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1 agosto, 2009 | Por

Analfabetos emocionales


Podemos dar opiniones o poner en palabras un pensamiento, pero nos cuesta identificar y expresar nuestro sentir.

En alguna conversación de café con amigos, pregúntele a alguien qué es lo que siente en ese momento. Verá que, al instante, le contestarán con una opinión o un pensamiento acerca de lo que sea, pero no le responderán sobre el sentimiento, porque es altísima la probabilidad de que quien recibió la pregunta no sepa discernir al respecto. Pídale a esta persona que le diga si siente rabia, tristeza o alegría, y podemos apostar a que le responderá que se siente “mal” o “bien” (casi un juicio de valor más que una emoción determinada), sin entrar en detalles sobre la textura íntima de esas emociones, y en un segundo, le estará contando el porqué de su sentir bueno o malo ofreciendo elaborados argumentos al respecto. Todo, menos hablar o expresar desde la intimidad misma del sentimiento.

“¿Qué sentís cuando escuchás a Fulano diciendo lo que dice?”, preguntamos. “Pienso que lo que dice es una tontería total”, dirá Mengano, mientras sus ojos dejan trasuntar que está indignado. Es el principio de una gran confusión, porque no tomar conciencia de lo que uno siente es un malentendido que dará muchos dolores de cabeza.

Creo que los varones somos algo peores que las mujeres a la hora de identificar sentimientos y hasta sensaciones. Inclusive en el plano físico, nos es más difícil nombrar lo que sentimos. De todas maneras, no es cuestión de ponerse sexistas, ni tampoco decir que los argentinos somos, también, los peores a la hora de saber discernir acerca de nuestras emociones. Sin embargo, y sin miedo al yerro, digámoslo de una vez: somos analfabetos emocionales. Somos “de madera” a la hora de darle identidad y verbo al mundo emocional.

Eso sí, somos buenos “descargadores de emociones”, en el sentido de que hay una idea generalizada de que los sentimientos existen para ser “descargados”, cual molestia, peso o entripado. Confundimos expresar o compartir con “descargar”. A la vez, no consideramos al mundo emocional como parte de la inteligencia o, menos aun, como parte de nuestra identidad: los sentimientos son colados que viajan sin boleto dentro de nosotros, y hay que hacerlos bajar rápido sin siquiera preguntarles el nombre y porqué están allí.

A la vez, este analfabetismo dificulta la identificación y el discernimiento entre la emoción genuina y el “truchaje” emocional, que es el juego manipulatorio de las seudoemociones, como las lágrimas de cocodrilo o la victimización. Este tipo de anafalbetismo nos deja llenos de ideas vacías que intentan compensar la falta de vibración emocional en nuestra vida. Ante esto, la propuesta es respirar (dos, tres veces, profundo), darse cuenta de que estamos respirando, y, desde allí, buscar la emoción en nosotros para entender en clave de qué estamos procesando lo que el mundo nos ofrece.

Para ello ofrecemos una recetita (aunque es políticamente incorrecto ofrecer recetas): busque en su cuerpo… allí está la emoción vibrando, no en su cabeza con forma de idea. En el cuerpo, en esa contractura, en esas ganas de saltar o de acostarse, en el palpitar del corazón está el camino para identificar lo que está sintiendo. Es sólo cuestión de tomar contacto, y las palabras salen luego solas. Después verá qué hace con el sentir que identifica, ya que no es cuestión de andar soltando rienda a todo. Pero, con ese mapa interior bien clarito, es difícil que se pierda en los laberintos de cada día por no saber “leer” la realidad de las emociones que le recuerdan que está vivo.

ETIQUETAS emociones sentimientos

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