algo, me estoy poniendo en posición de víctima… Cada vez que de mi boca sale un ‘tengo que ir o debería hacer’, pasa lo mismo”, dice Conen.

Lo mismo ocurre en esos momentos en los que pensamos: “Si mi jefe fuera menos rígido y autoritario, yo estaría más contenta en mi trabajo”, en vez de intentar revisar si yo puedo cambiar algo en mi actitud para pararme mejor frente a esa situación. No se trata de negar o cambiar las situaciones que nos toca vivir, sino de enfocarnos en las variables en las que sí podemos incidir, en todo lo que podemos hacer para mejorar nuestra calidad de vida.

Isabel insiste en que en lugar de quedarnos resignados, desde un lugar pasivo, todos podemos responder, actuar, y no sólo reaccionar: “Es muy común que las personas pretendamos que las soluciones nos vengan desde afuera y arreglen nuestras cosas, o que acusemos o culpemos a los demás o a la vida por lo que nos pasa, sin darnos cuenta de lo que nosotros podemos hacer y cambiar”.

¿Otro ejemplo? Si nuestro hijo se estuvo sacando malas notas durante todo el año y sólo esperamos que la maestra y la escuela se responsabilizaran, nos quedamos en un lugar pasivo, de víctimas, y fuimos poco responsables.

No somos una empresa

Algunas veces podemos cometer el error de evaluar nuestra vida personal en los términos en los que una empresa mide sus “debe” y “haber”. Pero nosotras no somos una empresa, y nuestra familia o nuestros vínculos no son relaciones que deben dar ganancias o hacer gala de objetivos o metas cumplidas. Débora y Susana Chajet, especialistas en Programación Neurolingüística del Instituto PNL Buenos Aires, sugieren que nos tomemos este tipo de “balances personales” con calma y no midamos el resultado del año en términos de ganancias y pérdidas, como lo haría una empresa. Con un poco de ayuda, podemos empezar a ver lo que hemos ido logrando o lo que no pudimos conseguir desde otro punto de vista: desde lo que podemos aprender, incluso de los errores.

Si nos equivocamos, tal vez sólo sea cuestión de empezar a reconocer las enseñanzas y aprendizajes que puede dejarnos lo que vivimos. Aunque no se trata de una tarea sencilla, siempre será bueno mirar hacia atrás. “Muchas personas ponen demasiado énfasis en lo que no hicieron o no lograron. Desde ese punto de vista, es lógico que la mayoría de la gente se deprima o se ponga irritable cuando se acerca fin de año”, explican las especialistas.

¿Qué tipo de preguntas podemos hacernos? Susana y Débora nos acercan algunos disparadores a los cuales valdrá la pena dedicar un tiempo de reflexión: “Lo que me pasó este año, ¿era lo que me había propuesto? ¿Qué me gustaría que me pasara el año próximo? ¿Qué objetivos me gustaría lograr? ¿En cuánto tiempo? ¿Está dentro de mis posibilidades obtener un buen resultado o depende de cosas que no puedo manejar? ¿Puede afectar negativamente  a alguien el hecho de que yo logre lo que deseo? ¿Tengo los recursos necesarios? Por último, ¿vale la pena luchar para alcanzar mi objetivo?”.

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Proyectar metas reales

Graciela Iglesias, licenciada en Psicología de la Universidad de Buenos Aires, es coach y dirige la consultora GI Entrenamientos. Ella considera que los balances son instancias productivas para reconocer las metas alcanzadas, para rever las metas que no pudimos cumplir o que resultaron insatisfactorias. “Es importante ver los motivos por los cuales nos equivocamos y aprender de los errores, que siempre son nuestros mejores aliados”, explicó a Sophia.

Si vamos a pensar en algunas metas que nos gustaría alcanzar, Graciela dice que además de armar una lista hay que ejercitar la paciencia, la tolerancia a la frustración, la tenacidad, el compromiso y dos ingredientes infaltables: el coraje y la pasión.

Además, todos los especialistas insisten en que las metas que nos propongamos sean alcanzables. Si una persona tiene pendiente perfeccionarse como bailarina clásica y ya cumplió los 40 años, va a ser mejor que piense en otras alternativas dentro del baile. En Buenos Aires y en otras grandes ciudades, se puede aprender a bailar tantos ritmos como existen.

Por otro lado, hay que esperar el momento justo, que no es el que nos dicen los avisos o los medios de comunicación, sino el que nos marca nuestro interior. “Cuando las aguas ya estén más quietas –explica Virginia Gawel–, podremos mirar qué quiere nuestro corazón, nuestra alma, y preguntarnos: ‘¿Quiero cambiar mi trabajo? ¿Necesito empezar a estudiar? ¿Cómo hago para encauzar estas ganas de expresarme artísticamente? ¿Necesito abrir áreas nuevas en mi vida para conocer gente afín, con la que me sienta bien? Tal vez esto pueda llegar si me anoto en ese curso de análisis de películas, de cerámica o de danza que hace tanto tiempo quiero hacer’”.

La idea, en definitiva, será buscar actividades y proyectos que nos puedan hacer sentir cómodos con lo que esperamos pero, sobre todo, con quiénes somos. Como decía D. W. Winnicott: “El ser precede al hacer; si no, el hacer no tendría sentido”. Podemos lograr, dentro de nuestras posibilidades, que el fin de año no pase de largo sin más y que, en lugar de padecerlo, podamos disfrutarlo, celebrarlo como un momento de encuentro, de reunión, de posibilidades. Disfrutar de lo que sí hay en nuestras vidas en lugar de quedarnos siempre en lo que habría pasado si… Ésa es una amargura que, según Virginia Gawel, podemos intentar ahorrarnos este fin de año.

(Nota de archivo, publicada en el número 112 de la edición impresa de Sophia).

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