Andy Tix, psicólogo: “Cuando conectamos con lo sagrado de la vida, la chispa vuelve a aparecer” - Sophia Online

Psicología

Andy Tix, psicólogo: “Cuando conectamos con lo sagrado de la vida, la chispa vuelve a aparecer”

En tiempos de crisis de salud mental, el especialista estadounidense señala que reconectar con la experiencia espiritual a nivel personal y colectivo puede ser el camino para sanar.

POR María Eugenia Sidoti

No son tiempos fáciles para la humanidad. Como nunca, la soledad y la angustia existencial se expresan en desórdenes de salud mental que afectan a los adultos, pero también —y cada vez más— a adolescentes y niños. Detenerse a pensar en el sentido de la vida, acompañar a conectar con la dimensión espiritual y hacer visible la necesidad de volver a lo profundo y significativo que habita en el alma humana, es la tarea que, desde hace décadas, ocupa al psicólogo y consultor estadounidense Andy Tix, profesor de Psicología y Estudios Religiosos del Normandale Community College en Bloomington, Minnesota. 

“Qué valioso es que la gente de la Argentina esté interesada en hablar sobre estos temas”, celebra el doctor Tix al recibir la llamada de Sophia. Sentado frente a la cámara de su computadora, sonriente y con el fondo de una extensa biblioteca y un piano iluminados por la claridad de un ventanal, el especialista asegura que conversar sobre los dilemas que afronta este mundo herido es, a su vez, el camino para transformar la oscuridad en luz. 

Su mirada profundamente humana sobre los vínculos, la contemplación, el dolor y la esperanza, se reflejan en sus colaboraciones para la revista especializada en temas psicológicos Psychology Today, donde escribe acerca del mayor desafío de estos tiempos: recuperar lo sagrado en nuestro día a día. Por esa razón, Tix se convirtió en una voz clave para quienes se preguntan para qué estamos en la vida, a la vez que resuenan con la búsqueda de algo más grande que la propia individualidad. En el blog La búsqueda de la paz, donde suele discurrir sobre estos temas, recibió más de un millón de visitas. No le asombra: “El ser humano está sediento como nunca de encontrar a la divinidad”.   

—Me gustaría saber, en primer lugar, cómo se inició tu camino espiritual. 

—Crecí en un pueblo muy pequeño, de unos 300 habitantes, en una zona rural de Minnesota, rodeado de campos de maíz y soja. Era un lugar donde no había mucho más que un par de bares, una estación de servicio, una oficina de correo y la iglesia. Mi familia era muy religiosa, íbamos todos los domingos a misa y eso era parte de lo que yo consideraba natural. Con el tiempo, especialmente al llegar a la universidad, empecé a hacerme preguntas más profundas sobre mis creencias. Tuve una especie de «búsqueda espiritual» desde muy joven, especialmente después de la muerte de mi mamá. Ese evento marcó un antes y un después. 

—¿Cuántos años tenías cuando eso ocurrió y de qué manera te transformó?

—Tenía 14 años y, por supuesto, fue muy significativo. Me hizo darme cuenta de que todos tenemos un final, que la vida termina. Y eso me llevó a pensar mucho más sobre cuestiones espirituales: ¿qué significa la vida realmente? ¿Qué quiero hacer con mi vida? ¿Hay algo más allá de la muerte? Siempre me sentí atraído por esas preguntas y fue un proceso que se fue desplegando durante toda mi historia. Eventualmente, me alejé de la iglesia católica y exploré otras tradiciones, otras vías espirituales. Eso también ha sido parte de mi proceso. 

—¿Y cómo llegó la psicología a tu vida?

—Fue algo que surgió en paralelo. Sé que en Argentina todo el mundo hace terapia, pero en mi pueblo nadie iba a terapia, incluso muchos se burlaban de los que iban. Pero yo tenía muchas preguntas internas, quería conocerme. Cuando empecé a estudiar fue toda una revelación. Pero no había materias de religión en mi facultad. Con el tiempo empecé a ver que psicología y espiritualidad, aunque distintas, tienen mucho en común. Ambas abordan la pregunta de cómo vivir una buena vida y qué es lo que nos da sentido. Me interesó ese diálogo entre las dos, porque tocan preguntas similares, aunque de modos distintos, para las luchas que todos tenemos. 

—En muchos contextos, la psicología tradicional no habla de espiritualidad. De hecho, es común encontrar terapeutas ateos. ¿Cómo vivís eso en tu entorno profesional?

—Sí, pasa lo mismo en Estados Unidos. Históricamente, la psicología ha sido menos religiosa que otras disciplinas. Pero eso está empezando a cambiar. En parte, por el auge del mindfulness, que tiene raíces en tradiciones contemplativas como el budismo. Hoy muchas terapias incorporan prácticas de atención plena, aunque a veces se presentan como seculares. Pero la esencia aparece ahí: estar presentes, hacer silencio, conectar con algo más grande. En ese aspecto, veo una apertura y me alegra, porque mi trabajo me permite profundizar en ese terreno. 

—En tus publicaciones hablás mucho del silencio, de volver a estar presentes, de recuperar lo sagrado en nuestra vida cotidiana. ¿Por qué creés que nos cuesta tanto?

—Porque vivimos en un mundo diseñado para distraernos de lo que de verdad importa. Parece que las personas están más ocupadas, más estresadas, porque la tecnología fue diseñada para atraer, captar la atención y generar adicción. Las aplicaciones se crearon para que no podamos soltarlas, porque cada segundo que pasamos mirando una pantalla genera ganancias publicitarias. Las redes sociales, los correos, los mensajes… todo eso nos saca del presente y nos llena de ansiedad; es una distracción constante que ni siquiera termina cuando dejamos el teléfono. Creo que la digitalidad, que es tan valiosa en muchos aspectos, nos aleja de nuestro interior, de lo que realmente queremos para nuestra vida. 

—¿Qué lugar ocupa la gratitud en todo esto?

—Un lugar central. La gratitud es probablemente una de las prácticas más poderosas para el bienestar. Tiene raíces en tradiciones religiosas y espirituales, pero no hay que ser espiritual para practicarla. Hay estudios fascinantes que demuestran que escribir tres cosas por las que estás agradecido cada día mejora el estado de ánimo, el sueño, incluso la salud física. Pero, aunque sabemos que es buena, no siempre la practicamos. Hay muchas otras cosas que sabemos que deberíamos hacer: realizar ejercicio, dormir bien, pero tampoco lo hacemos. Un poco por falta de consciencia, y otro poco por falta de espacio. Vivimos reaccionando, tratando de cumplir con lo urgente del día a día, sobreviviendo.

—Hay una gran crisis de sentido, sobre todo en los jóvenes. Como profesor ¿estás viendo esa realidad entre los alumnos?

—Veo una gran soledad entre los estudiantes. Están rodeados de gente, conectados a través de mil plataformas, pero igual se sienten solos. Eso se relaciona con la crisis de salud mental que estamos viviendo. Por eso, lo que trato de hacer en mis clases es crear comunidad. Les propongo que trabajen en grupos, que vayan juntos a actividades fuera del aula, que conversen, que compartan. Hubo parejas que se conocieron en mis clases, se casaron ¡y me invitaron a sus bodas! (se ríe). Eso me da mucha alegría. Porque ellos necesitan comunidad, y muchas veces no saben cómo construirla. 

El profesor con su clase de Psicología del Holocausto en el Museo Conmemorativo de Washington.

—¿Qué podemos hacer los adultos para ayudarlos?

—Es una gran pregunta. Los adultos tenemos que ser creativos y buscar formas de reunir a los jóvenes, de generar espacios donde puedan vincularse y sentirse parte. No se trata de imponerlo, sino de crear las condiciones para que ocurra. Al principio cuesta, porque muchos tienen vidas muy ocupadas. Pero cuando lo logran, se nota lo bien que les hace la cercanía humana, en especial cuando los convoca desde un proyecto solidario o altruista. 

—¿Pensás que la espiritualidad tiene que ver justamente con eso, con ser junto a otros?

—Absolutamente. La falta de relaciones cercanas y la pérdida de sentido de comunidad están detrás de muchos de los problemas actuales. Antes me preguntabas por la salud mental y sí, está empeorando, sobre todo entre los jóvenes. Hay muchas razones posibles, como la tecnología, pero si tuviera que señalar una principal, diría que es la pérdida de vínculos reales. Aun así, creo que podríamos convivir con la tecnología si lográramos mantener vivos los espacios de encuentro. Funcionamos mejor cuando estamos en contacto directo, cuando hay cercanía, cuando nos miramos a los ojos. 

—¿Qué diferencia encontrás entre la espiritualidad y la religión? 

—La religión tiene una ventaja: es esencialmente comunitaria. La espiritualidad, en cambio, suele ser más individual. Por ejemplo, esta mañana tuve una experiencia espiritual mientras caminaba solo por el parque, pero eso es distinto a participar de una comunidad religiosa donde compartís con otros. Claro que las religiones institucionales tienen sus problemas, pero una de sus grandes virtudes es justamente esa, la comunidad. En muchos espacios religiosos te encontrás con personas de distintos orígenes, edades, niveles económicos y formas de pensar. Eso se está perdiendo y es un capital humano muy valioso.

—¿Cuál es el gran desafío de este tiempo?

—Vivimos tan distraídos que olvidamos mirar el cuadro completo. Por eso insisto tanto en la práctica del silencio, en tomarse unos minutos cada día para volver a uno mismo. Uno de mis profesores, Richard Davidson, solía decir: “Nadie nace con el instinto de cepillarse los dientes. Es un hábito que aprendemos”. Entonces, ¿por qué no aprender el hábito del silencio? Cinco minutos al día bastan para sentarte a mirar el cielo, leer algo que te inspire, o escribir tus pensamientos. Y esos minutos pueden cambiarlo todo.

—En medio de un mundo tan roto, con tanta violencia, tanta injusticia, ¿qué te da esperanza?

—Los jóvenes me dan esperanza. A pesar de todo, tienen energía y deseo de mejorar el mundo. Viven en un contexto difícil, sí, pero tienen ese impulso de hacer algo significativo con sus vidas. También me da esperanza ver que, cuando los adultos se detienen un momento, la mayoría quiere contribuir a que el mundo sea un lugar mejor. Ese impulso está ahí, solo que muchas veces queda tapado por el ruido cotidiano. Cuando nos damos un tiempo para reconectar con lo que realmente importa, con lo sagrado de la vida, la chispa vuelve a aparecer. La mayoría de las personas quiere hacer lo correcto y a veces solo hay que despejar el camino para que ese impulso natural pueda expresarse.

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