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Andar, una experiencia olvidada

Dejar de lado las caminatas dirigidas por la razón y la urgencia también es un arte que podemos aprender a desplegar. ¿Cómo? Echando a andar por el mundo sin rumbo, sin prisa, con la única meta de hacernos cada vez más presentes.

Por Sergio Sinay

Vivimos en la cultura de la productividad. Todo lo que hacemos debe servir para algo. Cuando no es así nos sentimos “inútiles”, “vagos”, culpables de no producir. Estamos obligados a “tener algo que hacer”. Y si no lo tenemos nos amenaza una cierta angustia, la sensación de vacío. Podemos ser conscientes, o no, de este mandato. Lo cierto es que existe y está implantado en el inconsciente colectivo. Una vez capturados por el productivismo nos encontramos con que no hay límites. ¿Cuánto es suficiente? No se sabe. Por lo tanto, hay que producir más y más. Se impone la velocidad. Pasar rápido a lo siguiente, y a lo siguiente, y a lo siguiente. Ya no importa a dónde vamos ni para qué. Pero debemos ir rápido. Y en esa marcha veloz se pierden los detalles, las delicias del paisaje. También cesa el contacto con las propias sensaciones.

En esta cultura caminar es absurdo, aburrido, improductivo. Hay que correr (running, entrenamiento, maratón, 10, 20, 42 kilómetros son las palabras imperativas). El peatón, el simple caminante, es un pequeño ser que no merece consideración. El runner manda. De manera directa y simbólica. Como realidad y como metáfora. “No queremos vivir vidas de peatones. Sin embargo, tal vez deberíamos”, piensa John Kaages, profesor y catedrático de Filosofía en la Universidad de Massachusetts. En un ensayo escrito para la publicación digital Aeon recuerda que “muchos de los grandes pensadores de la historia han sido peatones. Henry David Thoreau y William Wordsworth, Samuel Taylor Coleridge y Walt Whitman, Friedrich Nietzsche y Virginia Woolf, Arthur Rimbaud, Mahatma Gandhi, William James, basaron el funcionamiento de sus mentes en el movimiento constante de sus pies”.

Otro profesor de filosofía, el francés Fréderic Gros, de la Universidad de París-XII, dice en su delicioso libro Andar: “Para caminar hacen falta ante todo dos piernas. Todo lo demás es superfluo. ¿Quieren ir más rápido? Entonces no caminen: rueden, deslícense, vuelen. No anden. Caminando, solo una hazaña importa: la intensidad del cielo, la belleza de los paisajes”. Y concluye de manera terminante: “Andar no es un deporte”.

El reloj de Sísifo

Es que, en su verdadera y esencial acepción, andar es un arte. Algo que aviva el espíritu y enriquece el alma, aunque, en sí, no tiene una finalidad. No produce. Esto es algo difícil de concebir en estos tiempos en que, hasta para caminar, necesitamos fijarnos un objetivo. Kaages lo describe de esta manera: “Por lo general, caminamos para llegar a algún lugar: el supermercado, el estudio de yoga, el enfriador de agua. Necesitamos pasear al perro, o caminamos en protesta por una causa. Caminamos para ponernos en forma, contando nuestros pasos en un Fitbit o reloj inteligente. La deambulación se convierte en una cuestión de probar, lograr, ganar, vencer, alcanzar un objetivo concreto. Hay algo triste en orientar nuestro andar exclusivamente en torno de fines tan discretos. El intento frenético de llegar a algún lugar y llegar a tiempo equivale a una lucha contra el reloj de Sísifo: cuando llegamos a un destino, debemos volver a ponernos en marcha de inmediato, concentrados en el siguiente lugar de parada”.

Gros, a su vez, recuerda quién le enseñó el secreto de andar. Mateo, un hombre delgado y fibroso, de unos setenta y cinco años, con el cual salía a caminar por los bosques cuando él tenía veinte. Resulta paradójico decir que le “enseñó”, pues, como el propio Gros afirma, “todo el mundo sabe andar. Poner un pie delante del otro es la medida adecuada para ir a alguna parte, adonde sea. Y basta con repetir el gesto”. En todo caso, la lección consiste, según nos recuerda, en que la señal auténtica de la seguridad es la lentitud. El mal caminante, dice este pensador, a veces va rápido y a veces despacio, se apresura, acelera o, de pronto, aminora el ritmo. Lo hace en función de su meta y del tiempo que se fijó. El buen caminante, en cambio, mantiene la regularidad de su marcha, la uniformidad de sus pasos, no se precipita, no tiene que “ganar” tiempo. En realidad, marcha con el tiempo, fluye con él. Como Arthur Rimbaud, el poeta de Una temporada en el infierno e Iluminaciones, un precursor del surrealismo, quien murió el 10 de noviembre de 1891 en Marsella y se describía a sí mismo diciendo “Soy un peatón, nada más”. Y su acta de defunción específica, precisamente, que estaba en Marsella “de paso”.

«La deambulación se convierte en una cuestión de probar, lograr, ganar, vencer, alcanzar un objetivo concreto. Hay algo triste en orientar nuestro andar exclusivamente en torno de fines tan discretos. El intento frenético de llegar a algún lugar y llegar a tiempo equivale a una lucha contra el reloj de Sísifo: cuando llegamos a un destino, debemos volver a ponernos en marcha de inmediato, concentrados en el siguiente lugar de parada».

John Kaages

Quien ejerce el arte de andar experimenta profundos y trascendentes encuentros consigo, al tiempo que capta los entresijos y secretos más significativos de la realidad. Los que asoman en el canto de un pájaro, en los colores del cielo, en la caída o la forma de la hoja de un árbol, en el cruce de miradas con un perro o con otra persona, en el reflejo de la luz sobre una superficie. Se piensa caminando y se camina pensando, apunta Gros. Ambas cosas no son la misma y en ambas el cuerpo descansa mediante la contemplación del horizonte y de los espacios. Federico Nietzsche (1844-1900), poderoso pensador cuya influencia perdura hoy, solía andar frecuentemente por la Selva Negra, y afirmó: “Camino mucho por los bosques, y mantengo conmigo mismo brillantes conversaciones”. Algo difícil de hacer cuando se corre o cuando se persigue todo el tiempo un objetivo productivo.

Recuperar la experiencia

Es necesario establecer una diferencia entre caminar y andar. Aunque en principio fueran sinónimos, hoy caminar parece encuadrarse en la cultura de la productividad. Es una actividad que, como advierte Kaages, “está cada vez más mediada por dispositivos tecnológicos que se llevan en las muñecas o se sujetan con las manos”. El objetivo es medir tiempos y pasos. Atentos a esas mediciones dejamos de experimentar. “Experimentar es percibir”, dice Kaages. “Cuando miramos una pantalla, podemos ver algo, pero no lo percibimos. Vivir la vida a través de representaciones es vivir pasivamente, recibir más que experimentar. En lugar de preguntar ¿Qué veo?, se nos dice cómo ver y, a menudo, qué sentir, gran parte de lo cual está determinado por el algoritmo”.

Andar es salir de los espacios aislados de la virtualidad, del universo artificial de las redes y los navegadores, donde el otro es un fantasma, apenas una silueta o un alias, y donde los paisajes están pixelados, para explorar el ancho mundo real con sus escenarios y sus misterios. Ante esta propuesta, alguien podría preguntar irónicamente cuál es la ventaja de simplemente andar. Dejemos que responda Kaages: “Sería como preguntar cuál es el sentido de ver una puesta de sol, o preguntar el valor de contemplar una pintura de Rembrandt u oler una rosa. La respuesta es simple: solo por la experiencia”. La maravillosa experiencia de salir y andar.

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