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Pareja

14 febrero, 2019

Amores complicados, la otra cara de San Valentín

¿Por qué creemos, erróneamente, que para amar "de verdad" siempre hay que sufrir? ¿De qué manera podemos revertir el estereotipo de ese amor doliente que nos acompaña desde hace tanto tiempo? Claves para construir una pareja saludable.


La perfección del amor es morir por amor“. La frase es del filósofo suizo Denis de Rougemont (1906-1985), autor de los libros El amor y Occidente y Los mitos del amor, donde se ocupó de indagar en cómo la concepción del amor de cada cultura se traducía en una determinada idea del ser humano y de su sentido de la vida, en una trama a la vez erótica y espiritual. “El amor feliz no tiene historia. Sólo el amor mortal es novelesco; sólo el amor amenazado y condenado por la propia vida puede ser exaltado por el lirismo“, se presenta la obra de este autor, buscando una respuesta al por qué de semejante contradicción: ¿cómo es posible que en el mismo acto de amar subyaga la idea de poder dañar?

Durante siglos, esa imagen igual fue ganando fuerza: creer que, cuanto más sufrido y tempestuoso, el amor era más fuerte y verdadero, llevó a establecer parámetros equívocos para los vínculos de pareja, convirtiéndolos en engranajes necesarios para sostener los alcances del patriarcado a través de relaciones desiguales, basadas en el sometimiento y apuntaladas a partir de la idealización del amor.

“No ser amados es una simple desventura, la verdadera desgracia es no saber amar”.

Albert Camus

San Valentín, de alguna manera, da cuenta de ese proceso: ¿de qué manera una fecha podría decirnos cómo, cuánto amar? Y peor aún, ¿de qué valen los regalos y las cenas románticas, cuando algo patológico se ha gestado dentro de una pareja?

De hecho, durante mucho tiempo, al hablar de asesinatos en el marco de relaciones amorosas la etiqueta era obligada: “crímenes pasionales”, titulaban los medios de comunicación. Como si, en el fondo, la pasión habilitara cualquier tipo de desmán, incluso el de acabar con la vida del ser amado. Como si el “síndrome de Otelo” (por usar como ejemplo ese concepto surgido a partir del celoso personaje de William Shakespeare) fuera, más que una enfermedad, un mero acto de romanticismo.

Es que las agresiones, los celos patológicos, la descalificación y la violencia no son, bajo ningún punto de vista, una condición del amor.

Amar sin herir

Los tiempos cambiaron y, con ellos, la información acerca de cuál es la forma saludable de establecer lazos amorosos. Y si bien la cultura evoluciona hacia un nuevo paradigma, aún queda mucho camino por recorrer a la hora de instalar nuevos contratos de pareja que echen por tierra aquellas ideas erróneas fijadas en el inconsciente de todos. Sí, como el tristemente célebre dicho “Porque te quiero te aporreo“.

Los datos del Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat de la Ciudad confirman que todavía falta: en los últimos dos años se triplicó la asistencia a adolescentes por noviazgos con señales de violencia. “Sólo del 2017 al 2018, la asistencia creció un 60%, y de 2016 a 2018, ese porcentaje asciende al 151%“, puede leerse en la publicación oficial del organismo.

Las cifra corresponde a adolescentes entre 13 y 18 años con vínculos violentos (físico, emocional y/o sexual) en sus relaciones de pareja, que acuden al Programa Noviazgos Sin Violencia.

En ese marco, el dato alarma especialmente porque viene a demostrar que, a pesar de los recursos materiales y simbólicos destinados a impulsar el cambio, el estereotipo “amor + sufrimiento” sigue siendo una triste realidad incluso para las nuevas generaciones.

El Programa Noviazgos Sin Violencia pertenece al Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat de la Ciudad y tiene como objetivo brindar asistencia, orientación y acompañamiento a adolescentes entre 13 y 21 años que viven o vivieron situaciones de violencia física, emocional o sexual en sus parejas. Asimismo, ofrece atención a las familias de las víctimas. Para obtener asistencia se puede llamar a la línea 144 todos los días, las 24 horas, o acudir a cualquiera de los Centros Integrales de la Mujer ubicados en las distintas comunas de la Ciudad (ver el más cercano en buenosaires.gob.ar/mujer).

Por esa razón, en el Mes de los Enamorados, se busca brindar mayor información y asistencia a quienes estén en esa situación, a través de un programa que busca identificar, asistir y contener a las víctimas de relaciones violentas.

Al respecto, la Ministra de Desarrollo Humano y Hábitat de la ciudad, Guadalupe Tagliaferri, expresó: “Reconocer las señales de alerta en el noviazgo y poder pedir ayuda a tiempo es clave para la construcción de vínculos de pareja saludables”.

¿Cómo salir de un noviazgo violento? Prestar atención a ciertas conductas es el primer escalón.

Existe una idea del amor romántico mal idealizado que, por suerte, se está desarmando. Las primeras relaciones de pareja, los noviazgos, sobre todo en la adolescencia, van moldeando la forma en que nos vinculamos y cómo nos paramos como mujeres frente al mundo. Es muy común que ‘en nombre del amor‘ se justifiquen los celos y el control. ‘No te vistas así porque provocás a otros‘ , ‘no te maquilles porque te miran‘, ‘si no tenés nada que ocultar, mostrame tu teléfono o dame las contraseñas de tus redes sociales‘. Esas son las primeras señales de que una relación no va por buen camino”, sostiene asimismo Agustina Señorans, Subsecretaria de Promoción Social.

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Para identificar esas señales a tiempo, se diseñó un test online que permite sondear si la relación de pareja presenta indicios de violencia. Se trata de un cuestionario confeccionado a partir de preguntas simples y concretas, que apuntan a detectar comportamientos de control, dominación, humillación y descalificación presentes en la relación de pareja. Se puede responder en buenosaires.gob.ar/elamorhacebien.

“El amor es divino y humano. Se amasa con materia y espíritu. Pero a la larga siempre necesitará recomponerse, volver a empezar, redefinirse, ser visto con ojos nuevos”.

Doctor Enrique Rojas

Asimismo, es importante destacar que determinadas prácticas sexuales “como prueba” de amor, también son una forma de ejercer la violencia. Dice Señorans: “Hay chicas que no disfrutan sus relaciones sexuales por hacer lo que el otro les pide y eso no está bueno. En general, mucho antes de la violencia física (los empujones, los golpes) y sexual, empieza la violencia psicológica, que es invisible pero condiciona. Las chicas se alejan de sus amigas y amigos, y centran su vida alrededor de esta relación. Ese es un primer alerta muy importante para tener en cuenta: si cambia su rutina, si deja de ver a su gente o abandona sus actividades porque quiere estar con el novio, es un buen momento para empezar a prestar atención y pedir o brindar ayuda“.

En su libro Sospechas Verdaderas, la licenciada en Psicología Patricia Faur aborda la cuestión de los celos y la desconfianza, siempre presentes a la hora de dar a luz amores complicados, y propone apostar a la libertad y al crecimiento personal, como el único camino posible dejar atrás la posesión y las conductas destructivas. “Si hay algo que puede mantener unidas por mucho tiempo a dos personas con alegría y bienestar es la sensación de saberse libres para ser auténticamente quienes quieren ser“, escribe Faur.

En definitiva, se trata de establecer vínculos saludables, lejos de los contratos afectivos enlatados que supieron regalarnos los romances de película. Ejercicios propios, íntimos y a pura prueba y error, edificados sobre la única certeza que tenemos acerca de amar: que se trata de una capacidad muy superior a las puras circunstancias de una pareja actual.

Crónica de un noviazgo violento

Lara C. hoy tiene 30 años y hace tres que se separó de su primer novio, con quien comenzó a salir a los 17. Dice que recién con el tiempo pudo ver que fue víctima de una situación de violencia, algo que en aquel entonces no le parecía posible: “El nuestro es un amor de novela, con todos los condimentos“, solía definir ella, llamada a explicar por qué vivían peleando y reconciliándose cada dos por tres. Lara hoy sabe que el vínculo comenzó mal de movida: “Me decía que yo era una flaquita que no valía dos pesos, pero que él, aunque podía estar con chicas más exuberantes, me prefería a mí porque era el único dueño de mi cuerpo; con él tuve mi primera vez. Vivía halagándome para después descalificarme, decía que mis amigas eran falsas, o atorrantas, que mis papás no me prestaban atención suficiente, que mi hermana me tenía envidia… Así comencé a alejarme de la gente y a estar todo el tiempo con él, una obsesión que fue alimentando a través de amenazas solapadas, del tipo: ‘Si no venís, me busco otra’. Igual me engañaba y cuando yo le decía que así no quería seguir, él aseguraba que me iba a arrepentir toda la vida“, cuenta Lara, quien intentó dejarlo varias veces, pero volvió ante sus insistencias y escándalos. También, muchas veces, gracias a sus gestos amorosos, como los pedidos de disculpas o esos regalos que le daba en su cumpleaños, en los aniversarios, en San Valentín. “A veces me trataba como una reina, pero otras me gritaba y maltrataba aunque hubiera alguien más; yo también lo empujé o le pegué un cachetazo alguna vez. En esa época, hace ocho años, nadie se metía, eran cosas de pareja y yo no alcanzaba a dimensionar lo violento que era todo. Pero después de una pelea muy fuerte, una amiga me ayudó a abrir los ojos: vio los moretones en mis brazos y habló con mis viejos. Empecé una terapia y dejé de verlo sin estar del todo convencida. Tenía miedo de perderlo, de que se enamorara de otra, de quedarme sola toda la vida… De a poco comprendí lo que estaba pasando. Necesité mucha fuerza propia y contención de mis seres queridos para no recaer. Hoy sé que tuve suerte de que solo hiriera mi alma…“, describe Lara, haciendo una pausa para tragar saliva y dando un suspiro de alivio muy fuerte.

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