Sophia - Despliega el Alma

Día del amigo

20 julio, 2021

Amistad, el gran tesoro de nuestra vida

En este día tan especial, en el que celebramos el vínculo que nos une a esos seres que son sumamente importantes para cada uno de nosotros, reflexionamos sobre las nuevas formas de encontrarnos con ellos en profundidad, a pesar de las restricciones y la lejanía física.


Foto: Unsplash.

Por Dolores Caviglia

Hicimos tantas cosas frente a la pantalla en este último tiempo. Trabajamos, aprendimos cosas, dimos conferencias, rendimos materias, tuvimos turnos con médicos, reuniones con nuestros jefes, clases con los más chicos… Y entre todo eso sostuvimos, como pudimos, nuestras amistades. Durante los primeros meses de cuarentena obligatoria nos apoyamos mutuamente online y festejamos cumpleaños, el recibimiento de una amiga, test negativos de Covid-19, un ascenso en el trabajo o simplemente nos conectamos para vernos, para saber que no estábamos solos en esto.

También hicimos anuncios: contamos que nos íbamos a mudar, que íbamos a cambiar de empleo, que nos habíamos separado. Hubo mucho llanto. Lágrimas frente a la computadora por la angustia de no saber cuándo iba a terminar el brote, de tener miedo a enfermarnos, a que se enfermen nuestros seres queridos. Y nos reímos. Nos contamos chistes para olvidar un poco lo que pasaba afuera y celebramos esos momentos de alegría. Así intentamos sostener el contacto al que estábamos acostumbrados, pero que había desaparecido en ese momento en que nos dijeron que había que quedarse en casa para no contagiarnos. A pesar de todo estábamos ahí, los unos para los otros.

Julio es el mes de la amistad en la Argentina y un buen momento para recordar con historias de amigos todo lo que conseguimos hasta ahora. Los vínculos nuevos, los viejos, los renovados, los que se fueron pero nos dejaron enseñanzas, las piedras en el camino que sorteamos y reforzar esta idea de que la vida es mejor cuando la compartimos, de la mano de ese proverbio tan bello que dice que la amistad es cercanía a pesar de todas las lejanías.

Nada de cara a cara

Lucía Villanueva no hizo videollamadas con sus amigas de siempre. Acostumbrada a esa vida social compartida por los años de historia y a las anécdotas divertidas, Internet y la distancia no parecieron una opción para reemplazar nada. La apuesta era esperar. En marzo, cuando comenzó la pandemia de Covid-19, creyeron que eso de quedarse en casa no iba a durar mucho y aguardaron. Y la espera se demoró y siguió, pero ellas no cambiaron de parecer.

“El descubrimiento más hermoso que hacen los verdaderos amigos es que pueden crecer por separado sin separarse”. Elisabeth Foley

A sus 28 años, habla a través de la pantalla y dice que al principio todo fue una especie de entendimiento en silencio y que después, cuando intentaron un encuentro por Zoom, la charla fue rara, como deprimente. Pero ese espacio que no consiguió con sus amigas de la infancia lo encontró en otro lugar. Con cuatro compañeras de un taller de escritura, ella, guionista y actriz, formó un grupo que se reunía frente a la computadora todos los domingos para escribir y compartir textos.

La salvación fue la creatividad. “No nos conocíamos. Teníamos cero cotidianeidad. Pero empezamos a juntarnos un domingo a escribir y a comentarnos series, películas, la vida, lo que sentíamos. Empezamos a vernos religiosamente cada domingo. Nos apoyábamos en un espacio que estaba copado por otras cosas que no eran el virus, que nos hacía olvidar de lo que estaba pasando”, relata Lucía, quien vive sola en la ciudad.

Después todo se volvió muy íntimo. Del compañerismo a la amistad y de la computadora a una plaza, la relación creció. Hoy, más de un año después, los domingos entre textos ya no son tan habituales, pero armaron un grupo de WhatsApp en el que están conectadas todo el tiempo. “Somos parecidas”, dice y en su tono revela lo amoroso del vínculo y también lo salvador, lo renovador que tiene eso de encontrar gente que la está pasando igual que uno.

Foto: Unsplash.

Con la misma distancia

Si tuviera que explicar sus meses de pandemia, Carolina no podría decir que fueron algo lineal. Hubo subidas, bajones, muchas lágrimas (incluso recuerda un pequeño charco de lágrimas), risas, música y soledad. Cuando piensa en lo vivido, los amigos que quedaron lejos, los que se hicieron muy cercanos, se llena de energía positiva y asegura que eso fue lo mejor de todo este tiempo: la amistad y la posibilidad, gracias a Internet, de sentirse igual de cerca pese a los kilómetros.

Carolina Abarca es cordobesa, coordinadora general de Sophia y hace años que vive en la ciudad de Buenos Aires. El brote fue la muestra de que la distancia sí puede acortarse. A sus 35 años, resalta esto como uno de los sus logros de los últimos meses: “La distancia además puso un filtro. Ya no hago cosas por inercia. Es todo más auténtico. Y también nos iguala. Todos sentimos lo que es estar lejos”.

“La vida es en parte lo que la hacemos y en parte lo que la hacen los amigos que elegimos”. Tennessee Williams

Así, la amistad para Carolina pasó a ser más real y también algo nuevo. Porque si bien la lejanía que sostuvo con sus amigos históricos, los de su provincia natal, se volvió corta con la ayuda de las videollamadas, de las noches de cenas y charlas por horas, una amistad nueva la sorprendió y le mostró que no hay reglas.

Una persona que conocía pero a quien no frecuentaba mucho se acercó a ella por una cuestión hasta estadística (dos solteras que vivían solas en la Ciudad) y sin saberlo ese gesto fue el principio de una amistad muy valorada. De hecho, en una charla por teléfono Carolina cuenta: “Mi cumpleaños del año pasado fue uno de los más hermosas de mi vida y lo organizó ella, que no conoce a nadie de mi entorno. No sé cómo lo hizo, pero juntó a todos mis seres queridos, a los de Córdoba, a mi familia, a los del colegio, a los del trabajo, a todas las personas que quiero, en un video que duraba como quince minutos. Así me hizo ver que la presencia no pasa por la presencialidad. Fue algo muy lindo”.

Si bien la virtualidad ahora no es lo que prima en la vida de Carolina, sí insiste en esta idea de que la presencia no es condición de la amistad. Hoy, con menos restricciones, sale a caminar con sus amigas, comparte charlas al aire libre, pero sabe que hay una cosa que cambió con la pandemia y que no va a volver a cambiar: “Cuando conectás y tenés vínculos que cultivás en profundidad, no necesitás estar presente. El amor es un gesto que podés tener sin estar presente”.

Lo impensado

Bárbara hizo cosas que no se hubiera imaginado. Acostumbrada a tener una cotidianeidad semanal con sus amigas desde el jardín de infantes, siempre una cena en una casa o en un restaurante del barrio en que nacieron todas, Lomas de Zamora, pasó a imitar esos encuentros frente a una pantalla dividida en cuadraditos. Así comían, tomaban unos tragos, se contaban cosas y dejaban que el tiempo pase. Pero nunca fue lo mismo. Si bien reconoce que las juntadas en vivo eran caóticas, asegura que verse así era un descontrol: hablaban todas al mismo tiempo, no se escuchaban, la conexión funcionaba mal, se perdían entre el barullo y no conseguían profundizar en los temas que querían.

Era un tiempo complicado. La pandemia las encerró y alejó en un momento muy particular para este grupo de once amigas: dos de ellas quedaron embarazadas en los primeros meses de 2020 y no pudieron compartir su día a día como esperaban. “Hacíamos Zoom para intentar ver las panzas de nuestras amigas, cómo crecían, pero era un caos. Cenábamos juntas, escuchábamos música, nos quedábamos conectadas hasta la madrugada. No era lo mismo, pero nos ayudaba”, dice.

“Agradezcamos a esas personas que nos hacen tan felices; ellos son los encantadores jardineros que hacen florecer nuestras almas “. Marcel Proust

No fue lo único extraño, porque una videollamada también fue el canal por el que se enteró que una de sus amigas de toda la vida se iba a vivir a España. “Yo siempre hacía chistes y en ese momento me quedé muda. Estaba helada. Hasta llegamos a pensar que nos estaba cargando. Pero no. Se fue”, relata.

Fue en medio de este caos que Bárbara, 37 años, ejecutiva de cuentas de una empresa, tuvo que hacer cosas que no imaginó, como un baby shower para su mejor amiga. En total se reunieron cerca de 30 personas para desearle lo mejor a ese bebé que estaba por nacer y a la madre primeriza. “Nos juntamos por la tarde, nos pusimos sombreros algo ridículos para celebrar y reírnos y le mostramos así todo lo que la queríamos. Ella lloraba del otro lado de la pantalla, fue una sorpresa”.

Luego recuerda que esos fueron los últimos encuentros virtuales multitudinarios. Después, convencida de debían encontrar la forma de conectarse mejor, empezó a juntarse de la misma forma pero entre menos. “Nosotras incluso llegamos a pelearnos por Zoom, todas juntas, por lo que vimos que teníamos que encontrar otra manera”, asegura y cuenta que así sí pudieron sostener mejor los vínculos, hablar de las cuestiones que las tenían preocupadas o contentas.

En busca de eso esencial, hoy Bárbara elige el cara a cara. Tras las primeras juntadas grupales y al aire libre, cuando comenzaba el calorcito de la primavera de 2020 y despedían a esa amiga tan querida, ahora las reuniones siguen siendo a la intemperie pero ya no de a tantas. Eso sí las once se juntan por Zoom una vez por mes. Eso ya es una rutina.

Lo que le pasó a Bárbara no es una excepción. De acuerdo con un estudio de la University College London el confinamiento afectó de forma directa las relaciones personales, porque las charlas pantalla de por medio instalaron temas más superficiales. En este marco, el 22% de la gente entrevistada por los especialistas informó que sus amistades habían empeorado y el 14% dijo haber perdido vínculos. Barbará reconoce sin vergüenzas que las charlas por Internet se habían vuelto algo vanas. Sobre este tema, el licenciado Jorge Garabenta, secretario general de la Federación de Psicólogos de la República Argentina, explica que pese a los esfuerzos hay algo que la tecnología no brinda. Eso que a estas amigas les faltaba: “La tecnología ayudó a sostener los lazos pero más allá de los esfuerzos no logró suplir el plus irremplazable de la presencialidad, esencial para las personas, que viene acompañada de la mirada, el tacto, el timbre de voz, los olores. De hecho, aún en pandemia, en las presencialidades fugaces, no se pudo evitar algo del tacto con el otro, ya sea con el codo o el choque de puños, porque esa es la esencia del ser humano”.

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