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ALIANZA CON ESPACIO ASHOKA

6 diciembre, 2021

El papel de los varones en la construcción de relaciones igualitarias

Educar en masculinidad es una de las tareas fundamentales de este nuevo tiempo. Una charla con Carlos Güida Leskevicius, emprendedor social de Ahoka, para comprender cuáles son las oportunidades y los desafíos por delante.

Por María Fonseca, Directora de Búsqueda y Selección de Emprendedores Sociales de Ashoka

Nos encontramos en una época sin precedentes en términos de oportunidad para redefinir las reglas del juego de los roles de género. Y el rol de lo masculino, estudiado en sus implicancias por más de 30 años, tiene mucho para aportar a un debate que está presente e incide en todos los espacios sociales: la escuela, la familia, el trabajo, los medios, la política.

Para reflexionar sobre este tema conversamos con Carlos Güida Leskevicius, emprendedor social de Ashoka desde 2000, quien aporta una valiosa mirada sobre el tema, nutrida por su largo recorrido académico y social. Durante la conversación, Carlos invita a pensar en la importancia del papel que tienen los varones como aliados posibles para la construcción de relaciones igualitarias a nivel derechos, pero también en la importancia de la educación en materia de género y su revisión, que está aún pendiente.

En la búsqueda de nuevos consensos, el desafío será aumentar la coherencia en el actuar e ir más allá de lo políticamente correcto para asumir responsabilidades personales, lo que desde Ashoka llamamos «una invitación a actuar como agente de cambio». Sean todas y todos bienvenidos a este camino en permanente construcción.

Carlos Güida Leskevicius es doctor en Medicina y emprendedor social de Ashoka. 

—¿Qué es el trabajo con masculinidades y por qué es tan importante en el contexto actual?

—Trabajar en el campo de las masculinidades es un enorme desafío y es una oportunidad de incidir, tanto en la vida cotidiana, como en las comunidades y en las políticas públicas. En lo personal, comencé a principios de los años 90 a abordar la construcción de la masculinidad en varones jóvenes y adultos. Pero nadie llega de un día para el otro, sino que habitualmente hay un proceso previo, algo que se va gestando y que nos ha hecho pensar en el propio proceso de construcción de lo masculino, de los mandatos sociales, de lo que se entiende por lo viril, por ser hombre. Es decir, trabajar en masculinidades implica, a mi entender, un proceso continuo de pensarse y de pensar el entorno.

«Si reflexionamos sobre los modelos devastadores de los ecosistemas y el sistema de valores que orientan determinadas políticas de desarrollo insustentable, si observamos los fundamentos de muchos de los conflictos armados, detrás hay concepciones, actitudes y prácticas que se centran en una masculinidad férrea, sin compasión por la naturaleza, por las diversas culturas, por las minorías».

Si bien hace más de 30 años que comenzaron los estudios sobre las masculinidades y fueron emergiendo distintos grupos de varones que cuestionan el modelo patriarcal, en los distintos continentes hemos visto un impulso desde la primera década de este siglo. Si reflexionamos sobre los modelos devastadores de los ecosistemas y el sistema de valores que orientan determinadas políticas de desarrollo insustentable, si observamos los fundamentos de muchos de los conflictos armados, detrás hay concepciones, actitudes y prácticas que se centran en una masculinidad férrea, sin compasión por la naturaleza, por las diversas culturas, por las minorías.

—¿Qué avances hubo en el tema de las masculinidades en los últimos tiempos?

—Personalmente, prefiero conversar sobre niños, jóvenes y hombres adultos concretos. Hablamos de la condición de las mujeres, no de las feminidades. Pues hablemos de los varones y su papel en la construcción de relaciones igualitarias en derechos. Las masculinidades también abarcan a las mujeres, a las personas transgénero. El tema es cómo se encara la masculinidad en los hombres y cómo los hombres cumplen —o intentan cumplir— con esos mandatos. Sea en la esfera de los vínculos personales, eróticos, amorosos, familiares y también en círculos más extensos, como los comunitarios, los sociales y los políticos. Hoy estamos en verdaderas encrucijadas en la búsqueda de la equidad de género o en acentuar las diferencias entre mujeres y varones, desde una mirada interseccional. Vemos discursos de odio, un aumento de la misoginia, expresado en plataformas virtuales, distintas modalidades de bullying, de nuevas formas de fundamentalismo y de intolerancia. Y también visualizamos niveles de conciencia crecientes, por parte de las mujeres y de muchos hombres, acerca de la necesidad de contar con los varones como aliados para un cambio en las relaciones de género.

—La pandemia dio vuelta todo… ¿abrió también nuevas oportunidades para pensarnos y pensar este tema?

—Sería un error pensarlo en blanco y negro. Es imprescindible ver los contextos de las oportunidades: no es lo mismo observar las conductas paternas en el contexto del teletrabajo, que la situación de los hombres que deben concurrir a trabajar a una mina, o de una familia con hombres mayores en situación de discapacidad. Naturalizar —para los sectores medios— que todos en la casa acceden a Internet, a laptops y que tienen una alfabetización informática previa, nos conduce a errores de diagnósticos y a conclusiones parcialmente erróneas. Claro, uno piensa desde un lugar social, un imaginario. Y eso, en los niveles de decisión, puede resultar en la toma de decisiones equivocadas. Hay estudios, por ejemplo de CEPAL, que muestran el impacto en lo laboral en las mujeres [1]. Por ahora hemos visto pocos estudios que expresen qué piensan los hombres de esta situación de pandemia, más allá de la reconocida brecha o del incremento de la corresponsabilidad expresada en porcentajes. Sí hemos visto cómo para muchos jóvenes, adultos y adultos mayores, se expresa una cierta mirada de la invulnerabilidad, o de la poca solidaridad intergeneracional, es decir en qué medida los hombres expresan el socio-cuidado más que la soberbia de sentirse invulnerables. La pandemia confirmó que ningún evento social catastrófico es igual para todos, y lo dijimos desde el primer día.

—¿Hay cambios respecto de este tema en la educación actualmente?

—Estamos lejos de haber garantizado la coeducación, la educación no sexista, la educación sexual integral. Muchos de los debates al respecto parten de presupuestos equivocados, sin evidencia, intentando aferrarse a principios que no han garantizado los derechos de las personas y sí han acentuado la discriminación. La formación en los distintos niveles, e incluso en la educación universitaria, aún no ha tenido una revisión académica desde la perspectiva de género. Tendríamos que leer más, no para convencernos de nada, sino para tener distintos puntos de vista, ampliar el horizonte. Por ejemplo, para quienes intentan sustentar que hay un cerebro masculino muy distinto del femenino, sería interesante que pudiesen estudiar lo que afirman publicaciones como Delusions of Gender, de Cordelia Fine o El género y nuestros cerebros, de Gina Rippon, neurocientíficas muy prestigiosas. Claro que, para quien es fundamentalista, ningún argumento novedoso es válido porque lo desestructura, lo angustia.

—¿Cuáles son los desafíos más importantes a abordar?

—En materia de involucrar a los varones para construir nuevas configuraciones de masculinidades, el mayor desafío se encuentra en la infancia y en la adolescencia. Un sistema injusto e inequitativo que relega a niñas y mujeres, no sólo se sostiene por unos pocos, sino que requiere de una amplia complicidad. Por lo mismo, los cambios requieren de consensos, basados en el derecho de las personas, considerando las diversas formas de creencias en un diálogo con los derechos de las personas. Es importante problematizar el rol de las denominadas redes sociales, de las canciones que amplifican prejuicios machistas y que son consideradas como manifestaciones de libertad. ¿Es libertad naturalizar las conductas que tienden a la humillación, a la denigración de los otros? Vemos las noticias sobre los amores y desamores de personas mediáticas, y no hay nada nuevo: se basan en discursos de supuestos valores tradicionales con prácticas que no tienen mayor sintonía con ello. Y eso también educa a las nuevas generaciones. Hay un modelo de hombre y algunas modalidades de masculinidad que se siguen propagando como ideales, como mitos, como leyendas.

—¿Cómo se vive esta causa desde adentro?

—Luego de tres décadas de trabajo con hombres en el campo de las masculinidades, sabemos que el trabajo es enorme y es necesario contar con alianzas en los distintos niveles. Hay muchas experiencias y motivaciones, pero a su vez es necesario actuar más allá de los discursos políticamente correctos para aumentar la coherencia. He visto esa voluntad de cambio en lugares tan diversos y con colectivos masculinos tan distintos como uniformados (policías y militares), jóvenes privados de la libertad, estudiantes universitarios, jóvenes abogando por la paz en zonas de conflicto armado, hombres del nivel gerencial en empresas y obreros del campo de la construcción. Desde mi experiencia, no es suficiente generar trabajos científicos y publicar, ni trabajar en los barrios más carentes, ni realizar debates en Naciones Unidas o en un ministerio. Hay que actuar en todos los niveles, de manera enfática y sin perder el entusiasmo. Desde adentro, hay que conectar el sentir y el pensar, y promover espacios de educación formal y no formal. Y no quedar atrapados en el mundo de quienes piensan parecido y se citan mutuamente en las publicaciones. Hay que ir a hablar con quien piensa distinto.

—¿Qué aspectos del tema son invisibles para la mayoría?

—Presos del inmediatismo, del fatalismo, de las visiones apocalípticas o, por otra parte, de una negación de la crítica realidad de las inmensas mayorías en América Latina, es necesario asumir las responsabilidades personales: todas y todos podemos hacer algo para transformar realidades inequitativas. Recuerdo las jornadas de diálogo sobre afectividad, sexualidad y salud, que replicaban la experiencia chilena de las Jocas y la potencialidad expresada por grupos de familiares, de jóvenes, de docentes. Venciendo censuras y estereotipos con respeto, diálogo y tolerancia, y con mucha creatividad. Por eso les propongo a mis estudiantes que lean una noticia y, luego, que la vuelvan a leer preguntándose cuáles los intereses que pueden subyacer. «Y ahora léanla con lentes de género», les pido después. Es así como encuentran otras palabras, otros sentidos.

—Por último, ¿cómo podemos avanzar? 

—El desafío es no mantener agendas escindidas: si estoy implicado en crear una vida en armonía de naturaleza interna, no puedo olvidar que la mayoría no tiene las condiciones para alcanzar la armonía espiritual. Si trabajo en la elaboración de políticas sanitarias, no puedo menospreciar la cosmovisión de quien está solicitando ser cuidado. Las agendas escindidas, sin una mirada holística, pueden resultar en un fracaso a largo plazo. Ashoka es un buen ejemplo de promoción de agendas integradas, nunca ha dejado de sorprenderme la capacidad de esta organización, de la cual me enorgullece haber sido seleccionado como fellow.

Carlos Güida Leskevicius es uruguayo, pero reside en Chile desde hace una década. Es doctor en Medicina, titulado en la Universidad de la República, Montevideo (1994). Desde 1991 comenzó a involucrarse en el campo del estudio y de la educación en masculinidades. Fue parte del Grupo de Reflexión sobre la Condición Masculina, pionero en América Latina. Por esta labor innovadora fue elegido como Emprendedor Social de ASHOKA e incorporado a la red vitalicia de la organización en el año 2000. Durante tres décadas ha participado en investigaciones sobre el rol de los varones en temáticas de salud sexual y reproductiva, ha sido conferencista invitado en distintos ámbitos y ha trabajado siempre con poblaciones en situación de extrema vulnerabilidad social. En la actualidad se desempeña como director del Departamento de Salud Comunitaria de la Facultad de Salud y Ciencias Sociales de la Universidad de Las Américas.

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