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Ansiedad oral: cuando la comida tapa lo que nos pasa

¿Cuántas veces recurrimos a la comida para aliviar lo que nos pasa, sin resultado más que el placer pasajero? Profundizar en la relación entre nuestros hábitos alimenticios y la autovaloración, es una de las claves para generar un vínculo más saludable y disfrutable con la comida.

Por Clementina Escalona Ronderos

Comer es uno de los grandes placeres de la vida. Muchas veces es sinónimo de disfrute y distensión y se relaciona con buenos momentos. Pero otras veces la comida se convierte en el recurso que tenemos más a mano para lidiar (o, en realidad, evitar lidiar) con las emociones que nos atraviesan. Arrasamos con la heladera, “nos bajamos” la despensa o pasamos por un quiosco a comprar golosinas para calmar ese ardor interno, esa incomodidad que, en silencio, nos grita. A veces lo hacemos en público y otras veces nos escondemos, buscando aliviar algo que, en realidad, nos pide atención y no efectos paliativos. 

Hablamos con la coach nutricional y counselor Marta Laura Ferreyra, especialista en el tema y acompañante en grupos de adicciones alimentarias, para comprender mejor nuestra relación con la comida. 

—¿De qué estamos hablando cuando hablamos de «hambre emocional»? 

—Es importante diferenciar el hambre emocional del comer emocional. El hambre emocional es una característica de la condición humana: la necesidad de sentir determinadas emociones positivas como afecto, sosiego, dulzura, compañia, placer, excitación, poder, realización, etc. Y en contraposición, dejar de sentir, o negar, determinadas emociones abrumadoras que nos atraviesan como tristeza, soledad, ira, aburrimiento, falta de sentido existencial, desamor, etc.   

No necesariamente el hambre emocional debe ser considerado un problema. En todos los casos, el problema no es lo que siento sino lo que hago con eso que siento.

—¿Y el «comer emocional»?

—El comer emocional, en cambio, es un trastorno de la conducta que termina convirtiéndose en un problema dado que, el recurso de habituarse a comer alimentos poco saludables y altamente paliativos para resolver factores emocionales o canalizar el estrés y la ansiedad, termina generando un vínculo adictivo con la comida. Las consecuencias no sólo pueden ser físicas, (sobrepeso, diabetes, hipertensión, colesterol, etc.), sino también el deterioro de la salud psicoemocional de la persona. 

La baja autoestima y una autopercepción frágil y dependiente de este “recurso”, llevan a mucha insatisfacción y dolor por la incapacidad de gestionar positivamente las emociones y de sobrellevar las circunstancias que nos atraviesan.

Fuente: Pexels

—“A menudo la comida actúa como una cortina de humo que impide ver el verdadero problema: la necesidad de llenar un vacío que no está en nuestro estómago, sino en otros ámbitos de nuestra vida”, ¿estás de acuerdo con esta afirmación?

—Totalmente. Convertir a la comida en el tema o problema de nuestra vida puede dejarnos en un lugar muy pasivo, de mucha distracción y confusión, en lugar de atender las causas verdaderas que nos llevan a generar estas conductas. Si atendemos superficialmente a las consecuencias sin sumergirnos en la profundidad de las causas (que a veces no son tan dramáticas, pero no están trabajadas o bien acompañadas), nos alejamos de una experiencia vital, presente y abundante.

—¿Cuán relacionados están nuestros hábitos alimenticios con nuestras primeras experiencias con la comida en la infancia? 

—Todos, en mayor o menor medida, estamos influenciados por esas primeras experiencias nutricionales de la infancia. El hecho de que el primer alimento ingerido por el bebé sea obtenido del pecho o biberón que otorga la madre en un acto cargado de caricias, conexión y sostén, genera una asociación inmediata de placer y satisfacción. Esto sugiere una relación entre el amor, la nutrición y el comer. 

Sin embargo, las primeras vivencias y creencias respecto a la comida que absorbe el niño en el seno familiar pueden ser una condición necesaria, pero no suficiente, para pensar el vínculo de la persona con la alimentación. Cada caso es único e individual, multicausal y distinto para cada individuo. 

—¿Cómo distinguir si nos estamos “dando un gusto” o si estamos “tapando algo” a través de la comida?

—Todos tenemos derecho a darnos un gusto, a disfrutar de una buena comida en un lugar especial, rodeados de personas que queremos. Tal vez, lo primero es incluir las consecuencias de mi sentir futuro: no hay posibilidades de darme un gusto hoy si mañana se convierte en un disgusto, condicionando mi experiencia. El goce deriva de algo impulsivo que busca la inmediatez; el disfrute en cambio, busca la permanencia en el tiempo y conserva las cualidades de lo sentido.

Por otro lado, si eso que “nos tienta” promete hacernos sentir aquello que anhelamos aunque sea por un rato, entonces estamos otorgando «superpoderes» a esa comida. Ahí hay una necesidad más profunda a resolver, más allá de ese bocado.

También sería importante incluir la medida y cantidad a tener en cuenta: como en todos los órdenes de la vida, la percepción del placer está íntimamente ligado al límite. 

Fuente: Pexels

Ser auto nutricio significa tener una actitud hacia el ser aceptante y amorosa: ser amables con nosotros mismos para brindarnos experiencias de verdadera satisfacción y disfrute.

—¿Qué podés decirnos sobre los atracones, tanto ocasionales como frecuentes?

—Un atracón es, generalmente, una consumición rápida de una gran cantidad de comida en un corto periodo de tiempo. La frecuencia de los mismos genera efectos nocivos en la salud, sobre todo la psicoemocional.

Supongamos que una persona está siendo atravesada por una emoción abrumadora y recurre al atracón como mecanismo de distracción, evasión, relajación o intento inmediato de llenar ese vacío insoportable. A posteriori, registra emociones mucho más abrumadoras que las que sentía, pensaba o imaginaba previo al atracón. Entonces, no sólo no logra resolver el tema anterior, sino que ahora siente culpa, asco, vergüenza hacia sí mismo.

—¿Podés ayudarnos a comprender mejor la relación entre comida y culpa y cómo afrontarla?

El camino es generar una mejor relación con nosotros mismos, no con la comida: tratarme mejor, brindarme tiempo, cuidado y dedicación, porque cuando no estamos en comunión con nosotros, o nos hemos abandonado, es muy posible que aparezcan este tipo de conductas de apego.

Conocerse y confiar en la capacidad de cambiar que poseemos, adquirir nuevos recursos de afrontamiento, dejar la culpa atrás para darle paso a la responsabilidad de cuidarme, cuidar mi salud y elegir sin condicionamientos, es el camino para la sanación y el bienestar.

—¿Algo que quisieras agregar?

No hay nada en el pasado ni en el presente que sea tan determinante para impedir la transformación y el cambio de una persona cuando se decide a sanar

Sosteniendo un plan de alimentación consciente y saludable, abrazándose al movimiento y la actividad física como recurso para sentir bienestar, trabajando en un espacio terapéutico las verdaderas causas de su malestar y dejándose acompañar y sostener por un grupo de personas que lo comprendan y motiven, seguramente convertirá esta condición o sombra en un reflejo de su propio poder y autodeterminación.

Profundizar en aquello que se quiere sentir y acompañar esa búsqueda, puede ser el camino para el autoconocimiento y el despliegue de toda nuestra potencialidad.

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