20 de abril de 2026
Después de dieciséis años viviendo en las montañas de Sierra Nevada, Asha Nayaswami (79) terminó por instalarse en el lugar menos pensado: Silicon Valley. “Juré que nunca más iba a volver a un ambiente como este, pero acá estoy hace cuarenta años”, dice conectada para hablar con Sophia.
Desde los veintidós años pertenece a la orden swami y cambió su nombre a Asha, que significa “esperanza”, y Nayaswami, “nueva swami”. Está vestida enteramente de azul, el color elegido por la orden, que representa la calma y la conexión interior. Se la ve igual que en todos sus videos de Instagram, donde la siguen casi 600 mil personas, con la mirada vivaz, alegre y convencida de sus palabras.
Cuenta que desde muy pequeña sentía fuertes inquietudes existenciales, lo que la llevó a ingresar en la Universidad de Stanford al terminar el colegio. “Había mucho conocimiento y mucha gente muy habilidosa, aunque no encontré un entendimiento de la vida, que es lo que anhelaba aprender. Buscaba sabiduría”.
Todo cambió en 1969, cuando Swami Kriyananda, un hombre americano, con nombre indio y crianza europea, como lo describe Asha, seguidor de las enseñanzas de Paramhansa Yogananda, monje hindú y autor de Autobiografía de un yogui, fue invitado a hablar a Stanford. Una amiga suya lo había conocido y la incentivó a asistir a la charla. “Cuando entró al aula, por primera vez en mi vida reconocí a alguien a quien quería parecerme”, comparte Asha.
Juntos abrieron Ananda Village, la primera comunidad Nayaswami, en Sierra Nevada, con el objetivo de crear otra forma de vivir, basada en la cooperación, la sencillez y la espiritualidad. Conversamos con Asha sobre el contexto actual del mundo y el rumbo de la humanidad.
—“El alma nos empuja a crecer” decís en uno de tus videos de Instagram. Quisiera saber de qué hablamos cuando hablamos del espíritu y del alma. ¿Son definibles?
—Estamos hablando de una dimensión superior de nuestra propia realidad. Como seres humanos existimos fundamentalmente en tres niveles, que son similares a los que usa la psicología, aunque no iguales: el subconsciente, el consciente y el superconsciente. El primero es donde está almacenado todo lo que ya ocurrió, todas nuestras encarnaciones previas y todo lo que hemos hecho antes. Como es lo conocido, sea cómodo o sea terrible, es un lugar familiar y no nos demanda energía vivir desde este nivel. De hecho, la mayoría de las personas lo hacen.
El superconsciente es la parte nuestra que ya ha existido y va a existir por toda la eternidad. Nos conecta con una consciencia divina, elevada, a la sabiduría perenne, a la dicha perfecta.
—¿Sería lo que llamamos nuestro Ser o Yo superior?
—Exacto. Me gusta pensarlo como un triángulo invertido: creemos que somos el ápice cuando en realidad esa es la parte más pequeña de nosotros mismos, que se condensa en la personalidad y que es dirigida por el subconsciente. Cuando accedemos al superconsciente nos abrimos, literalmente, al infinito. Entre estos dos niveles, está la mente consciente, que es básicamente el campo de batalla entre los dos.
—¿Podrías desarrollar un poco más?
—El subconsciente siempre te está diciendo que te quedes igual a como estás, que sigas cómodo, que no hagas olas ni seas demasiado original. El superconsciente, en cambio, nos susurra: “no tenés idea de lo que es posible. Todo lo que anhelás te espera, pero tenés que elevar tu energía, ser más imaginativo, tener coraje, escuchar a los guías, moverte”. Así es como vivimos nuestras vidas: siempre estamos siendo llamados por el superconsciente y arrastrados por el subconsciente. Esa es la gran lucha.

—¿Sería comparable pensar a cada nivel como el ego y la intuición, respectivamente?
—Sí, es bastante acertado. Paramahansa Yogananda describía al ego como “el ser infinito identificado con la realidad limitada”. Hasta cierto punto, tenemos que tener un ego porque encarnamos en un cuerpo físico. El problema es que nos identificamos con lo limitado en lugar de lo ilimitado. La intuición superconsciente conoce con claridad qué cosas nos traen felicidad y cuáles nos traen sufrimiento. El ego quiere lo fácil y placentero. El alma quiere libertad.
—¿Cómo describir la felicidad que busca el alma?
—Su opuesto es el miedo. Tenemos muchos recuerdos dolorosos del pasado y sentimos mucha ansiedad porque no queremos que se repitan. Eso nos pasa por la identificación con nuestra identidad física y finita. La superconsciencia sabe que ha habitado muchos cuerpos y que solo porque algo afecte mi personalidad actual, eso no me define. La iluminación es entender que nuestra naturaleza es infinita, que soy amado incondicionalmente por Dios, que todo lo que ocurre en la tierra es algo a atravesar, que me influencia pero no me define, y que no hay que temerle a la muerte. Todo eso es lo que nos trae la superconsciencia.
Es lo que nos dicen los santos y lo que demostró Jesús de una manera tan dramática. Pasó por lo peor que nos podemos imaginar, la humillación, el sufrimiento y una muerte terrible… y luego resucitó. Ese es el mensaje: que todo lo que nos sucede nos lleva a un poder mayor, a una libertad mayor, y a dejar de identificarnos con nuestra pequeñez.
—Podríamos abordar cada experiencia vivida con la pregunta ¿qué puedo aprender de esto? ¿Cómo ayuda a expandir mi consciencia?
—En vez de preguntarnos “¿qué me está pasando?”, buscamos decir: “¿qué está activando esto en mí? ¿Cuál es mi reacción? ¿Cuál es la luz que está derramando sobre aquellos aspectos de mí mismo que ignoro o que no he querido mirar? ¿Qué fortalezas precisaría para conquistar esto? Hay una oración que yo utilizo mucho. La empecé a usar cuando mis padres estaban en sus últimos años de vida. Yo intentaba cambiar su karma con mi voluntad, entrometiéndome en sus procesos, hasta que entendí que era su karma, su camino. No lo estaba respetando ni confiaba en su capacidad para afrontar su propio destino. Y ellos lo resentían. Mi oración, entonces, se convirtió en lo siguiente: “Divina madre, sea lo que sea que estás intentando enseñarles, ayudalos a que lo aprendan”. Eso cambió todo.
—Ya que lo mencionás… ¿Cómo definirías la oración y qué le sugerirías a las personas que dicen que no saben cómo rezar?
—Una de las grandes ilusiones del subconsciente es que estamos solos y desamparados. Pero los casos de personas que viven experiencias cercanas a la muerte, nos regalan algo maravilloso, y es que reconocen que nunca hemos estado solos, que nuestros ángeles guardianes buscan auxiliarnos a través de las ideas o los sentimientos que nos transmiten y que no sabemos de dónde vienen. Hay que tomar el paso de reconocer que existe un amigo divino que te quiere ayudar y tiene el poder para hacerlo, que te ama y quiere saber qué ocurre en tu vida. La oración es sencillamente la conversación que mantenemos con él, nada más que eso. Quitemos la palabra “oración”: pensalo como si un muy buen amigo se acerca cuando te sentís triste y solo, ¿qué le dirías?

—¿Pensás que las mujeres tenemos algún rol en particular en este momento que transita el planeta?
—Hay mucho por hacer desde nuestro lado, aunque me gustaría que entendiéramos que tenemos que abrazar nuestras diferencias con los varones. ¿Qué quiero decir? Hubo un caso en Silicon Valley donde un trabajador hombre, de alto rango, dijo que a las mujeres no se las puede promover a los puestos más jerárquicos porque siempre van a poner a sus familias en primer lugar. Este comentario, por supuesto, le costó el trabajo, y muchas mujeres de la empresa saltaron a decir “¡somos tan buenas trabajadoras como vos!”. Me hubiese gustado que le dijeran “¡Obvio que pondremos a nuestras familias en primer lugar, tonto! ¿Por qué no haríamos eso?” Las mujeres luchamos por la equidad, lo cual es evidente que hace falta, pero no somos iguales a los hombres y me gustaría que creáramos el balance desde nuestras cualidades femeninas. Somos las dos caras de una misma moneda. La mejor manera de describirlo es con la imagen del yin y el yang: si somos demasiado yin, nunca podemos lograr nada, y si somos demasiado yang, perdemos contacto con partes nuestras que son importantes.
—Por último, pensando en el camino individual que cada alma transita. ¿Cómo saber si estamos siguiendo la voz de nuestro ser superior?
—Nuestro karma nos conduce hacia donde tenemos que ir y hacia las lecciones que debemos afrontar. Si sentís con fuerza que tenés que moverte en cierta dirección, es porque es necesario. Y no importa tanto qué es lo que hacés, sino cómo lo hacés. Podemos seguir sumergiéndonos en las ilusiones o tratar de forjar una relación con Dios y preguntarnos: ¿cómo puedo ser de servicio haciendo esto? ¿Cómo puedo adquirir más coraje? Todo evento exterior es meramente una oportunidad para que aprendas una lección más elevada. No existe “fallar”, en el sentido de que todo depende de si afianzás tu percepción limitada o si la disolvés gradualmente y te disponés a ser instrumento de una fuerza superior. Al elegir algo, una profesión o actividad, podemos cuestionarnos: ¿estoy aprendiendo? ¿Estoy creciendo? ¿Siento que este lugar es apropiado para mí? A veces también hay que saber irse de ciertos lugares y tener el valor suficiente para avanzar hacia lo siguiente.
Fotos: Cortesía Asha Nayaswami
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