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Animarse al ballet después de los 60 

Participamos de una clase de danza clásica para alumnas de entre 60 y 90 años, y compartimos con ellas los movimientos, las charlas y las ganas de recuperar la magia y la belleza de vivir bailando. Te contamos todo sobre una experiencia transformadora.

Por Cristina Miguens y María Eugenia Sidoti

A través del ventanal del salón se ve el río, esa postal gloriosa de un día de sol en la zona norte de Buenos Aires. Claudia Lucena (62), la profesora, llegó temprano para organizar el ritual. Y cuando faltan aún algunos minutos para arrancar la clase, las alumnas cruzan la puerta una a una, sonrientes. Algunas visten ropa deportiva; otras llevan traje de ballet con faldas, polainas y rodete. Los saludos se multiplican sobre el piso de madera, que cruje bajo sus pies mientras se abrazan y dan pequeños saltos en medias o con zapatillas de ballet. 

Casi todas tienen entre sesenta y noventa años. Y son hermosas. Hay canas, hay distintas contexturas físicas y hay, sobre todo, una enorme alegría de compartir esa hora de práctica cada mañana. De hecho, cuando Tchaikovsky empieza a sonar para dar comienzo a la rutina, las voces y las risas todavía no se apagan. “¡Vamos chicas, la clase ya comenzó!”, se queja Claudia sin enojo: sabe cuánto les gusta a esas mujeres encontrarse cada día.

“La maestra nos inspira, nos da alegría, nos corrige, nos hace sentir que somos bailarinas y que vamos a bailar en el Colón”, Leticia (72).

Las clases, concuerdan todas, son mágicas. Porque a una edad en la que nadie imaginaba para ellas el destino de la danza clásica, encontraron un espacio sagrado donde se sienten acompañadas, entre amigas. Juntas transitan la vida por un rato. Juntas atravesaron los duelos que les dejó la pandemia. Juntas, también, se van después de cada clase a tomar un cafecito a algún bar de la zona y, si la agenda lo permite, se quedan a almorzar. Son citas para hablar de todo: de la vida, de los hijos, de los nietos y, fundamentalmente, de todos los sueños que hay por delante. De las ganas de vivir esta etapa de la vida de la mejor manera posible. Del milagro de bailar.  

“Haber encontrado este espacio donde todas tenemos alta edad me produce una enorme alegría. Para expresarnos, para unirnos y para escuchar música de ballet. Es bailar y que un día la maestra te diga ‘brazos de cisne’ y vos sientas que volás. Yo salgo de acá después de trabajar todo el día y estoy muy alegre”, Amelie (69).

Pero volvamos a la clase. Primera, tercera, sexta. Abajo, arriba. Los brazos en alto. El mentón arriba. “¡No se olviden de sonreír!”, implora Claudia con un dejo de resignación frente a nuestros labios tiesos. Seguir el ritmo no es fácil para alguien que, como yo, jamás bailó clásico. Tomadas de la barra, cada una hace los pasos con concentración y entrega, pero sin presión. No hay exigencias ni juicios. Si algo no sale, se vuelve a intentar. Saberlo es liberador. 

La danza mayor

“En los últimos años, el ballet ha ganado adeptos entre los adultos mayores. Aunque no hay datos públicos sobre el número de estudiantes de ballet de la tercera edad, en 2017 hubo suficiente interés para que la Royal Academy of Dance, entre las mayores autoridades de formación de profesores de ballet clásico del mundo, creara su programa de formación para ‘cisnes plateados’ bajo el cual se enseñaría ballet a personas de 55 años o más. Desde entonces, la academia ha certificado a más de 1000 profesores de ballet de la tercera edad, que operan en 51 países”, publicó días atrás el New York Times para hablar de esta tendencia mundial.

“Siempre traté de hacer baile y buscaba un espacio, pero no encontraba nada. No tengo elongación natural, me esfuerzo, pero me encanta estar en grupo y me encanta el ballet, voy siempre al Colón. Hago lo que quiero y voy donde quiero, soy muy amiguera, por eso me encantan estas clases”, Susana (75).

Por sus beneficios físicos, pero fundamentalmente vinculares y emocionales, hay estudios prometedores que vinculan al ballet con mejores condiciones para pacientes con enfermedades degenerativas como el Alzheimer. “El ballet ofrece beneficios cognitivos: en un estudio de 21 años financiado por el Instituto Nacional sobre el Envejecimiento, las personas que bailaban varias veces a la semana tenían un riesgo de demencia un 76 por ciento menor”, señala el reporte.

Lo cierto es que cada vez son más las personas mayores de 60 años que se acercan a estas clases que combinan la belleza de la música clásica con la concentración y la coordinación del cuerpo. Muchas de ellas estudiaron la disciplina en la infancia, pero luego no lograron continuar. “Es muy sacrificado física, emocional y económicamente. Y al final son muy pocas las que llegan a bailar a nivel profesional”, reconoce Claudia y destaca que, más que tener una determinada condición física, lo que se debe tener son “unas ganas locas” de abrirse en cuerpo y alma a la danza. “¡Bailen siempre, como puedan, con la música que quieran! ¡Muevan, estiren! ¡Háganlo con sus hijos, con sus nietos! Porque hacerlo te cambia la vida”, recomienda, entusiasta.

Un lago de cisnes plateados

Maestra de alma, Claudia (o “la profe”, como le dicen sus chicas), empezó estudios de danzas clásicas a los seis años. Como tenía condiciones, más tarde le recomendaron a su madre que la llevara a probarse al Teatro Colón. Entró, se formó con los mejores maestros y luego ingresó al cuerpo de baile del Ballet de Tucumán. “Lo único que yo quería era bailar”, cuenta, mientras abraza el recuerdo de una vocación temprana y muy clara: “La danza fue lo único que me gustó en la vida, nunca tuve una certeza mayor. Y, cuando tenés un llamado tan marcado, no lo podés desoír”. Entre sus recuerdos, hay uno que le saca una sonrisa: “Para todos los cumpleaños pedía lo mismo: un nuevo par de zapatillas de punta”, cuenta entre risas. 

Claudia Lucena se formó como bailarina en el Teatro Colón y su pasión por la danza la llevó a ser una maestra amorosa y dedicada con sus alumnas de más de 60.

“A esta edad todas venimos de caminos distintos, pero hemos congeniado. Claudia nos dio la posibilidad de soltarnos, porque nos reímos, aplaudimos, decimos lo que nos parece y, aunque nos reta, sabemos que es para bien. Yo tengo amigas de la vida, pero esto es distinto, es un punto de encuentro de mujeres grandes que ya hemos vivido y que podemos compartir charlas hermosas sin juzgarnos”, Paula (71).

A los dieciséis, Claudia empezó a dar clases en su barrio y, ya como bailarina formada, se asentó en la enseñanza oficialmente, una tarea en la que lleva más de cuarenta años. Esa afición por formar bailarines y hacerlos vibrar a través del ballet, la condujo a descubrir algo que le maravilló: la oportunidad de enseñar a personas adultas que querían hacer danza clásica, pero no tenían adónde ir. “Muchas mujeres me decían que habían estudiado de chiquitas, pero que no pudieron o no las dejaron seguir bailando. Fue muy emocionante devolverles ese sueño que no concretaron. Ayudar a la gente a conectar con algo que amó, me decidió”. 

La vocación marcada y un profundo deseo por infundir en otros el amor al ballet, hicieron de ella la docente exigente y apasionada que ahora pide elevar una pierna hacia adelante y luego hacia el costado, una y otra vez. Todas, sin excepción, dan lo mejor de sí con dedicación y alegría. “Verlas comprarse ropa de danza, o prestarse atuendos entre ellas, es genial. Entendieron que hay una disciplina, una estética, no porque yo lo diga, sino porque es un ritual, una celebración”.

“Empecé antes de la pandemia y para mí fue espectacular, porque venía de zona sur, no conocía a nadie, y enseguida todas se acercaron. Después de las clases empezamos a ir a comer y se fue armando un grupo. Enseguida fue más que ‘la clase de baile o de ejercicio’. Fue encontrar un espacio donde relacionarme con mujeres de mi edad. Nunca me imaginé que a esta altura iba a encontrar verdaderas amigas. Siempre se los digo, me alegran la vida”, Edith (63).

Todas aparentan tener menos edad. Claudia esboza una explicación: “Bailando recuperaron el sentido de la vida, hay una energía en la danza que es sanadora. No hay competencia ni conflicto. Hay exigencia, por supuesto, porque si no es ensuciar al ballet. Trato de que todas bailen, aunque sé de las limitaciones que tiene cada una. Soy amorosa, pero quiero resultados. Y hay un enorme respeto y compromiso”. Según cuenta, la disciplina ha ayudado a sus alumnas a recuperar rodillas y caderas operadas, y hubo algunas espaldas curvas que terminaron erguidas. “Siempre digo que tendría que grabarlas cuando llegan y volver a hacerlo algunos meses después: muchas entran dobladas, pareciendo viejitas, y al poco tiempo son otras”. 

Sin embargo, no se trata de luchar contra el paso del tiempo, sino de hacer de esos años vividos una puerta de entrada al arte, al disfrute, al gozo estético. Es emocionante verlas concluir la clase interpretando la pieza final del Lago de los cisnes. Se nota a simple vista que es así como se sienten: como cisnes preciosos que despliegan las alas para hacer eso que siempre quisieron. Y que ahora, a sus más de 60, por fin pueden.

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