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Sociedad

22 febrero, 2022

Atención fragmentada, un gran desafío para la educación

Maestros, padres, abuelos, tíos y adultos, en general, comentan con preocupación la inquietud y la impaciencia de niños y adolescentes. ¿Cómo la práctica de Mindfulness, o atención plena, puede ayudarnos en casa y en la escuela?


Fotos: Pexels.

Por Luciana Tixi

Algunos adultos recordamos con nostalgia mezclada con asombro los tiempos de nuestra infancia, cuando jugábamos por largas horas imaginando mundos posibles, cuando esperábamos a que nuestros padres terminaran alguna tarea o el turno médico sin asistencia de los teléfonos o las tablets. Hoy eso parece una misión demasiado desafiante, para los chicos y para los adultos.

“Cómo se comportan los chicos tiene mucho que ver con cómo nos comportamos nosotros”, dice Marina Lisenberg, psicóloga formada en terapia familiar sistémica, y especialista en Mindfulness. Si observamos nuestro propio comportamiento de adultos, vamos a ver que muchas veces estamos también inquietos, no terminamos de hacer algo y enseguida estamos pensando en lo próximo que tenemos que hacer. Me ha pasado: estar en la plaza con mis hijos y repasar mentalmente las llamadas pendientes del trabajo, o estar de vacaciones frente al mar y pensar en todo lo que debería hacer cuando empezaran las clases. 

Vivimos a ritmos muy acelerados, esa es una verdad de Perogrullo. Y la tecnología tiene mucho que ver con esto, porque nos abrió un sinfín de posibilidades: podemos adelantar muchísimas tareas mientras hacemos otra cosa, la información es más inmediata, hay un sinfín de opciones para elegir lo que a uno podría resultarle interesante. 

“El problema no es la tecnología en sí, sino cómo nos relacionamos con ella. Los adultos, en nuestros momentos libres, quedamos atrapados por el teléfono, en el scrolling de las redes y los medios, pendientes de lo que pasa a nuestro alrededor, pero lo que perdemos es la conexión con nosotros mismos y con los demás, perdemos el contacto cara a cara. No decidimos cuándo recurrir a la tecnología, se transforma en un comportamiento inconsciente que busca ese placer inmediato, esa saciedad que tapa el vacío”, continúa Marina. Esto se repite con los chicos y los adolescentes, que nacieron en un entorno digital, y todo a su alrededor se mueve con inmediatez. Chicos, chicas y adolescentes de hoy viven con la atención fragmentada, tratando de no perderse nada de lo que sucede a su alrededor. 

Marina señala que la atención es lo más valioso que tienen los chicos actualmente. Hay una puja por su atención en las redes, en los medios. En este sentido, la cultura actual –de la que todos formamos parte y a la que todos modelamos– tiene mucho que ver con la conducta de los chicos, chicas y adolescentes que se están volviendo menos autónomos, están perdiendo capacidad de elección consciente, y la capacidad de ponerse en el lugar del otro, lo que acarrea problemas de comportamiento y atención, además de tristeza y ansiedad.

Si bien la Organización Mundial de la Salud no reconoce que el uso problemático de Internet como una adicción, sí alerta sobre los efectos perjudiciales que puede tener sobre la salud, como malestar psíquico, problemas de atención, cansancio.

¿Cómo contrarrestar esta situación? ¿Cómo ayudarlos a conectarse consigo mismos, con los demás y con el entorno en el que viven? “Hay que poner de vuelta en valor el aburrimiento, valorar la incertidumbre. Pero primero tenemos que hacerlo los adultos, porque solo si nos espabilamos nosotros vamos a poder enriquecer la capacidad de los chicos de activar sus recursos”. Marina señala que muchas veces ha trabajado con docentes primero, antes que con los chicos, con estrategias para registrar el propio estado de ánimo, para focalizar y gestionar la atención conscientemente. 

Mindfulness en la escuela, una caja de herramientas portátil 

En los últimos años, Marina Lisenberg ha recibido muchas consultas de instituciones educativas para trabajar en rutinas de autocuidado con los chicos en la escuela o en ámbitos educativos. “Son varias las prácticas que se pueden implementar para cultivar presencia. La más conocida es la respiración, pero hay muchísimas otras”. Cultivar la presencia tiene que ver con estar presentes y con la atención conscientemente focalizada en lo que estamos haciendo. Entonces, la práctica de cultivar presencia puede ser la respiración, el acto de comer, de caminar, de tirarse al sol.

«Hay que poner de vuelta en valor el aburrimiento, valorar la incertidumbre. Pero primero tenemos que hacerlo los adultos, porque solo si nos espabilamos nosotros vamos a poder enriquecer la capacidad de los chicos de activar sus recursos».
Marina Lisenberg

Un ejemplo: durante la entrevista, Marina me pregunta cuál es mi gusto preferido de helado. “Dulce de Leche”, respondo, y ella me guía a través de sus preguntas, hasta que caigo en la cuenta de que lo que hace tan rico a ese gusto (para mí) es un cúmulo de sensaciones que conforman mi experiencia. 

“Lo importante es destacar que desde el Mindfulness no hay una forma correcta de hacer las cosas. Eso depende mucho de cada uno, y tenemos que respetar la propia medida. Lo que me hace bien a mí, puede no ser bueno para otro. Con esta técnica tratamos de hacernos presentes tal cual somos y como estamos”, explica la experta. En las escuelas, como en cualquier otro ámbito, estas prácticas buscan generar micro situaciones de conexión que permitan una autoobservación de cómo estamos, una atención consciente cargada de amabilidad y curiosidad. Y es esta disposición la que va sembrando un camino de observación, conocimiento y regulación de las emociones, que se hace tan necesario en el marco de la vida actual.

En este sentido, las prácticas que pueden proponerse en las escuelas variarán según la edad de los chicos y el contexto sociocultural. Una actividad que Marina suele poner en práctica es la del registro del propio cuerpo, del clima del aula, del clima familiar. 

“El Mindfulness no es una práctica glamorosa”

“También es fundamental tener en cuenta que para plantear la práctica de Mindfulness tenemos que asegurarnos de que los chicos tengan cubiertas las necesidades básicas, no podemos pedirle a un chico que vive en una situación de extrema pobreza que cultive presencia, porque obviamente su cabeza va a estar en otro lado”, recalca la especialista y cuenta que ha tenido la oportunidad de trabajar en escuelas de zonas vulnerables, donde el mayor desafío fue adecuar las actividades a los contextos específicos de esos barrios. “En uno de los barrios donde hicimos la actividad había una cancha de básquet, entonces muchos ejemplos giraron en torno a eso. Me acuerdo de mostrarles cómo en el básquet uno para, observa a quien tiene al lado, y elige cómo continuar. Y mostrarles que eso era transpolable a todos los ámbitos y situaciones de la vida. Lo lindo de Mindfulness es que son prácticas transmisibles en todos los ámbitos y en todos los contextos”, sostiene.

Uno de sus dos libros publicados, El secreto de Emilia, está destinado a chicos de entre cuatro y siete años. Con este libro trabajó también en otra escuela de familias de bajos recursos. “Fue muy conmovedor que las maestras me contaran que los chicos pedían que les leyeran el cuento justo antes de que se terminara la clase, porque eso les permitía hacer frente de una mejor manera a las realidades que tenían que vivir en sus casas”. 

Marina subraya a lo largo de la entrevista que el Mindfulness no es una disciplina que requiera de un elemento o un contexto específico. “Lo bueno del mindfulness es que no se necesita más que a la persona misma. Es como una caja de herramientas portátil. Puedo cultivar la presencia allí donde esté: en la playa, en la cola del banco, en el trabajo, en el colegio, en cualquier lugar puedo hacer una pausa consciente”. 

Sabernos parte de un todo

En contra de lo que se podría creer el Mindfulness no es una práctica individualista; más bien se trata de una actividad que nos conecta con los demás y con nuestro entorno. “Cuando cultivamos la presencia nos damos cuenta del amplio espectro que conformamos, que dependemos de los demás y también del planeta, y que entonces tenemos que cuidarnos y cuidar de nuestro entorno. Esto los chicos lo entienden muy rápido”, dice Marina. 

Por eso, la atención plena transmitida desde una edad temprana podría resultar una herramienta muy valiosa para el autoconocimiento y la expresión de las propias emociones.

Una práctica para ensayar en casa

En su libro Atención Plena para Niños y Adolescentes. Prácticas de Mindfulness, la terapeuta ofrece una lista de actividades para llevar a cabo con los chicos. Una de ellas se llama “Desfile de sonidos” y dice así: 

“Lo bueno del Mindfulness es que no se necesita más que a la persona misma. Es como una caja de herramientas portátil. Puedo cultivar la presencia allí donde esté: en la playa, en la cola del banco, en el trabajo, en el colegio, en cualquier lugar puedo hacer una pausa consciente”.
Marina Lisenberg

«Nos sentamos y cerramos los ojos. Vamos a imaginarnos que estamos sentados en una grada y que vinimos a un desfile de carnaval. Este carnaval es muy especial porque los protagonistas son los sonidos. Si bien no los vemos, los escuchamos con atención total. Hay sonidos que vienen de cerca y otros de más lejos. Podemos reconocer algunos y otros son desconocidos. Quizás aparecen sonidos dentro de nuestro cuerpo. Seguramente algunos sonidos nos gustan más y otros menos. Pasa lo mismo que con los desfiles, a veces entre un sonido y otro hay un tiempo, un espacio intermedio. Simplemente, cuando se dan esos espacios les prestamos atención. Si nos distraemos y nos damos cuenta, volvemos a concentrarnos. Antes de que termine el desfile, descansamos con la atención libre, con nada en particular que escuchar, solo sintiendo el cuerpo y la respiración hasta que abrimos los ojos. Esta versión del desfile mental también se puede hacer con los pensamientos que saludamos y despedimos». 

Marina Lisenberg es Psicóloga (UBA). Fundadora y directora de Attentia Mindfulness, Atención Plena para la comunidad. Actualmente es Directora Académica de Diplomatura en Mindfulness UB. Creadora e integrante del equipo del Programa Presencia en Educación, Fundación Vivir Agradecidos. Se dedica al asesoramiento personal, la docencia, la capacitación, la supervisión y el entrenamiento en atención plena en los ámbitos asistencial, educativo y corporativo.

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