13 de mayo de 2026
Dos hermanos en busca de olas —pelo desteñido por el sol, espíritu despierto— observan cómo estas rompen en la orilla, dejan su estela blanca y vuelven mar adentro, una y otra vez. Con esa misma insistencia, una y otra vez, ellos también buscan el momento perfecto para entrar con su tabla a surfear. No parecen bajar los brazos con facilidad, más bien todo lo contrario.
Poco imaginaban Joaquín (38) y Julián Azulay (40) que el llamado del océano los embarcaría en una aventura profunda y trascendente. Lo que empezó como un viaje de surf entre hermanos —uno de ellos arquitecto y el otro licenciado en administración de empresas— derivó en la dedicación en cuerpo y alma al cine documental, con el propósito de despertar la consciencia sobre el cuidado del ambiente.
No hay antecedentes de cineastas en la familia. Sí hubo una abuela artista, Pochola, a quien describen como “una escultora excepcional” y cuyas piezas decoraron cada rincón de su hogar desde chicos. Hubo también un padre apasionado por la playa y el surf, que supo transmitirles su amor por la vida y el entorno natural.
Fue en 2010 que los hermanos decidieron registrar su viaje en camioneta por las playas del pacífico americano con dos cámaras muy rudimentarias, a forma de recuerdo. No lo hicieron con la intención de que se convirtiera en una película: ellos mismos dicen que se convirtieron en documentalistas “accidentalmente”. Pero ahí estaba el film, años después, en la plataforma Netflix. Ya en esa primera película, que les dio el apodo de “los gauchos del mar”, podemos verlos levantando basura de la playa, cuidando de ese lugar sagrado que es el océano.


Península Mitre fue la película que los terminó de convencer de que “los documentales realmente podían ayudar a comunicar mensajes mucho más amplios que los objetivos personales, y ayudar en el bien común”. Gracias al impulso del film, se logró convertir a ese territorio al sur de Tierra del Fuego en un Área Natural Protegida.
Ahora buscan lo mismo con su séptima y última película, Antártida Dominio Uno, que se estrena de forma gratuita el jueves 14 de mayo en su plataforma de YouTube: proteger uno de los lugares más especiales del mundo.
“Queremos invitar a que vean la película desde sus casas y les pedimos que, si les resuena, por favor, firmen la petición para que se declare al Dominio Uno, el área oeste de la Antártida, Área Marina Protegida. Hacerlo no toma más de cinco minutos”, aclaran los hermanos, quienes dejaron el link para firmar a disposición en su página web.
El enorme desierto blanco no es solo la reserva de agua dulce más grande del planeta sino que es, también, un símbolo de unión. Desde 1959 que el Tratado Antártico declaró que el continente no puede ser reclamado territorialmente por ninguna nación. Es un área destinada a fines científicos, donde está prohibida la actividad militar. Es un territorio de paz.


Resulta inquietante que ahora eso peligre: el avance del cambio climático, las disputas geopolíticas por obtener control de los recursos y el desarrollo desmedido de ciertas industrias pesqueras de krill, ponen en riesgo al único lugar del planeta orientado específicamente al bien común.
“La Antártida nos pertenece a todos. No existe de forma aislada: sus glaciares, su ecosistema, el krill y sus corrientes afectan a cada costa, a cada clima y a cada persona en la Tierra. Lo que sucede allí, repercute en todos lados. Por eso, protegerla es tarea de todos”, insisten los Azulay.
El documental es profundamente bello y conmovedor: las imágenes, la fluidez del guión y la inconfundible voz de Ricardo Darín como narrador, guían al espectador en una aventura doble. Por un lado, acompañamos a los hermanos en su búsqueda incansable de las olas más inhóspitas del mundo, y por otro, nos encontramos, quizá por primera vez, con un territorio deshabitado y misterioso, fundamental para la supervivencia de distintas especies, incluida la humana.
Se dice que fue Leonardo Da Vinci quien aseguró que no se puede amar ni proteger aquello que no se conoce. Antártida Dominio Uno nos acerca de una forma amable al cuarto continente más grande del mundo para que reconozcamos su importancia y podamos involucrarnos en su conservación.
“Nosotros siempre hablamos de utilizar la comunicación como una herramienta para el cambio, que lleve a la acción. Y en cada proyecto repetimos la idea de que proteger el medioambiente es una tarea de todos, sea en acciones menores o mayores. Para lograr eso, es importante compartir el mensaje y que las películas lleguen al mayor número de gente posible, para que todos aquellos que quieran sumarse, lo puedan hacer”, dicen sobre el hecho de que todos sus largometrajes puedan verse de forma gratuita, una decisión que desentona con la época actual, donde la lógica de lograr aumento de ventas pisa fuerte, a costa, incluso, de nuestros preciados recursos naturales.

“El propósito es ser un puente. Usar nuestros documentales para que la gente se enamore de los lugares como lo hacemos nosotros y se una en el compromiso de protegerlos”, dice Joaquín.
Para cada película los hermanos ponen todo de sí: se entrenan mental y físicamente, buscan financiamiento, completan los trámites necesarios; todo ese esfuerzo se ve a través de la pantalla. Su pasión y determinación los ha llevado a atravesar desde tormentas climáticas de alto riesgo —como podemos ver en la última película— hasta enfermedades como la malaria.
Pero ellos no se quejan, mucho menos desisten. Por el contrario, se muestran profundamente agradecidos. “Nos mueve la sensación de que solo queda seguir y confiar en todo el trabajo previo y en el porqué y el para qué de todo esto. Tenemos la fortuna de poder hacer lo que nos hace felices y tratamos de nunca darlo por sentado”.
Esa misma gratitud se expresa por haber tenido la posibilidad de contar con Darín para la narración en español y con el surfista internacional Kelly Slater para la versión en inglés, “dos personas que han sabido ser muy coherentes entre lo que dicen y lo que hacen”.

Viajeros, surfistas y documentalistas; sobre sus mayores aprendizajes durante las travesías, encuentran que lo esencial es celebrar y respetar las diferencias que existen entre todos. “Es lo que más nos une y nos ayuda a conectar entre nosotros, nos inspira a aprender, a cambiar y a buscar el cambio, a encontrar la felicidad en las cosas pequeñas”.
De poder pedir algo, sería que se ayude a difundir sus películas para que, de esa manera, más personas se sientan motivadas a ayudar, a poner su granito de arena para transformar el mundo y, concretamente, a que firmen la petición para declarar en la Antártida, un Área Marina Protegida.
Para Julián, la naturaleza “no es algo que visitamos, sino algo de lo que todos somos parte”. Para su hermano es un cable a tierra, es sinónimo de libertad.
Sobre qué es Dios para ellos, Joaquín responde que para él se trata de “esa conexión espiritual que ocurre cuando estás en silencio absoluto frente a la inmensidad; es entregarse y confiar en lo que no podemos controlar”. Para Julián, es la energía que acompaña a todos lados y hace sentir que nunca estás solo, y dice que lo percibe “en el ritmo que dicta cuándo entrar al agua y cuándo esperar”.
Quizá flotar en medio del océano a la espera de la ola perfecta sea su manera de entender nuestra pequeñez y de honrar la vida. De lo que no hay duda, es que el surf es una pasión que los toma por completo, y que los llevó a África, a las islas Malvinas, a Tierra del Fuego y a la Antártida, tablas y cámaras de filmar en mano.
De cada viaje guardan un registro y de cada registro hay una película que nos invita a recordar algo que por momentos se nos olvida: “el Planeta Tierra es nuestra casa y hay que cuidarlo entre todos”, como dice Julián. Y está convencido de que nuestra huella, por pequeña que sea, es lo que hará la diferencia.
Para sumar tu firma a la petición, hacé click acá.

Fotos: Gentileza de Gauchos del mar.
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