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Alguien para recordar: semblanza de una mujer (no tan) común

En este perfil, Susanne Schaup nos acerca un personaje entrañable y nos invita a recuperar de nuestra memoria afectiva a esas personas que, con su escucha y sabiduría, dejaron una huella en nuestros corazones.

Por Susanne Schaup


De vez en cuando, todavía recuerdo a una mujer que conocí en el pequeño pueblo austríaco en el que crecí. Ahora que envejezco, viene a mi memoria más seguido. Era una mujer local, y su nombre, Maria Pichler, también era muy local. Los Pichler están todos relacionados, como la mayoría de las familias de aquí, ya sea por sangre o por matrimonio: en el cementerio, varias tumbas llevan ese apellido.


Maria Pichler murió hace unos veinte años. Todos la conocíamos simplemente como «Pichlerin»: una forma de llamar a las personas que en alemán connota un grado de familiaridad o cercanía, incluso ternura. Nuestra «Pichlerin» no era famosa, pero aún es recordada por muchos. Era una mujer campesina común y corriente, que dio clases en la escuela antes de casarse y tener hijos.


La recuerdo alta y erguida, con una cintura pequeña y un cabello oscuro indomable. Dejaba que su pelo creciera como quisiera y lo ataba con un moño, o lo llevaba en trenzas alrededor de la cabeza, como solían hacer en el pasado las mujeres de campo. Este estilo pasó de moda, al igual que el dirndl, la vestimenta nacional austríaca, una prenda favorecedora y muy práctica.


A Pichlerin nunca se la veía vestida con otra cosa que no fuera un dirndl, que consistía en un corset ajustado sobre una blusa de algodón blanco, unido a una falda amplia y, para completar el atuendo, un delantal haciendo juego. Para mí, Pichlerin lucía majestuosa cuando iba a la iglesia los domingos, caminando muy erguida y llevando su mejor dirndl con una fina bufanda de seda sobre los hombros, y su corona de mechones oscuros.

Todos la respetaban, aunque nadie podría haber dicho por qué. No era especialmente elegante como otras mujeres más jóvenes, ni solía frecuentar el bar local en el que muchos se reunían a tomar cerveza después de la iglesia. Ella estaba sola la mayor parte del tiempo, en su pequeña casa en el borde del pueblo, donde comienzan a elevarse las montañas boscosas. Desde que quedó viuda, vivía sola. Trágicamente, tuvo que enterrar no solo a su esposo, Sepp Pichler, sino también a sus hijos. Uno murió de bebé durante una epidemia de polio en la década de 1940 y el mayor tuvo una caída fatal desde un árbol cuando era adolescente.


Tras aquellas muertes, Pichlerin estuvo de duelo durante meses y sin querer ver a nadie. Le dijo a una amiga, que a su vez me lo contó a mí, que no podía soportar las típicas condolencias que se suelen dar en esas ocasiones. Prefería llegar a un acuerdo con su duelo por sí misma, con la ayuda de su creencia en -no, no mencionó a Dios-, pero sí en su creencia en la vida. Sus hijos no estaban muertos, decía. Estaban vivos dentro de ella y seguían comunicándose con ella, aunque ya no pudieran ser vistos. Cuando salió del duelo, parecía haberse convertido en una mujer más suave y sabia.

Un corazón siempre dispuesto a dar consuelo


Fue mi maestra en primer grado. No había un niño en el salón de clases que no la amara. Su voz era suave, nunca estaba impaciente y jamás usaba la vara, el método habitual de castigo en ese entonces. Además de ortografía y álgebra, enseñaba música y sentó las bases del rico tesoro de canciones folclóricas que atesoro. Perdí contacto con ella cuando me mudé a la ciudad y comencé mi propia aventura existencial, que eventualmente me llevó por todo el mundo. Cuando regresé, ella todavía estaba allí, envejecida, una figura tranquila que, para mí, seguía siendo indispensable en la vida del pueblo.


Todavía vivía en su cabaña, cuidando sus flores y su huerta. Nunca volvió a casarse. Tenía un gato que uno podía ver ronroneando junto a la estufa a leña o sentado erguido con la cola levantada, observando con ojos inescrutables a los visitantes que entraban y salían. Pichlerin tenía muchas visitas. Solían llevarle todo tipo de animales perdidos o heridos que encontraban en el bosque o junto al camino. Podía acoger a un pájaro con un ala rota o a un conejo bebé abandonado. Los cuidaba hasta que estuvieran lo suficientemente fuertes como para volver a su vida en la naturaleza.


Ella daba buenos consejos a las personas en problemas, como las madres solteras jóvenes que acudían en busca de su ayuda. El pueblo toleraba a los niños nacidos fuera del matrimonio, pero a menudo no se les otorgaba la misma tolerancia a las mamás. Era difícil criar a un niño como madre soltera y ganar el sustento para dos, cuando el padre estaba ausente o eludía su responsabilidad. Entonces Pichlerin las ayudaba de muchas maneras. A veces encontraba empleo para las chicas o hablaba con sus padres, o las ayudaba con dinero, aunque ella misma tuviera pocos recursos. También tejía pequeñas prendas o hacía vestidos para los niños, y su máquina de coser zumbaba mientras los visitantes venían a contar sus historias de dolor, y ella dejaba de trabajar para escuchar. Era frecuente también que los niños la buscaran cuando necesitaban consuelo. Algunos venían sin ningún propósito en particular, solo por su compañía, se sentían reconfortados y animados con su sola presencia, sin saber por qué. En el pueblo, grandes y chicos apreciaban a Pichlerin por igual.

La presencia empática


Recuerdo haberla visitado en un momento en que yo, ya en mi mediana edad, atravesaba una encrucijada vital. Sin querer le conté mi dilema. Ella me escuchó en silencio y se mantuvo callada durante un rato largo. Cuando finalmente habló, solo fue para decir: «Creo que ya conocés la respuesta”. De hecho, mientras hablaba, la carga que yo llevaba de repente se aligeró y comenzó a surgir una solución. Fue su presencia, su manera empática de escuchar, lo que me había dado fuerza y confianza en mí misma. Cuando se lo dije, ella simplemente comentó: «Sabía que ibas a encontrar la solución por vos misma».


Pero en realidad, ella me conectó a algo más grande que mi mente, a alguna fuente universal de fuerza y claridad. Llamésmole Divinidad, Bondad Suprema o Sophia, como sea. Prefiero no darle un nombre. Está ahí, y ella me hizo consciente de ello. Milagros como este sí ocurren.


Tiendo a olvidar que Pichlerin ya no está entre los vivos, pero su presencia todavía persiste. Aunque no le quedan familiares directos, su tumba siempre tiene flores frescas y alguien siempre enciende una vela para ella. Es recordada, como yo la recuerdo, humildemente y con gratitud.


Según una leyenda jasídica, hay treinta y seis seres humanos en el mundo, los pocos «Justos», que hacen la obra de Dios y salvan a la humanidad de la destrucción. Son anónimos. Nadie los conoce por lo que son, y ellos mismos no saben que son especiales. Si uno muere, otro nace. Algunos también los llaman «la sal de la tierra». Creo que Pichlerin puede haber sido una de ellos.

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