Alejandra Kamiya, la escritora de los desvíos que inquietan - Sophia Online

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Alejandra Kamiya, la escritora de los desvíos que inquietan

Foto: Lucía Prieto

Su obra, integrada por libros que pasan de mano en mano y con fervor entre lectores y libreros, refleja su identidad, mezcla de cultura argentino-japonesa. De la huella de sus maestros y la novela que publicará, nos habla en esta charla.

POR Agustina Rabaini

Alejandra Kamiya (Buenos Aires, 1966) es una autora que hemos ido descubriendo de a poco, libro tras libro,  como si entráramos a una cajita oriental con mil sorpresas.  

Creadora de una obra de narrativa breve que ha crecido a puro entusiasmo lector, Eterna Cadencia publicó sus mejores cuentos en formato de trilogía en 2024 y algunos de esos relatos fueron llevados a la escena teatral en tres obras en el último tiempo.  

Claro que en su biografía y en sus rasgos y modos de hablar y de moverse, hay un dato clave que vuelve todo aún más singular: Alejandra Kamiya es hija de un japonés y una argentina, tiene una gran fascinación por el mundo oriental y sabe mirarlo con gran inteligencia desde Occidente. 

Observadora atenta del mundo nipón como pudo haberlo sido el cineasta Wim Wenders al filmar en Días Perfectos a un personaje de Tokio desde su mirada de europeo —con cierta distancia pero siendo partícipe, también, de ese universo— Kamiya narra con pulso poético, sus historias revelan un trasfondo filosófico, a veces metafísico, crecen siempre en profundidad y no se olvidan fácilmente.  

Kamiya habla con gestos y ritmo pausado, y así también nos lleva por las páginas, despacio. Le interesa la forma y una virtud que también puede asociarse a lo oriental, la condensación, la economía y lo que se ve, pero sobretodo lo que queda velado, en silencio.

Sus relatos están llenos de delicadezas, preguntas y algunos desvíos que pueden volver todo muy inquietante (el caso de “Desayuno Perfecto”, por ejemplo, una de sus historias más conocidas, que integra el libro Los árboles caídos también son el bosque).  

«La belleza trae, como todas las cosas, inevitablemente atada a ella, su sombra», puede decir y en su obra no solo hay frases para atesorar, escenas e imágenes con ecos de herencia japonesa, sino que resuenan temas universales: el mundo afectivo, los ancestros, la soledad, el tiempo, las pérdidas, la naturaleza y en particular, el vínculo con los animales. 

Pudimos conversar con ella en un pequeño bar de Belgrano R, una tarde fresca, cuenco de té en mano. 

«Cuanto más segura estoy de lo que quiero contar, más puedo escribir otra cosa», dice Kamiya. Foto: Gentileza Eterna Cadencia.

Si volvieras atrás, ¿cuál sería tu primer recuerdo con la lectura y con la escritura?

—Me cuesta pensarlo por separado porque creo que fue desde muy chica. No me acuerdo de mí misma sin estar leyendo y escribiendo. De chica tenía un diario, varias de mis amigas tenían uno, y para mí era algo muy natural. Después pasé a la agenda, y escribía cartas… En la casa de mis padres y en la de mis abuelos había libros, estaban ahí, pero yo podría no haberlos tomado, y lo hice, y me tomaron. Los primeros que recuerdo son un libro de cuentos tradicionales rusos y también unos evangelios apócrifos.

Los años pasaron y, como suele suceder, en su vida hubo un momento bisagra, una oportunidad que hizo que su deseo comenzara a profundizarse y se convirtiera en realidad. Un día, Alejandra ganó el primer lugar en un concurso de cuentos que organizaba un supermercado local.    

“Eso fue cuando tenía 40 años. Siempre fui bastante movediza,  trabajaba desde muy joven y fue ahí, recién cuando tuve a mi hijo y me convertí en madre, que me quedé un poco más quieta. Un día fui a hacer compras y vi que había un concurso que pedía enviar un cuento de una página. ¡El premio era un voucher para un spa y yo estaba cansada, con mi bebé chiquito! (se ríe). Gané y cuando fui a recibir el premio, hablando con otros autores, pensé que podía anotarme en algún taller. Así llegué por primera vez a la casa de Inés Fernández Moreno,  que vivía a diez cuadras de casa. Tuve una entrevista con ella, fue una experiencia buenísima  y en un momento, por sugerencia suya, ¡tan generosa!, comencé a ir al taller del que había sido su maestro, Abelardo Castillo. 

El mítico taller de Abelardo Castillo… 

—Sí. Abelardo en su taller era súper exigente, pero no por eso menos amable en un sentido profundo. Abelardo se brindaba y me enseñó muchísimo. En mi caso, fui muy voraz con la lectura y él tenía un método que era formar “familias de lectores”, siguiendo los autores que le gustan al autor que estás leyendo, e ir armando así una especie de árbol genealógico. Es difícil, porque se ramifica un montón, pero si lo podés seguir es muy interesante… Yo soy más desordenada al leer, voy avanzando a tropezones y cuando voy a las librerías me tientan distintas cosas. Leo de todo y, a la hora de escribir, el primer estímulo puede venir de cualquier lado; puede ser algo muy chiquito —como una conversación ajena, una escena de una película, una imagen— o algo enorme, algo de lo social que está en el aire.

Como autora elegiste la narrativa, el relato breve… 

—Me gusta el cuento por la síntesis e intensidad que tiene. En el cuento no puede haber nada superfluo o innecesario. Creo que siempre voy a escribir cuentos, pero desde hace un tiempo también estoy escribiendo una novela. Tengo varios proyectos, el de ahora es algo más extenso que necesita desarrollo y en eso estoy. 

En 2024 los tres libros de Alejandra Kamiya se publicaron juntos. La trilogía integra la propuesta de la editorial Eterna Cadencia.

Tus cuentos reflejan un trabajo minucioso, una fina paciencia para esculpirlos. ¿Cómo es la cocina de esos relatos? 

—Hay cuentos que salen muy fácil: se me ocurre algo, lo tengo veinticuatro horas en la cabeza, me despierto a la noche y estoy ahí, algo se macera. Otras veces paso meses pensando y recién después escribo. Me interesa que el que lee no tenga todo servido, como lectora me gusta que me den ese lugar; historias con las que interactuar y en las que pueda entrar, no solo libros cerrados. Para dar un ejemplo de lo que decía recién, hay un cuento llamado “El pozo” que estuve pensando durante mucho tiempo y después escribí de una sentada, en media hora. Al terminar, me faltaba una última frase, y ahí de nuevo estuve un tiempo, me llevó meses encontrarla.  

¿En qué momento supiste que ibas a ser o te sentiste escritora? 

—Hasta publicar mi primer libro no pensaba en eso, tenía un trabajo (N. de la R.: en el mundo de la pesca, junto a su padre), me iba bien y estaba contenta con poder escribir e ir al taller. Pero un día Abelardo y su mujer, Silvia Iparraguirre, junto a Sebastián Basualdo, que también asistía a los encuentros, mandaron mis cuentos a editorial Bajo la Luna y los publicaron en lo que terminó siendo Los árboles caídos también son el bosque. Desde que empecé a publicar, lo que sí cambió y agradezco es la relación con los lectores, algo sorprendente. Podría decir también que con los años he tenido que ratificar la decisión que tomé, o defenderla, y ahí sí me sentí escritora.

Cuando estás escribiendo los cuentos, ¿sabés qué vas a contar o van pasando cosas en el camino?  

—Me pasa algo interesante: cuanto más segura estoy de lo que quiero contar, más puedo escribir otra cosa. En “El pozo”, por ejemplo, estaba muy segura, pero al final escribí algo diferente de lo que me había propuesto, terminó sucediendo otra cosa. 

¿Cómo fue crecer siendo argentina con rasgos y herencia oriental? ¿Escribir te ayudó a construir una identidad, un camino más definido? 

—Tengo origen japonés por parte de mi papá y cuando era chiquita me decían “¿pero vos qué sos?”, y yo respondía“soy mezcla”. Desde muy joven estuve tratando de encontrar un lugar y la escritura y lo japonés siempre estuvieron ahí. Durante mi infancia no había muchos asiáticos en el colegio, ni se hablaba de globalización. Yo era diferente y rara en una sociedad cerrada. Primero, en Palermo, en el jardín, y a partir de los ocho años, en Belgrano. Me hacían bullying o me decían cosas como “no, todo bien, los japoneses son muy lindos, no son como los chinos…”, o me invitaban a las casas pero me miraban como una “rara”. Ya de grande me hice más amiga de mis compañeras de colegio, y es interesante conversar con ellas porque dicen que me querían y me tenían cariño. Ahora pienso que tal vez yo también tomaba cierta distancia. Oscilaba entre ser solitaria y estar más entre los varones, con quienes tenía mi grado de popularidad. Lo que es seguro es que sentía que era distinta y en esa soledad, con el tiempo, apareció más fuerte la escritura, la posibilidad de escribir.  

¿Cuánto de biográfico hay en los relatos y cómo trabajás esa distancia a la hora de escribir ficción? 

—Yo pongo todo, tengo lo autobiográfico a disposición y lo uso, pero a veces aparece más camuflado. Una vez le preguntaron a Thomas Bernhard sobre la escritura autobiográfica y dijo algo que me encanta: “Si lo que me pasó no me hubiese pasado, yo lo habría inventado”. También yo quisiera decir que lo que invento, en algún sentido, es autobiográfico. Para dar un ejemplo, el cuento “El mono” lo es totalmente, pero yo no vivo con un mono ni con alguien que me pegue. Lo que escribí ahí tiene que ver con distintos mecanismos de la cabeza, con mi insomnio y con alguna noche más torturada que otras.  Cuando me despierto a la mañana ya se me pasó todo, pero algo transmutó en un cuento. Mi decisión, más que inventar, está en entregarme a lo que sea que pueda ir saliendo sin juzgar cuánto es invención o no. Y después combino recursos, que es una de las partes más divertidas de la escritura, esa especie de malabares que uno hace.

¿Tenés algún cuento más querido que otros? 

—No, cada uno es querido por algo diferente. “Separados” era el favorito de Abelardo, “Partir” es sobre el nacimiento de mi hijo, y “Arroz” condensa muchas cosas con mi papá. Después está “Antes de la helada”, de un tiempo en el que vivía sola, y “El pozo”, que ya mencioné y al que le tengo cariño porque creí que estaba escribiendo una cosa y salió otra más inesperada. A nivel de proceso y oficio, esos momentos son muy interesantes.  

Su estilo ya inconfundible —ajustado, elegante, poético— puede hacer nacer fragmentos como este: “No era ajena su vida, no podía abrir la puerta e irse. Su vida lo rodeaba como un bosque, un bosque que había sido plantado por él”. 

Qué importante haber tenido maestros en la literatura y en la vida, ¿no?

—Sí, así como no puedo separar la vida y la literatura, no puedo pensar mi vida sin recordar a Inés Fernández Moreno y a Abelardo Castillo. Inés, a quien despedimos hace tan poco, se convirtió para mí en una mezcla de amiga y madre, por eso le dediqué uno de los cuentos más importantes. Abelardo, en cambio, no era ni mi amigo ni mi padre pero sí alguien que me enseñó cosas esenciales para el oficio de escribir, como el compromiso que uno tiene que tener para ser escritor o escritora.

¿Podés mencionar cinco autores fundamentales o muy queridos? 

—Podría mencionar a Clarice Lispector, Fernando Pessoa, Ryūnosuke Akutagawa. Hubo otras lecturas que fueron importantes, autores como Juan Rulfo, Ítalo Calvino, Jorge Luis Borges, Marguerite Yourcenar… Cuando leí Memorias de Adriano vivía en un PH y vinieron mis vecinos porque me escuchaban llorar: se había muerto Adriano en el libro. Después de recorrer esas páginas, estaba muy conmovida. También podría mencionar algunos poetas, me encantan Manuel Castilla, Roberto Juarroz y siempre hace bien volver a Rilke.

¿Qué cambió en vos cuando tuviste a tu hijo? 

—Lo tuve a los 40 y digo que mi hijo me habilitó la escritura, leí que hay varias escritoras a las que les pasó lo mismo… Antes de tenerlo, bailaba, y cuando tuve a mi hijo no podía hacer esas cosas, estaba con él. A la vez sentí que tenía que hacer algo que realmente me representara, algo que pudiera hacer y dejar, algo muy interno. Yo me separé temprano de su papá y los primeros años de crianza estuve totalmente absorbida por el amor a él. Pobre, lo debo haber aplastado de tanto amor (se ríe). Estaba totalmente concentrada ahí. Todo se dio así. 

Me gustó escucharte decir también que para escribir tenés que estar sola, en silencio, muy concentrada… 

—Sí, y eso me hace acordar a la vez que fui a la entrevista con Abelardo para empezar a ir al taller y en un momento me dijo: “Ah, tenés un hijo, te estás ocupando de alguna otra cosa… Y marido, ¿tenés… ?”. No, le dije, pensando que iba a ser un inconveniente por tener menos ayuda. Pero él me respondió:  “Mejor. Una cosa menos que cuidar”.  

Se escribe distinto cuando tenés obstáculos o algunos límites que, increíblemente, a veces suman a la hora de escribir, dan otro sentido…

—Totalmente. Cuidar un hijo, o a otros nenes, a tus familiares, a un animal querido y tener que ganar un sustento, eso también modifica las cosas. 

Hace unos meses se estrenó la obra de teatro “Lo que se pierde se tiene para siempre”, con dirección de Anahí Berneri y en el que aparece, entre otros, uno de tus cuentos más leídos, “Separados”. ¿Cuál es tu relación con ese cuento? 

—Lo escribí a partir de un comentario que escuché en la radio y es la historia de una pareja que se separa, donde ya pasó toda una vida, y está el vínculo con una hija. Me acuerdo que cuando lo llevé al taller de Abelardo se emocionó mucho, me abrazaba y me felicitaba como si hubiese ganado un trofeo. En cuanto a la obra, me encantó la lectura que hizo Anahí Berneri, la directora, y le agradezco a ese gran impulsor de todo que fue Javier Berdichesky. Él hizo el armado inicial. 

«Lo que se pierde se tiene para siempre» es el título de la obra de teatro basada en varios cuentos de Alejandra Kamiya que puede verse actualmente con dirección de la talentosa Anahí Berneri.

Qué misterio y cuánto tiempo y trabajo  para que se construya, arme, crezca y se estrene una obra. Otra vez la paciencia y el trabajo…

—Sí, a veces la fuerza parece que es algo repentino, rápido, abrupto y no: hay una fuerza en la perseverancia y en encontrar un orden posible, un camino. 

Viniendo del cuento, escribir una novela supone todo un desafío. ¿Qué podés adelantarnos de ese proceso?

—Estoy escribiendo una novela pero de un modo cuentístico, muy fragmentario. ¿Viste que los novelistas suelen contar que se lanzan y escriben? Yo estoy escribiendo piezas que después voy a acomodar en una novela. Lo que ocurre es que esas piezas no son grandes sino chiquitas y según cómo las mueva, forman algo diferente. Hago venecitas y hay algo que avanza más que nada en mi cabeza.. Voy pensando la estructura y cómo voy a ubicar esos mosaiquitos. Pueden aparecer cosas muy diferentes, un monstruo o un castillo. Se pueden formar cosas muy diferentes con los mismos cuadraditos. 

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