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Psicología

28 enero, 2020

Aprender a fallar

Fuimos educados para hacer “las cosas bien”, "para elegir lo correcto". ¿Y qué pasa cuando nos equivocarnos? Aparecen sentimientos de angustia, de vacío, casos de perfeccionismo extremo y depresión por no alcanzar las metas trazadas. ¿Es saludable equivocarse? ¿Podemos salir reforzados del error?


Fotos: Pexels.

Por Virginia Bonard

No hay que temer a los errores”. “Reconocerlos con humildad es un paso importante para nuestro crecimiento personal”. “Igual que el niño para aprender a andar necesita caerse y levantarse muchas veces, así también nosotros”. Estas reflexiones pertenecen al saber popular. Cuánta verdad que podemos ir constatando cada uno en nuestras propias vidas. Todos nos equivocamos. Y, no sé si les pasó a ustedes, imagino que sí, pero cuando escuchamos que alguien se reconoce muy cercano a la perfección en sus decisiones, una alarma se enciende en nuestra percepción porque… ¿puede estar siempre todo bien? ¿No es también saludable fallar?

RESILIENCIA
Del ingl. resilience, y este der. del lat. resiliens, -entis, part. pres. act. de resilīre ‘saltar hacia atrás, rebotar’, ‘replegarse’.
f. Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos.
f. Capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido.

Fuente: Real Academia Española

El error es un lugar en el que nos vamos educando. Las fortalezas frente al error se van moldeando desde chiquititos. ¿Cómo se ven los primeros errores? Si está dado el permiso a equivocarse y la búsqueda de la reparación nos vamos fortaleciendo; si viene una crítica, un castigo muy fuerte, una mirada de rechazo implacable desde afuera vamos armándonos como podemos. Si el error se convierte en una vergüenza espantosa nos va afectando la seguridad, la autoestima, el amor propio, ese famoso ego que siempre aparece y hay dos: el ego sano que nos fortalece y ayuda a salir para adelante, y ese otro ego que se debilita, el criticado, que nos va generando un malestar. Y ahí sobreviene una sobreexigencia, porque en este esquema no está permitido el error”, describe Viviana Massot, médica psiquiatra, especialista en psicología médica.

Reparación y resiliencia

Si desde chicos “nos” aceptan los errores y “nos” ayudan a arreglarlos, se alza una opción extraordinaria: la reparación. “Distinguir entre error y falencia personal —porque a veces el error viene por una debilidad nuestra, porque hay cosas que no nos salen y no nos van a salir nunca— ayuda a la construcción de un ego saludable”, desgrana Massot y agrega: “Si nos permiten reparar vamos a ser más creativos, más fuertes y es muy posible que desarrollemos nuestra propia resiliencia.”

¿Qué es la resiliencia?

Es ese estado interno de los seres humanos en el que claramente salimos fortalecidos de situaciones de errores o fracasos, o situaciones de profundo dolor, en el que aprendemos a implementar herramientas y fortalezas que ni soñábamos que podíamos desplegar.  

Amplía Massot: “La resiliencia hay quien la desarrolla de manera natural y hay quien la puede trabajar y ‘dejar’ nacer. El entorno tiene mucho que ver en esto”.

Superando egos

Hay padres que no toleran los errores o fracasos de los hijos por su amor propio. El hijo es un objeto narcisista y no puede tener errores. Paradójicamente, es una manera de generar más errores en el hijo. Si la exigencia es tan dura, el hijo siente que nunca llega a satisfacer la expectativa de sus padres y entonces hay un punto en el que tampoco se esfuerza o que sufre o sobreviene esa sensación de fracaso de manera permanente, aparece la depresión”, describe Massot poniendo de relieve este circuito negativo: “La depresión fortalece los fracasos porque tenés menos energía, menos fuerza, menos claridad para pensar y hacer las cosas bien”.

¿Qué pasa con el ser falible?

Los trayectos de aprendizaje formal como la escuela, por ejemplo, también suponen un gran desafío. Comparte Natalia Pollicelli, profesora de Matemáticas: “Aprender a fallar, a no decepcionar, a no defraudar, a no quedar mal… el tema es para quién todo eso. Mirarse como protagonistas del aprendizaje es lo que debemos entrenar los docentes hoy. Acompañar los procesos individuales en un sistema que pone tiempos iguales para calificar obligatoriamente a todos es un desafío que implica situaciones maratónicas para aquellos que están entrenando pero aún no se encuentran listos para la gran carrera. Esa también es la otra cara del fallo”.

En este marco, Massot añade: “Lo importante es reconocer que ser falibles tiene que ver con nuestra naturaleza humana. No encarnamos superhéroes; nos equivocamos, tenemos errores y es parte de lo que somos. Si asumimos que la mayoría de los errores son reparables, vamos quebrando el circuito negativo. En la infancia nuestros errores están vinculados a la mirada de los otros; en cambio, en la vida adulta con cómo nos miramos a nosotros mismos: qué nos exigimos, qué esperamos de nosotros, cómo está nuestra autoestima, cómo consideramos el error”.

¿Y si nos equivocamos en el aula?

En todo el entrelazado y complejo plano en el que el alumno debe ‘aprobar para pasar’ es que algunos se frustran frente a los tropiezos inevitables que se van dando. Fallar es además indispensable, fortificante  y  valioso. Cuenta levantar la mano en clase para poder mostrar lo que se sabe, pero también debería ser igual de importante poder consultar y animarse a colaborar con la construcción de clase manifestando un pensamiento que sea erróneo. ¿Para qué? Para mostrar que algún pensamiento está yendo por un camino equivocado, confuso y que es necesario aclarar para avanzar y reconocer lo firme y correcto. Así se construye. Así aprende un compañero que no se anima y escucha que otro pensó igual de mal lo que él también pensaba. Así, cuando un docente se muestra muy decepcionado por ese error o por esa falencia, es que entra en juego la frustración del alumno”, describe la profesora Pollicelli.

Lo importante es reconocer que ser falibles tiene que ver con nuestra naturaleza humana. No encarnamos superhéroes; nos equivocamos, tenemos errores y es parte de lo que somos. Si asumimos que la mayoría de los errores son reparables, vamos quebrando el circuito negativo”.

Viviana Massot, médica psiquiatra.

Para ella, solo es cuestión de animarse a fallar: “¡Está bien equivocarse! Si no, ¿de qué serviría estar aprendiendo? Socializar que no sabemos algo humaniza primero, y luego normaliza la propuesta de aprender colectivamente. Podríamos pensar en una trama que solo se fortalece cuando están todas las cabezas conectadas con una idea y se van haciendo los cortocircuitos mentales que chispean para dar luz… pero siempre se da una, hay que tener paciencia, probar qué conectar con qué, en qué momento, qué repuesta falta. No nacemos sabiendo más que lo instintivo, lo demás lo copiamos y lo vamos desarrollando con la práctica. La vida tiene muchos momentos que no son fáciles, pero aprender y equivocarse en el camino no debería ser lo difícil. Lo importante es qué actitud enseñamos para encarar las dificultades y que resulte más valioso fortalecerse de ellas”, comparte.

Máximas de mínima para aprender a fallar

  • Los errores no se arreglan echando la culpa a los demás.
  • Asumir/encarar lo propio, sean errores o aciertos, nos fortalece y es muy saludable.
  • Siempre podemos aprender de nuestros errores, a cualquier edad.
  • Los errores están fuertemente vinculados a la frustración.
  • El desarrollo de la tolerancia a la frustración va a ayudar a enfrentar los errores.
  • El error con los demás va de la mano del perdón. Y el perdón también nos fortalece.

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