17 de abril de 2026
Fluir suena lindo. Más cuando, de un tiempo a estar parte, se puso de moda la idea de dejarse llevar. Animarse a ser en modo sin oposiciones, sin resistencia, con la flexibilidad necesaria para abrirse a que todo suceda. A flotar en el agua que toca en suerte y seguir la corriente. El flow, en teoría, suena maravilloso. Es una experiencia positiva, ideal para no presionar sobre esos temas que necesitan tiempo y dejar de tener todo agendado tan puntillosamente. Pero no siempre comprendemos lo que significa.
El célebre psicólogo Mihály Csikszentmihályi desarrolló el término por primera vez en 1975. En ese momento conceptualizó el estado de flow como una situación en la que alguien está inmerso en una actividad y pierde consciencia de sí mismo, dejándose llevar, sin presentar resistencia al entorno, sino acomodándose a él. Aunque el psicólogo lo expuso en términos académicos, es una realidad propuesta por el budismo y el taoísmo, entre otras otras tradiciones de sabiduría. Sin embargo, lograrlo no es una tarea sencilla: requiere un trabajo previo que no siempre está hecho.
Braxton Soderman, experto en videojuegos, publicó un libro llamado Against flow, donde analiza algunas contrariedades que los juegos en línea proponen a los participantes, pero que se trasladan a la vida cotidiana. “En los desarrollos de computadora el entorno es predecible —explica el autor, profesor de la Universidad de California—. El diseñador sabe lo que quiere que hagas y todo está armado para que sigas ese recorrido. De alguna manera eso es un mandato, similar a todos los que nos imponen cuando crecemos. Si cuando nos volvemos adultos, o expertos en el juego, sólo nos dejamos fluir, haremos lo que el creador planteó como el camino deseado: perder para volver a empezar y quedarse un largo rato jugando. En la vida pasa lo mismo. Si sólo seguimos los mandatos, jugamos una partida creada por otro y no la propia”.
En la Universidad de Bologna, Giulia Landi lideró un estudio que analizó cómo las personas diferencian sus propios deseos de los ajenos. En ella detectaron que encontrar aquello que interesa de manera personal es una variable que crece con la edad. “Comprobamos que los más jóvenes, siguiendo un parámetro típico de la adolescencia, aún están influidos en un 78% por los hábitos de sus congéneres”, explica la investigadora y señala que esa proporción disminuye un promedio de 10 puntos por década: a los 30, por ejemplo, el 67% sigue hábitos que le han inculcado de más jóvenes, pero a los 40 apenas lo hace conscientemente un 55%. “La experiencia es una variable que evidentemente juega a favor de encontrar lo propio y no lo que hacen los otros —continúa Landi—. Pero también lo que permite el ensayo y el error”.
En este punto, Shoshana Zuboff, psicóloga emérita de la Universidad de Harvard, se ha detenido en la manera en que se ha transformado la forma de buscar el deseo. “Las sociedades perdieron su paridad. Aunque estratificada, en el pasado la vida estaba clasificada en diferentes avenidas. Uno nacía en ella y más o menos circulaba por esos carriles el resto de su vida. Con la salvedad de las posibilidades de la movilidad social, la mayoría de las personas empezaban a sentirse insatisfechas cuando los hijos crecían. Ese vacío permitía una autorreflexión que estaba vedada antes”.
Especialista en ansiedad, la socióloga de Harvard Martha Beck ha concluido que la nueva era de la digitalización ha cambiado un paradigma de mandatos por otros. “Mientras en el pasado se seguían los que provenían de la familia y el entorno de crianza, ahora, gran parte de los mandatos están determinados por lo que se consume en redes sociales: el sitio de vacaciones al que hay que ir, la serie que hay que ver, el tipo de ejercicios que debo hacer, el restaurante que no me puedo perder”. Para la especialista, este escenario condiciona las elecciones. “Parecería que sólo si voy al bar de moda disfruto de tomar una copa —ejemplifica—. Si me gusta el que tengo a la vuelta de mi casa, si me queda más cómodo, si ahí están mis amigos, si, incluso, tal vez me regalan unos bocaditos porque soy vecina, psicológicamente no tiene el mismo peso”.
Candela tiene 32 años, está en pareja y no tiene hijos. Durante muchos años soñó con conocer Croacia, porque es el sitio del que emigraron sus padres. Con esa ilusión, cuando tenía 28 se sumó a un periplo con amigas con destino a Europa y ahorró durante un tiempo para los pasajes. “Cuando comenzamos a planearlo —recuerda— me decían que teníamos que ir a las ciudades clásicas, porque llegar era más fácil, porque tenían los mejores atractivos, porque había playa en Barcelona y buena gastronomía en Roma…”, comparte.
Antes de viajar, sus amigas la llenaron de reels de paseos por las ciudades que ellas querían visitar y, poco a poco, su propio deseo se fue desdibujando en la corriente. “Me fui muy feliz y lo disfruté mucho. Pero cuando volví sentí un vacío extraño. Primero se lo atribuí al final de las vacaciones, pero ese malestar se prolongó bastante tiempo”. En terapia, Canela logró comprender que albergaba la frustración de no haber ido adónde ella quería y sentía culpa por no haber insistido lo suficiente por hacer valer su idea.
Encontrarnos a nosotros mismos en la marea no parece una tarea sencilla. Charles Daniel Batson, sociólogo y doctor en teología y psicología de Harvard, sostiene que es preciso encontrar espacios de refugio silencioso, porque, según dice, “nos hablamos todo el tiempo, pero hay tanto estímulo que no llegamos a escucharnos”.
La psicóloga Rocio Ramos Paul advierte que atender nuestras propias intenciones requiere enfrentar algunos desafíos, y así lo explica: “Muchas veces, esas intenciones no serán bien vistas por nuestro entorno, podrán alejarnos de algunas amistades, no estarán de moda o no tendrán quórum”. Pero todo empieza por lo que sugiere Batson: encontrarse con uno mismo desde el reconocimiento y el respeto. Para lograrlo, los especialistas comparten algunas propuestas:
–Crear espacios de tiempo ocioso. “Atorados de actividades, no le concedemos a la mente la oportunidad de indagar”, indica Beck.
–Ejercitar la meditación. “Aunque no sea de modo tradicional —aporta Batson—. Irte solo a tomar un café y mirar la gente pasar puede ser una manera de meditar. Buscá algo que te encuentre contigo mismo sin otra interferencia: ni música, ni libro, ni estímulo más que tu tiempo y vos”.
-Prestar atención a las sensaciones corporales. “La incomodidad se expresa en tensión, angustia, ansiedad —afirma Landi—. Cuando aparecen esos síntomas, en vez de correr en otra dirección, es importante enfrentarlos y tratar de entender de dónde emergen. Es muy posible que estén intentando contar un deseo reprimido”.
-Recuperar el valor del instinto. “Tanta racionalidad nos puede apagar una llama de sabiduría interior —considera la licenciada Ramos Paúl—. El instinto, además, se ejercita. Si cada vez que aparece un impulso de deseo o de acción lo auto adormecemos, deja de surgir. Desconfiamos naturalmente de las ideas sin evidencia, pero a veces se trata sólo de gusto, de preferencia”.
-Formularse preguntas, del mismo modo que se las hacemos a otros. “Estamos acostumbrados a consultar a nuestros hijos qué quieren comer, o a un amigo qué quiere de regalo para su cumpleaños. Nos agrada complacerlos —sentencia Zuboff—, pero ¿a nosotros cuándo nos toca? Preguntémonos de qué tendríamos ganas, qué nos gustaría”.
–No se trata de convertirnos en déspotas de los propios deseos. “Cada uno tendrá que establecer el código con el que se siente cómodo —propone Batson—. Habrá cuestiones innegociables y otras flexibles. Aun así, diferenciar un mandato de un deseo real permitirá elegir las bases sobre las que tomar decisiones”.
-Hacer pesar el deseo propio sobre el decir ajeno. “Hoy las plataformas digitales nos abruman marcando el modelo en el que deberíamos encajar —reflexiona Beck—, cuanto menos tiempo en nuestro yo estemos, más invadidos serán los anhelos. Quedarán sepultados por una centena de estereotipos que no nos pertenecen. Trabajar en el placer y el bienestar de ir por lo deseado aleja la pequeña molestia que puede ocasionar no ir tras la corriente”.
¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN
La referente de proyecto Ánkyra comparte un testimonio sobre la crisis de soledad que enfrentan los adolescentes y la necesidad de crear espacios para sanar.
Una reflexión desde Mujeres & Compañía sobre dos visiones opuestas de la IA: la que impulsa Elon Musk y la del historiador Yuval Noah Harari.
Antes de saber que era una Persona Altamente Sensible, trabajó en una multinacional. Hoy acompaña a familias y profesionales a entender qué es ser PAS.
Necesitás registrarte para disfrutar contenidos en audio
REGISTRARME¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN
Me encanto el post! Muchas gracias. Saludos desde Corrientes Capital
Me encanto el post! Muchas gracias. Saludos desde Corrientes Capital 🙂
gracias muy cierto, claro y preciso. Mar del Plata